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Me gusta / No me gusta... Laura Borràs

Andrea Rodés y Josep Maria Cortés analizan a la candidata de Junts per Catalunya para la presidencia de la Generalitat el 14F

Andrea Rodés / Josep Maria Cortés
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Laura Borràs, por Andrea Rodés
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Laura Borràs, por Andrea Rodés

En primer lugar, me gusta que Laura Borràs sea alta. Hay pocas mujeres altas en este país, tenemos que estar unidas. Además, sospecho que calza un 41, como yo. Ya va siendo hora de que algún político o política se tome en serio las dificultades que tenemos las mujeres con el pie grande –cada vez somos más— para encontrar zapatos de nuestra talla.

 

Borràs es licenciada en Filología Catalana y se doctoró en Filología Románica con una tesis sobre la locura en la edad media: Formes de la follia a l’Edat Mitjana. Estudi comparatiu de textos medievals i representacions iconogràfiques. Me encanta el tema. Y me encanta que lo haya abordado desde la perspectiva de la iconografía, una disciplina apasionante para entender cómo el poder político nos ha manipulado con imágenes a lo largo de la historia. Cuando estudiaba Historia del Arte, me especialicé en iconografía de la Antigüedad Tardía y primeros años de Cristianismo, es decir, cuando el Imperio romano abrazó la religión cristiana. Resumiendo: lo que ocurrió fue que las imágenes de mitología pagana fueron recicladas en escenas de la Biblia de un día para otro. Y la gente se lo creyó.

 

Me gusta que Borràs viva rodeada de libros y admita que no es capaz de leer dos novelas a la vez. Yo tampoco puedo. “Cuando empiezo una novela, hasta que no la acabo, estoy con ella”, explicó en una entrevista reciente en El matí de Catalunya Ràdio. También explicó que sigue dando clases de Literatura en la universidad a pesar de su ajetreada vida política, por lo que tiene muy poco tiempo libre. Esas horas que tiene para ella, de noche, las dedica a leer y a escribir. Cocinar no es lo suyo, prefiere practicar el arte de comer (aquí también coincidimos) y suele cenar lo que han cocinado su marido y su hija, si es que ha sobrado algo cuando llega a casa, detalló en Catalunya Ràdio.

 

También me gusta que Borràs no sea la típica mujer del mundo de la cultura que reniega de internet y de las tecnologías. De hecho, ha dedicado buena parte de su carrera académica a unir la literatura con el mundo digital y en diversas ocasiones ha repetido que le parecen fascinantes las posibilidades creativas que la red y las tecnologías ofrecen como soporte literario.

 

Es importante valorar que Borràs esté casada con un médico. Mi madre es médico, y puedo asegurar que esto me ha curtido el carácter. Con un médico en casa es imposible tener cuentitis. Por mucho que te quejes, no vas a despertar su compasión ni te va a preparar una sopita. Creo que Borràs sabe de qué estoy hablando. “La gente me ve fuerte”, dijo en la radio en referencia a su salud, pero la realidad es que ha sufrido algunos sustos importantes, entre ellos un aborto. “Mi cuerpo va por un lado, y mi cabeza por otro”, comentó la candidata de Junts per Catalunya. Y no puedo estar más de acuerdo. Pienso lo mismo cada vez que pierdo un partido de tenis o intento nadar crol sin tragar agua. Mi cuerpo no está a la altura de mi mente de ganadora.

 

En la actualidad, Borràs no hace mucho deporte, pero se lo perdono, porque de niña, a pesar de ser tan alta y con pinta de poco ágil, hizo gimnasia artística, como yo. En una entrevista antigua con Mundo Deportivo explicó que cuando era pequeña tenía un póster de Nadia Comaneci en la habitación. Yo también fui fan de Comaneci, pero sobre todo de Henrietta Onodi, una gimnasta húngara que ganó el oro en salto en los Juegos Olímpicos de Barcelona y vino a hacernos una demostración a mi club de gimnasia artística en Vilassar de Mar.

 

Borràs también ha practicado natación, esquí y trial. No está nada mal. ¿Y cuál ha sido el reto deportivo más difícil que ha cumplido?, le preguntaron en Mundo Deportivo. “La ascensión al Tossal del Rei, un 1.300”, respondió. Aquí me defraudó. El mío es el Mulleres, un 3.000.

Laura Borràs, por Josep Maria Cortés
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Laura Borràs, por Josep Maria Cortés

Su tarea de brazos caídos consiste en esperar el 18 Brumario del ausente. La denuncian sus alianzas en el escenario internacional: Sergei Lavrov, ministro ruso de Exteriores, y Steve Banon, asiduo en Waterloo y mano derecha de Trump. Laura Borràs se siente cómoda flanqueada por la cumbre del populismo mundial. Reconoce su afinidad al cesarismo de Putin y revela su raquitismo intelectual al proclamarse más de izquierdas que Salvador Illa.

 

¿Cómo me va a gustar la chica del buga? Tampoco me disgusta; solo acrecienta mi desazón ante la new age del soberanismo rancio, una ópera bufa que la gente se ha tomado en serio. Es filóloga y dogmática de la normalización; está dispuesta a convertir el catalán en Ley de Bases. Dicotomiza su alma, compaginando el puesto de profesora de Literatura Comparada en la UB con el papel de pimpolla endomingada en los guateques de Madrid, donde exhibe una sonrisa faltona que dice “yo soy natural como el agua de lluvia”.

 

Cuando afirma “soy hija del 1-O” engaña. No es una recién nacida; dirigió ya en 2013 la Institució de les Lletres Catalanes (¿en qué estarías pensando Mascarell?) dejando tras de sí el pufo de la corrupción y el rebufo de la prepotencia. Su paso por las Lletres tiene cola de paja. Ligo la cárcel de Junqueras con el delito de corrupción en respuesta al líder republicano después de que este afirmara que si alguien de ERC fuese imputado no sería candidato. Laura tiene mal perder.

 

Repite hasta la saciedad que “no hay caso Borràs”, pero le queda pendiente una acusación por falsedad documental, fraude, prevaricación y malversación en el Supremo; mientras ella corre un velo, la instancia de casación mitiga la envalentonada impostura de la dama. Lo niega todo; es una Cifuentes a la catalana. Pertenece al sanedrín War Room del president ausente; pero “más que puigdemontista, Borràs es torrista”, escribe Francesc Marc-Álvaro, inspirado masajista inside de la impresentable.

 

Lo que sí sabemos todos es que Laura ha tomado de Torra el descarado non serviam instalado en el puente de mando de un Titanic condenado al naufragio. Descorcha de buena mañana su liderazgo, pero si aspira a la presidencia es porque lleva la fotocopia de Puigdemont pegada en la testuz, del mismo modo que ha sido diputada en el Congreso, con el holograma de Jordi Sànchez en la cerviz. Es la segunda de los primeros, ausentes por meritocrático martirio.

 

Torra se subió el sueldo un 30% a pesar de no gestionar; tomó una decisión que no depende de Madrid. ¿Cuánto se lo subiría Laura Borràs si ganara y pudiera formar Govern? Los turiferarios de la revolución catalana prevarican y no trabajan, pero le doblan la nómina a Pedro Sánchez. Es el resultado prosaico de una poética pajolera y despótica.

 

La imagen que ella se ha construido de sí misma nos devuelve a varias Lauras: la Alicia que camina a través de un espejo en un agujero de conejo hacia lo desconocido, la Molly Brown del Ulises que se cuela por las rendijas en el pub de la esquina para empinar el codo con los mayores o la Molly princesa de las timbas de póker. La nuestra no entusiasma ni a los suyos, como no sea por delegación de Puigdemont. Nadie espera que de sus miedos y obsesiones aparezca un mundo que merezca la pena ser vivido. Me gusta que Borràs no me guste.

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