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El mayor durante el 1-O

La actuación del jefe de los Mossos d’Esquadra, al que odiaban sus amigos, en la organización del referéndum ilegal de secesión

El mayor de los Mossos d'Esquadra, Josep Lluís Trapero, durante una rueda de prensa / EFE
07.04.2018 23:51 h.
7 min

Se acercaba el 1-0. El Ministerio del Interior lo vio venir y movió ficha y efectivos. La situación les iba a coger con el paso cambiado. Por su parte, los Mossos d'Esquadra tomaron distancia.

Con la excusa de que el Juzgado de Instrucción número 13 había abierto ya una causa sobre el referéndum y que había puesto a la Guardia Civil a trabajar en ello, el cuerpo de policía catalán se alojó en la equidistancia. Como si aquella investigación o las órdenes que ya emanaban ni más ni menos del Tribunal Constitucional no fueran con ellos.

Fatídica reunión

A finales de septiembre, el entonces fiscal superior catalán, el malogrado José María Romero de Tejada, convocó a los mandos de los tres cuerpos implicados. Les dijo que ordenaba a la Guardia Civil la dirección del operativo para investigar e impedir el referéndum ilegal. Trapero entendió aquella orden como un insulto, como una humillación similar a la que antaño había recibidos de sus "enemigos". "Quizá sí fue insulto. Quizá sí fue una provocación que él no supo ver", indica en declaraciones a Crónica Global un destacado miembro del equipo de colaboradores del mando policial.

El mayor, sin capacidad para esconder su enfado,  dijo: “Señoría, somos nosotros los que ostentamos las competencias en materia de seguridad y por lo tanto somos nosotros los que …”. Romero no le dejó acabar. "Creo que no me ha entendido", sentenció el fiscal que hablaba al dictado de las órdenes que había recibido del también malogrado fiscal general del estado, José Manuel Maza, quien su vez, actuaba como correa de transmisión de los ministros del Interior, Juan Ignacio Zoido, y Justicia, Rafael Catalá. “No lo estoy sometiendo a su criterio, es una orden”, remachó.

Perdió el control

Al jefe de los Mossos se lo llevaban los demonios. Días después, --de nuevo esas malditas formas-- el mayor no acudió a una reunió en la delegación del gobierno convocada por el coronel de la Guardia Civil, Pérez de los Cobos, al mando de operativo. Envió a su número dos, el comisario Ferran López.  Y la fiscalía, azuzada por guardias civiles y policías, tomó nota.

Trapero empezó a estar en boca de todos. Detractores y defensores del procés. Él, lejos de salirse de ese enfangado terreno de juego, jugó. Le llegaron a mandar a su despacho decenas de figuritas de chocolate fabricadas por un prestigioso pastelero de Barcelona. En ellas, se veía al mayor enarbolando una estelada, la bandera independentista. Las aceptó con una sonrisa y las repartió a amigos y conocidos en la jefatura.  

Trapero el icono 'indepe'

Un charnego, hijo de vallisoletanos y vecino de Santa Coloma de Gramanet (Barcelona) que jamás había mostrado inclinación independentista alguna, se había convertido en el icono del procés. Y él no parecía incomodo en ese rol. De nuevo, otro error. De nuevo, la vanidad que hizo mella en su reputada capacidad técnico-policial.

Los generales de la Guardia Civil y los comisarios del CNP se frotaban las manos. Pronto iba a llegar el momento. Y así fue. La descoordinada y deslavazada, por tardía y por tibia, actuación de los Mossos d’Esquadra durante el registro de la Guardia Civil en la consejería de Economía del 20 de septiembre de 2017 le situó en el centro de una diana. Desde ese momento no dejó de recibir dardos, algunos certeros y otros envenenados.

Caída en picado

La fiscalía se querelló contra él por sedición. Tuvo que declarar y sólo la magnanimidad de la juez Carmen Lamela, la misma que finalmente le ha procesado, evitó su ingreso en prisión incondicional a pesar del durísimo alegato del  fiscal. Fue en la misma jornada en que los Jordis entraron en la Audiencia Nacional y acabaron en la prisión de Soto del Real (Madrid). Aún no han salido. 

Trapero era un árbol caído pero iba a acabar hecho astillas tras el 1-O. La policía y la Guardia Civil, en su interpretación particular de las órdenes desalojo de los colegios electorales y decomiso de la urnas durante el referéndum ilegal que dictó el TC, protagonizaron durísimas cargas policiales. Han sido criticadas desde distintos foros ciudadanos, incluso jurídicos, nacionales e internacionales. Los Mossos, en su particular interpretación del auto, sólo mandaron dos agentes dotados de una carpetilla a cada colegio electoral.

Demostrar y ser policía

Un magistrado de la Audiencia de Barcelona, miembro de la comisión provincial de policía judicial, amigo de Trapero e integrado en la asociación progresista Jueces para la Democracia, ha comentado lo siguiente a este medio cuando se le ha interpelado sobre el papel de los Mossos aquel día:

“No podemos criticar a los Mossos por no haber sacado la porra. Aquel era un acto ilegal y las cargas fueron innecesarias y desmedidas. Pero también fue desmedido el hecho de que aquellos agentes de la policía autonómica que se personaron en el colegios no levantaran ni una sola acta identificando con nombre y apellidos a los dirigentes que, desobedeciendo a la orden policial, se negaban abandonar el colegio o a entregar las urnas. Ni una sola identificación. Ni un solo atestado al respecto. Ni una sola denuncia. Un policía ha de ser, ha de demostrar y además lo ha de parecer”. Trapero se quedó sin coartada. Sin argumentos para contrarrestar a aquellos que le tildaron (y luego le acusarían) de haber permitido el referéndum ilegal por acción y por omisión.

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