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Andrea Rodés y Josep Maria Cortés ponen la lupa en la número 8 de Ciudadanos por Barcelona

Me gusta / No me gusta... Sonia Sierra

Andrea Rodés y Josep María Cortés ponen la lupa a la número ocho de Ciudadanos por Barcelona

Andrea Rodés / Josep Maria Cortés
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Sonia Sierra, por Andrea Rodés
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Sonia Sierra, por Andrea Rodés

 

Sonia Sierra tiene una afición: hacer de canguro de Bimbo, un precioso ejemplar de Cavalier King Charles Spaniel de un amigo suyo. En su cuenta de Instagram hay varias fotos y vídeos graciosos de Bimbo, que la candidata acompaña de un pequeño texto y las etiquetas #amoresperros #lovedogs #perroscallejeros, porque Bimbo era un perro abandonado. La verdad es que el cachorro está para comérselo y verlo en el regazo de la candidata despierta mucha ternura. “Me parece increíble que se puedan abandonar a seres tan maravillosos como @bimbocavalier”, escribió Sierra bajo una foto de Bimbo publicada en julio. Estoy de acuerdo con ella.

 

Me gusta su look televisivo: melena recogida en una cola de caballo muy tirante, pendientes colgantes, uñas y labios pintados de rojo. Le dan un toque flamenco, un poco agresivo, que muy poco tiene que ver con la niña risueña jugando en la arena que nos muestra una fotografía antigua suya colgada en su Instagram. “De chiquitita”, escribe bajo la foto en blanco y negro. Alguien le comenta más abajo: “Qué recuerdos de aquel día en el cerro” y yo me doy cuenta de que no he usado la palabra “cerro”  en mi vida. Es un sinónimo de colina, una elevación de tierra aislada, de menor altura que un monte, ideal para que los niños jueguen. ¿Estaría ese cerro cerca de su Terrassa natal o cerca del pueblo de sus padres? (Sierra es hija de inmigrantes).

 

Me gusta que Sierra sea doctora en Filología Hispánica, con un máster en Literatura Española (podríamos hablar de libros) y que haya sido profesora de Español como Lengua Extranjera, como yo. Enseñando español a extranjeros se aprende a mirar desde otra perspectiva lo que ocurre en nuestro país. Sierra, además, también ha dado clases de español a mujeres marroquíes en Rubí. Yo hice lo mismo en Premià de Mar, y me pareció la mejor experiencia de mi vida. Aprendí que los inmigrantes no quieren nuestra compasión, quieren ser tratados de igual a igual, sin victimismo ni “pobrecitos”. 

 

También me gusta que su tesis doctoral, De lo superficial y de lo profundo en la obra de Elvira Lindo, empiece con una cita de Esther Tusquets que dice así: “Desde Sherezade hasta nuestras abuelas y nuestras madres, las mujeres han almacenado historias, han sido geniales narradoras de historias”. Como yo misma considero una narradora de historias, no podría estar más de acuerdo.

 

Por último, me gusta que le preocupe el tema del machismo en el deporte. En agosto de 2018 publicó un artículo en su blog en el Huffington Post donde explicaba que, según un estudio de Universidad de Cambridge en el que se analizaron más de 160 millones de palabras, las mujeres reciben un trato machista y denigrante en los Juegos Olímpicos. “Pese a que el 45% de los participantes en Río son mujeres, los hombres reciben tres veces más espacio o tiempo en la información deportiva. Y, cuando se habla de ellas, se suele aludir a su aspecto, su edad o su situación civil”, criticó Sierra. De hecho, las palabras que más se utilizan, según ese estudio, para referirse a las mujeres, son "edad", "embarazada", "soltera", "casada" y "mayor". Un léxico muy diferente al utilizado para los hombres: "Rápido", "fuerte", "grande" y "fantástico", señaló candidata.

Sonia Sierra, por Josep Maria Cortés
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Sonia Sierra, por Josep Maria Cortés

 

Pertenece a las corrientes más socialdemócratas de Ciudadanos, en la línea del bueno de Jordi Cañas. Es metropolitana, facción pueblo, un ensamblaje entre la versatilidad de su partido y las propuestas más localistas que tratan de resolver conflictos desde la proximidad. Sonia Sierra no tuvo tiempo de digerir la política municipal en Barcelona cuando se vio arrastrada al Parlament en una victoria moral sobre la que su formación descabezada --Rivera y Arrimadas se hicieron a la conquista de las Españas-- renunció a liderar la oposición. Se acercaba la olla de grillos del separatismo matón que acabó dándose de bruces contra las estructuras del Estado más antiguo de Europa. Sonia llegó cuando la política nacía de la indignación (el 15-M); descorchó su bautizo de fuego en el momento en que los dirigentes nacionalistas iniciaban un camino sin retorno a la desesperanza y a la guerra social; un viaje al dolor de las migajas, ante el silencio cómplice de las élites.

 

Debió aprender mucho, pero era imposible digerirlo todo. Sobre el vaivén de un partido veleta, de poco le sirvieron su doctorado en Filología, su master en Literatura española y su posgrado en Didáctica; todo obtenido en la Autónoma de Bellaterra, al lado de casa, junto a Terrassa, su ciudad natal. Ella sí; ella se ha especializado en las dos lenguas encanalladas, que ni están tan lejos la una de la otra ni son tan, tan imprescindibles como para que tengamos de escoger cuando las tenemos ambas a mano, cada día y sin esfuerzo.

 

Sonia no es una polemista del desdoro, pero en sus filas alienta el demonio de la envidia. Huno tantas promesas y futuribles en la etapa ascendente de Albert Rivera que, cuando el cañón del Tiovivo se cayó sobre la arena, nadie se ocupó de él. Se había acabado la fiesta; todo porque el fiestero mayor quiso ser más, sin que nadie le avisara de que en los Madriles la carne de político joven va al peso: si te lo ganas eres y si pierdes, no eres. El Congreso y la deseada Moncloa no esperan jamás al árbol caído. Rivera, o la importancia de llamarse Alberto, fue zarandeado solo hasta cierto punto. La crítica y la crónica política se mostraron sensibles a su mirada de pez mal vendido; la capital no cuenta hoy con los González Ruano, Gómez de Serna, Haro Tecglen, Carandell o Paco Umbral que hubiesen narrado el derrumbe sutil de un quiero y no puedo, después de embarcar a un montón de gente inocente. El Madrid del siglo XXI se ha convertido en la jaula ingobernable del grito.

 

Sonia Sierra es concreta y hasta circunspecta. Llegó a su Concejalía después de haber sido la número dos de la lista municipal de Carina Mejías; vivió desde el Parlament el momento en que el ex primer ministro francés, Manuel Valls, desbancó a Carina Mejías, y le dio la alcaldía a la comunera Ada Colau, al rechazar un acuerdo de gobierno con ERC, que hubiese convertido a Ernest Maragall en edil. Destreza sin alma por parte de Valls. Maestría sin mácula en sus cuellos camiseros; decontracté, pero encajado, bajo el cárdigan aparentemente informal. Mejías se marchó de Ciudadanos pocos después, junto a Juan Carlos a Girauta, morro fino y dialéctica sutilmente imperceptible.

 

Ahora, con la retórica de las ideologías bajo sospecha, Sonia Sierra reincide; esta vez volverá al Parlament de la mano de Carrizosa; formarán un equipo difícil de definir en la época en la que los contenedores han sustituido a los partidos. O peor, en la era recién inaugurada de las adhesiones identitarias, donde el quién importa más que el cómo.