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Me gusta / No me gusta... Jéssica Albiach

Andrea Rodés y Josep Maria Cortés analizan la figura de la candidata de En Comú Podem para la presidencia de la Generalitat de Cataluña

Andrea Rodés / Josep Maria Cortés
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Jéssica Albiach, por Andrea Rodés
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Jéssica Albiach, por Andrea Rodés

Jéssica Albiach tiene unos ojos preciosos, grandes, verdes, muy expresivos. No me extraña que los haya querido aprovechar para lanzar la campaña electoral Mirant-nos als ulls en las redes sociales.  Su acento valenciano cuando habla en catalán también me gusta mucho. Me recuerdan a Adrián, un chico de Valencia de quien me enamoré perdidamente en la universidad porque se metía conmigo y me hacía petar de risa. No sé qué habrá hecho Adrián, pero era un chico listo. Seguro que le ha ido bien.

 

Me gusta que Albiach sea del 79, como Adrián y como yo. Los nacidos en 1979 somos los mejores, punto pelota. Somos los primeros de la generación milenial o los últimos de la generación X, según como se mire, lo que nos hace adaptables a cualquier contexto.

 

Me gusta también que sea Géminis, como mi ex y una de mis mejores amigas. Cuando están de buenas, pueden motivarte hasta para ir a sacar la basura.

 

Me gusta que haya estudiado Periodismo y Fotografía, y que viviera una temporada en Praga, trabajando para el festival de artes escénicas Tanec Praha. Tengo debilidad por los países del este de Europa y cualquier persona que haya vivido en un país excomunista me despierta curiosidad.

 

Otro punto muy importante a su favor: Albiach tiene pinta de saber cocinar y disfrutar comiendo. En su cuenta de Instagram he visto una foto suya a punto de servir un arròs al forn, un plato típico valenciano. “Un arròs sempre fa festa, i al forn és el meu favorit. Em recorda molt a la meua àvia. Mai hem aconseguit fer-lo tant bo com el feia ella, però us he de dir que aquest s’ha deixat menjar ;)”, escribe en el pie de foto. Me gusta el detalle de recordar a su abuela. Yo echo de menos a mis abuelos cada día del año.

 

En su Instagram también ha publicado una foto antigua de su madre con ella de bebé en sus brazos, “toa relajá”, escribe. Albiach fue criada por su madre y están muy unidas. En uno de los comentarios de la foto, destaco el de un periodista de radio que le recuerda que conoció a su madre el día que la entrevistó. Su madre, de visita de fin de semana en Barcelona, la había acompañado al estudio. Me parece entrañable que su madre la acompañase a la radio. Debe estar muy orgullosa de su hija.

 

La verdad es que me gusta su cuenta de Instagram. No solo la usa para fines políticos, sino también para mostrarse junto a su familia y amigas, dos pilares importantes en su vida. Albiach, según las redes sociales, no está casada ni tiene hijos. En una entrevista con El Nacional publicada hace cinco años, reconocía que le gustaría ser madre algún día. Espero que no renuncie a su sueño.

 

En el mismo artículo, explicaba que antes de alistarse en Podemos, cuando aún trabajaba en el gabinete de comunicación del Ayuntamiento de Cornellà, estaba preparándose para ser maestra de yoga​ y estudiaba portugués con la idea de ir al Mato Grosso a conocer a las tribus de Brasil. Me voy con ella.

Jéssica Albiach, por Josep Maria Cortés
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Jéssica Albiach, por Josep Maria Cortés

El tercerismo vive a medio camino entre la república y la libertad. Jéssica Albiach es la nieta de un valenciano con barraca y tiene más moral que el equipo de El Callao, el estadio del equipo de Alcoy, su pueblo natal, donde se certificó el descalabro del Real Madrid, ante un Segunda B. Paellera, dominguera y liberada de cameos innecesarios, va directa al grano, pero no presta atención al hecho de que los del procés “no pasarán página”, en palabras de Puigdemont. Ella los tiene demasiado cerca.

 

Evita la desviación –el menú barcelonés con paella de los jueves—, pero enjuaga cada día estrategias nacionales con liberaciones sociales. No le pido un constitucionalismo de feria, pero sí un amaño con la institucionalidad de un país arrepentido de sus déficits democráticos. Si tenemos que cambiarlo todo para que nada cambie, me callo, pero no me gusta la inmovilidad del principio lampedusiano. Los comuneros abren su abanico en demasiados frentes, cuando hay un enemigo de la convivencia en primer plano. ¿No leísteis a Mao en su momento?

 

El síndrome solar de la candidata comunera me agobia; no me veo entre sus incondicionales, aunque me guste la estética de su verdad inaplicable; y me apunto al desparpajo de su dúo rapero con Ada Colau: “Tenemos más poder del que nos han hecho creer”.

 

Es devota de Aquiles y la tortuga; confiesa una debilidad por estos animales que le transmiten sabiduría. Tratando de descubrir la paradoja de la velocidad virtual, tuvo tiempo de contemplarlo durante una estancia en Tortuguero (Costa rica). Pues si ella y sus camaradas quisieran hablar claro, Aquiles (la Borràs) habría perdido la carrera a la Generalitat en el primer metro. 

 

¿Qué le falta a Jéssica para acercarse a Illa y olvidarse de ERC? España está muy cerca de conocer la caída del PP, un partido con 27 años de financiación irregular; el argumento de Bárcenas debería desmontar cualquier inclinación partidista dentro del Estado. El tercerismo muere, mientras se acerca lentamente el tiempo de la mayoría centro-izquierda en España. Pero los comuneros se entretienen en recovecos identitarios; no se han enterado de que el 14F solo es el ensayo general del futuro.

 

¿Prefieren perder delante del eje Aragonés-Borràs que empujar a la izquierda moderada? Te lo digo, Jéssica; estás tocada por la varita del destino: practica el yoga tanto como puedas y sigue yendo a la playa de la Barceloneta en bici; pero no estamos hablando del Boulevard Santa Mónica ni de la arena blanca de Corn Island. Hablamos de sacarnos de encima un dolor de muelas indepe de más de una década.

 

La música que escucha Jéssica me encanta, pero no me gusta el libreto de su ópera. Imagino que su crónica podría haber sido la de Francesca da Rímini, la mujer más valiente de su tiempo, pero la militancia se interpuso. Se rinde con facilidad al imperativo categórico y esto es lo que más me gusta, aunque no acierto a entender el desenlace. Ser valenciana en Cataluña, lejos de los años eufóricos de Eliseu Climent o Joan Fuster, debe ser duro.

 

Albiach no es de coches; ella prefiera la autocaravana, el vehículo rodante y prieto que te permite ver y conocer de cerca. Ella es tangible y desaforadamente valenciana: ama la piedra del Renacimiento.