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Me gusta / No me gusta... Marta Pascal

Andrea Rodés y Josep María Cortés ponen la lupa a la número uno de la lista del PNC por Barcelona

Andrea Rodés / Josep Maria Cortés
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Marta Pascal, por Andrea Rodés
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Marta Pascal, por Andrea Rodés

Un amigo me comentó hace poco que había contactado con Marta Pascal por Instagram Direct para que le aclarase los objetivos de su partido. Conociendo a mi amigo, que no es ni nacionalista ni independentista, sus preguntas no debían ser fáciles. Pero Pascal, sin conocerlo de nada, le contestó, y estuvieron un buen rato debatiendo ideas por el móvil, lo que enseguida hizo que me cayera bien.

 

Pascal es una millennial como cualquier otra mujer de su edad, y eso la hace muy cercana. En su cuenta de Instagram, a parte de fotos de promoción política,  cuelga “robados” cursis, fotos en las que aparece luciendo piernas durante una sesión de rehabilitación de rodilla, imágenes entrañables de su hijo haciendo los deberes o primeros planos de un plato de croissants de chocolate caseros. Además, tiene unos ojos grandes, verdes, algo caídos, que le dan aire de buena persona.

 

Me gusta que Pascal tenga dos carreras: ha estudiado Ciencias Políticas en la Pompeu Fabra e Historia en la UB --y la envidio por esto último. Historia fue mi primera elección al terminar el COU, pero terminé estudiando Administración y Dirección de Empresas por miedo a no encontrar trabajo. Celebro que ella se decantase por lo que más le gustaba. Me pregunto qué periodo de la Historia le interesaba más. En mi caso, la Revolución Industrial. Aun me acuerdo del nombre de la primera hiladora mecánica aparecida en Inglaterra: la Spinning Jenny.

 

Leo en su web que desde joven ha tenido dos grandes pasiones: el deporte y la política. “En mi tiempo libre me gusta disfrutar del fútbol, el esquí, el tenis y el running, y siempre estoy a punto para practicar cualquier actividad física”, escribe.  ¿Cómo no va a gustarme una mujer que juega a tenis? Ya tengo ganas de llamarla para retarla a un partido. Apenas tengo amigas de mi edad para jugar. La mayoría de mujeres desaparecen de los clubes de tenis cuando son madres. Seguro que Pascal está sensibilizada con este problema.

 

Por último, me gusta que sea de Vic. De pequeña veraneaba en Tona y una de las cosas que más me gustaba era que mis abuelos me llevaran a Vic cuando había mercado y antes de irnos parásemos a tomar una horchata en Xixovic, la mítica “Jijonenca” de la Plaça Major. Sabía que también comprarían una barra de helado de vainilla y otra de trufa, y ese mediodía, de postre, tocaría “corte”. ¿Cuántos helados se habrá tomado Pascal en Xixovic? Afortunada.

 

 

Marta Pascal, por Josep Maria Cortés
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Marta Pascal, por Josep Maria Cortés

Es la novísima piel depositada sobre las escamas del pasado. Habita en el detritus del nacionalismo cursi, el de la Cataluña “brillante” de Som, sin el serem; fue una de las alegres comadres en las puestas de largo de las hijas de Cullell, Comas, Subirà y cia --durante el primer embate-- en los tiempos de Talita, Aula i Costa i Llobera. Marta Pascal atravesó los virtuales Cien días, entre el 1-O y el fallo del Supremo, para fundar el Partit Nacionalista de Catalunya, en un congreso constituyente. Ante todo, conviene recordar que el delfinato llufa de Artur Mas le colocó, hace ya años, una venda en los ojos y le tapó la nariz, cuando Marta era una mujer joven, dispuesta a superar sin vómitos la ciénaga del pujolismo. Claro que no me gusta.

 

Hoy es una politóloga que le canta las verdades del barquero a Puigdemont y se enfrenta a la Borràs, haciéndose pasar por una mujer de empeine alto, caña larga y mueca desbocada. Denuncia la “broma de mal gusto” de JxCat al proponer declarar de nuevo la independencia unilateralmente y afirma que si Sánchez fuese inteligente aceptaría el concierto económico ya. No me gusta porque no me gusta el humo.

 

Su lema de campaña, Atreveix-te, vierte sobre el mantel una sopa hirviente de tacto macilento; suena a cofradía. Se ha cortado el pelo para decir “estoy aquí”, look nuevo, vida nueva. La Pascal que se fraguó en las juventudes de Convergència es de las políticas/os que dicen no sentirse responsables de nada; es de las que ahuecan el ala cuando las cosas van mal.

 

Ciorán escribió en uno de sus axiomas que la “vergüenza no es propia de los cobardes” y no lo digo tanto por Marta como por los hombretones que la circundan desde el silencio, en su partido cobaya. Sus militantes nunca dicen ho tornarem a fer porque ellos no hicieron nada ¿Nada? Artur Mas, que se confiesa ya el primer inocente de octubre del 17 y que hoy, cara-cemento, se sienta en el trono del PDECat, fundamentó este nefasto final en una soberbia inmerecida, nacida del tennisquick, (no sabía sacar, ni conocía el smash), durante los veranos del Maresme. Para entonces, habían desaparecido la pérgola y el tenis de tierra, fragua de poetas que, en la Cataluña lúgubre de hoy, parecerían satánicos.

 

Los Cien días del nacionalismo mainstream iban a recaer en dirigentes con pasado. Pero nadie ha sido capaz de realizar el Vuelo del Águila; Europa entera les condena y los notables les dan la espalda. Quedaba Marta Pascal; ella vive ahora de acusar a Puigdemont, un pájaro políticamente nefasto, que al final no me cae tan mal por aquello del toque internacional perseguido por la Interpol y las patatas fritas de la Grand Place. El aventurismo del prófugo es “por lo menos aventurismo y no la tontería de Quim Torra y los soberanistas de salón”, se le escapó un día al mismísimo Pep Oliu, en un rendez vous informal del Círculo de Economía. La Pascal utiliza este momio: “no se puede gobernar desde Waterloo”. Propone “salir del bucle para llegar a un referéndum acordado”. No sabe si saldrá escogida porque, dice, “nosotros no tenemos la implantación de los partidos grandes; venimos de la sociedad civil”. Entonces, ¿Todo lo que aprendió en la Convergència-movimiento dónde queda? ¿No venimos todos del mismo sitio, de la dichosa sociedad civil?