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Andrea Rodés y Josep Maria Cortés ponen la lupa al número uno del PSC por Barcelona

Me gusta / No me gusta... Salvador Illa

Andrea Rodés y Josep Maria Cortés ponen la lupa al número uno del PSC por Barcelona

Andrea Rodés / Josep Maria Cortés
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Salvador Illa, por Andrea Rodés
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Salvador Illa, por Andrea Rodés

 

De entrada, me gusta que Salvador Illa sea de la Roca del Vallès. Fue allí donde mis padres decidieron sacarme las ruedecitas de la bici y me abrí la barbilla. Tuvieron que llevarme al hospital de Granollers para que me pusieran puntos y lloré mucho. Muchísimo.

 

También me gusta que decidiera estudiar Filosofía. Debe ser una persona con una mente lógica y una alta capacidad de razonamiento. La Filosofía no se aprueba empollando, sino entendiendo.

 

Durante su primer mandato como alcalde de la Roca del Vallès se construyó el outlet de marcas de lujo La Roca Village, lo que, desde mi punto de vista, lo convierte en un visionario de los negocios. Cuando se retire de la política podría dedicarse a invertir. La Roca Village ha sido un éxito rotundo.  Además de generar decenas de puestos de trabajo en la zona del Vallès Oriental y el Maresme, se ha convertido en un buen lugar para practicar chino y ruso.

 

Me gusta su apariencia de hombre tranquilo y responsable, una mezcla entre delegado de clase y empleado del banco Santander. Da confianza. “No se le escuchará una palabra de más, ni una bronca. Cuando le toca hacerlo, baja el tono”, aseguraba al diario Hoy un compañero de partido de Illa que le conoce desde que fue alcalde en Roca del Vallès. Buena señal. La gente que chilla o tiene tendencia a levantar la voz suelen ser personas que no escuchan.

 

Me gusta que sea aficionado a correr y de vez en cuando se prepare para una media maratón. Me pregunto si cuando sale a correr se pondrá una cinta para sujetarse el cabello hacia atrás y si logra mantener el mismo aspecto pulcro y uniformado que cuando está trabajando. 

 

Según un artículo publicado por El Mundo, Illa es un hombre “tan austero que conduce el mismo coche desde hace años, disfruta recogiendo verduras y hortalizas en el huerto de su padre y jugando con sus dos perros en el amplio terreno de su casa”. Yo no soy así, pero me parece una imagen coherente con alguien que presume de socialista. Su sencillez también se manifiesta a la hora de comer, donde parece que tiene buen gusto: según un cuestionario personal realizado por La Vanguardia, si hay alguna cosa ante la cual no se puede reprimir es a las alcachofas de su mujer, y cuando le preguntan a qué sabe su infancia, responde que a la crema catalana de su abuela. 

 

En el cuestionario le preguntaban también cuál es el mejor recuerdo de su vida, a lo que Illa respondió: “cuando me he enamorado”. Viniendo de un hombre de apariencia tan pulcra y educada, su respuesta me sorprendió. Creo que yo respondería lo mismo. Enamorarse es lo mejor que le puede pasar a un ser humano.

 

Por último, me gusta que no sea un apasionado del libro electrónico ni de las redes sociales. “Los buenos políticos son aquellos que estudian. Es cierto que saber condensar en 280 caracteres de Twitter un mensaje político es una habilidad, pero la política es racionalidad, estudio, ofrecer soluciones viables y realistas”, dijo en una entrevista con La Vanguardia en agosto de 2018, cuando era secretario de organización del PSC. Estoy con él: Twitter está sobrevalorado.

 

Salvador Illa, por Josep Maria Cortés
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Salvador Illa, por Josep Maria Cortés

 

Es la virtud cardinal de la templanza. El candidato socialista tiene fuelle. Su afición futbolística pasa por el Estadio de Cornellà, sede del Corneprat, crisol de un pensamiento libre, si lo comparamos con el Palco Cinco Estrellas de Sarrià, donde convivieron los Lara, Samaranch, Trias de Bes o Cuatrecasas, expresión de una burguesía rampante que nunca se arrepintió de su catalanismo light.

 

El candidato socialista, hijo de la Roca del Vallès,  pertenece a la nueva clase dirigente del Cinturón Rojo del área metropolitana de Barcelona; como secretario de organización de su partido, Illa  sostuvo al PSC ante el descalabro de las grandes familias (Maragall, Reventós, Serra, etc), que un día flanquearon inocentemente la entrada de Jordi Pujol a los palcos del Liceo.

 

Aquel sí que fue un sorpasso en toda la regla, porque el parvenú, fundador de Convergència e hijo de un arbitrajista de la Plaza de Tánger que burló mil veces a Transacciones Exteriores, se hizo con los resortes, desde el caucus de Tribó hasta el camerino de la Caballé.

 

Los socialistas de gentilicio les mostraron a los nacionalistas la distancia crítica que requiere el Cant de la Senyera, letra de Joan Maragall; fueron el mundo culturalmente rancio que ridiculizó el catalanismo pujolista de rectoría y foc de camp, de misas cantadas en Motserrat, de la dolencia tradicionalista en el despegue de Unió y hasta de la Flor Natural de la viuda Tolrà y el abad Escarrer. Pero fatalmente, aquella sobradez maragalliana permitió un cuarto de siglo de nacionalismo.

 

Salvador Illa compagina un irrepetible sello ignaciano con el toque pragmático de Sanjosemaria por su MBA del IESE; es Profesor asociado de la Facultad de Relaciones Internacionales de Blanquerna, en la Ramon Llull, la universidad de fundación franciscana, amiga de los pobres. Su discreción es la antítesis de Oriol Junqueras, cirio quemado de misión evangelizadora descaradamente explícita.

 

El candidato socialista ofrece de sí mismo la imagen más fiel del catalán clásico, por su retranca en estado de reposo y por su bilis en los desafíos más retadores. Illa está “especializado en la gestión de la derrota”, en palabras de Jordi Alberich, el impulsor del think tank de Fomento, la gran patronal.

 

Y es precisamente de la derrota de dónde saca sus mejores luces Salvador Illa, como lo hizo Pablo VI, el gran reformador de Roma. El cardenal Montini presidió los auténticos cambios del Concilio Vaticano II hurgando con elegancia en el gesto de su predecesor, Juan XXIII. Recompuso las piezas de un tablero roto, hecho de latinajos, que pedía a gritos una ducha de naturalidad, como la que la que le imprimió Miquel Iceta al aparato del PSC, cuando el partido estaba enfermo de calvinismo. En plena Contrarreforma socialista, Iceta mostró el animal escénico que lleva adentro, mientras que ahora, Salvador Illa se comporta como un actor introspectivo del método Stanivslaski.  El arte de experimentar complementa así al arte de representar.

 

Me toca decir que no me gusta, pero utilizaré la perífrasis de la doble negación para decir lo contrario: No me gusta decir que no me gusta.