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Alejandro Fernandez Me gusta no me gusta

Me gusta / No me gusta... Alejandro Fernández

Andrea Rodés y Josep Maria Cortés ponen la lupa al candidato del PP a la presidencia de la Generalitat

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Alejandro Fernandez, por Andrea Rodés
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Alejandro Fernandez, por Andrea Rodés

Me gusta que Alejandro Fernández sea de Tarragona. Siempre he tenido la sensación de que Catalunya da la espalda a Tarragona, como si lo que ocurriese allí no fuese importante. Mi abuelo materno era de Tarragona --de hecho, está enterrado allí- y por ese motivo ya le guardo un poco de cariño al Sr. Fernández. Él también parece un poco enamorado de su ciudad: “La luz de Tarragona siempre especial, incluso con el cielo algo tapado...”, comenta Fernández al pie de una foto publicada en su cuenta de Instagram, donde se le ve siendo entrevistado por varios medios de comunicación con la muralla romana de fondo.

 

El Instagram de Fernández revela que es un gran aficionado a la música rock: Mark Lanegan, Richard Hawley, Scott Weilan, The Smiths, “quizás la única banda que nunca compuso una mala canción”, escribe debajo de la foto de un single de la banda británica, regalo de un amigo. No entiendo mucho de música, por eso siempre me rodeo de gente que sabe. 

 

Como yo todavía no sé qué quiero ser de mayor, me parece admirable que él ya tuviera muy claro desde pequeño que quería ser político. “Ya de muy joven comentaba las noticias de los telediarios y, de hecho, con diez años ya quería ser político”, explicó Fernández en una entrevista con el Diari de Tarragona hace seis años, cuando se presentaba como candidato a alcalde de la ciudad. Fernández recuerda que en su casa seguían intensamente los debates entre Fraga y Felipe González y luego se  montaban grandes tertulias: “Tenía un padre muy de derechas y de Manuel Fraga y una madre comunista y de Julio Anguita. Es evidente con quien estaba más de acuerdo...”, soltó en la entrevista.

 

Me gusta que Fernández sea hijo de inmigrantes asturianos de origen muy humilde que llegaron a Catalunya con el propósito de prosperar, y lo consiguieran. Que él sea hoy candidato a la presidencia de la Generalitat es la mejor prueba. 

 

En una entrevista reciente con el diario La Nueva España, Fernández explica que su padre pasó la adolescencia al cuidado de las vacas, “pero no era muy fan” y “en cuanto pudo se sacó el carné de camión en la mili”. Después se puso a trabajar de repartidor de la cerveza San Miguel por Asturias, hasta que un vecino, que tenía una empresa de movimiento de tierras, lo contrató como conductor para un proyecto en Catalunya. “Catalunya siempre había sido una tierra de acogida. Toda la mano de obra para el auge industrial catalán vino del resto de España. Reivindicamos la Catalunya donde siempre nos hemos entendido a la perfección y donde nadie te preguntaba de dónde venías porque lo importante era adónde íbamos, todos juntos”, dijo. No sé si Cataluña ha cambiado tanto cómo él dice, pero me gusta la idea de nadie sienta que hay un “nosotros” y “los otros”.

 

También me gusta que Fernández sea un aficionado al ajedrez. En el Diari de Tarragona publicaron una foto suya mostrando con orgullo un juego de ajedrez que le regalaron con siete años, lo que le convierte en un trendsetter, teniendo en cuenta que los juegos de ajedrez se agotaron estas Navidades debido al éxito de la serie Gambito de Dama.

 

Por último, me parece entrañable que a Fernández le guste tanto recordar su infancia. Seguro que es un nostálgico, como yo. Para recordar a su padre fallecido, por ejemplo, publicó en su cuenta de Instagram la foto de un dibujo que le hizo a su padre por su cumpleaños cuando era un niño. El día de Reyes colgó una foto de dos estatuillas, una ardilla y un perrito, que fueron su regalo de Reyes cuando su hermana melliza y él tenían dos años. Y el día de Sant Jordi publicó una foto de su libro infantil favorito: La aventura formidable del hombrecillo indomable, de Hans Traxler. “Me lo regalaron cuando tenía siete años y lo guardo como un pequeño tesoro”, escribió. 

Alejandro Fernandez, por Josep Maria Cortés
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Alejandro Fernandez, por Josep Maria Cortés

Por fin un político de aliento dionisíaco, con permiso de Miquel Iceta. Mientras se pronostica su debacle y el sorpasso meteórico de Vox, me digo, quiero que salga el Fernández del “¡Solo le pido, solo le pido, aunque apenas coincida conmigo!”; qué vuelva el que invitó a cenar al misántropo Quim Torra, en Nochebuena, con un menú medio asturiano y medio catalán sin monjetes, claro. Qué clave en la red su foto entrañable de niño, con cara de susto.

 

Alejandro, pico de oro y lector impenitente, es capaz de mofarse en las barbas de la guardia de corps nacionalista con la misma alegría ácida que le ponía Moliere a La Comedie delante del Rey Sol (salvando todas las distancias). Aquello representó el origen de una ruptura entre el proscenio y el patio de butacas; el primer fogonazo de la cultura moderna, esa que no practican los indepes.

 

Nunca ha sido más cierto que la parodia forma parte del discurso; es importante reírse del contrincante cuando este te recuerda los negocios del arzobispo Morgades. Vitalmente, la avalancha de la república independiente es una buena réplica de los personajes indolentes de Pitarra, aquel sabio sentado sobre las máscaras de la comedia y la tragedia, en la escultura del Arc del Teatre. 

 

Fernández no es el charro mexicano, pero es más valiente que su homónimo al frente de sus Mariachis. A su jefe de filas, Pablo Casado, le persiguen las aguas negras, una ciénaga que abarca desde Naseiro hasta Rajoy pasando por José María Aznar, y que no para de crecer con el amago de Bárcenas.  

 

Desde que apareció Alejandro, el PP catalán, satélite del despropósito español, acabó con la modorra en la que nos sumieron en su momento la impostada frialdad de Piqué y la envidia de García Albiol. Su opción es vocacionalmente minoritaria, pero sus palabras, en medio del irrespirable pasteleo, son una imago veritatis, de Marco Tulio Cicerón, plebeyo de rango ecuestre, como el político.

 

Burla burlando, Fernández se aleja de lo prosaico para acercarse a la sátira, el rastro de Boadella, pero sin herir. Su partido, convertido hoy en un depósito de criminalidad, entra en vía muerta y pregona en el gesto su descomposición. Los senadores Pío Escudero y Javier Arenas fueron nombrados por Casado y Dolores de Cospedal facilitó el ascenso del líder conservador. Es la zona de sombra que vincula el pasado con el presente.

 

El candidato Fernández es muy de derechas, doctrinalmente; empezó en las juventudes, estudió Derecho y pronto se encaramó a la presidencia provincial de Tarragona, su cuna.

 

Los últimos trakings pronostican un PP fuera del Parlament. Solo nos faltaba eso: el Frente de Juventudes impulsado por las pedradas indepes, ímprobos necios que malbaratan el auténtico antifascismo; la derechita cobarde descartada, C’s en lo suyo (¿en qué?) y Laura Borràs abriendo el camino. Imposible, pero probable. Cuando el circo termine, diré lo que digo ahora: me gusta él, pero aborrezco la prepotencia mafiosa de su partido.

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