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Contra la Democracia, de Jason Brennan, analiza el voto de los ciudadanos, el que ha posibilitado el Brexit o el triunfo de Trump

'Hobbits', 'hooligans' o 'vulcanos': ¿de verdad la democracia es mejor sistema?

Jason Brennan propone en Contra la democracia gobiernos de expertos, tras analizar cómo se informa la ciudadanía y cómo decide su voto

7 min

Hay Hobbits, hooligans y vulcanos. Todos con sus características, ciudadanos con intereses distintos y con información muy diversa. ¿Cuántos grandes slam ha logrado Rafa Nadal? Muchos responderán rápidamente: 17, y 11 de ellos en París, en Roland Garros, y está a tres torneos de Roger Federer. ¿Y votar? ¿Es obligatorio? La consultora Kantar ha mostrado que el 40% de los españoles cree que sí, que es obligatorio votar, cuando en España no lo es. Más de la mitad no sabe cómo se vota en blanco –con un sobre vacío— y sólo tres de cada diez saben que hay 350 diputados en el Congreso. ¿Funciona con escasa información una democracia? ¿Es, de verdad el mejor sistema? Algunos pensadores, con el ánimo de agitar las aguas, responden que no, que habrá que buscar otras fórmulas.

Es el caso de Jason Brennan, autor de Contra la democracia (Deusto), que considera que la democracia no puede ser un “fin en sí mismo”, sino un instrumento, y que si encontramos otro mejor, se debería aplicar. En China, los gobernantes, la mayoría de ellos ingenieros, estarán de acuerdo con Brennan. O en Rusia, o en otras realidades políticas que apuestan por restringir los derechos políticos. También en Estados Unidos, con gurús como Peter Thiel, apoyo de Donal Trump desde Silicon Valley, que considera que los mecanismos de la democracia son lentos y perjudican los procesos de innovación que precisan las empresas de tecnología.

Un martillo mejor

Es un debate eterno, que ha cobrado fuerza tras las experiencias del referéndum del brexit, en el Reino Unido, y la propia elección de Trump en Estados Unidos. Lo que ofrece Brennan, profesor en la escuela de negocios McDonough de la Universidad de Georgetown, y profesor de investigación en el Centro para la Filosofía de la Libertad y el Departamento de Economía Política y Ciencias Morales de la Universidad de Arizona, es pensar en un nuevo instrumento: “La democracia no es un fin en sí mismo. No es un poema, tiene el valor que tiene un martillo. Es sólo un instrumento útil para producir políticas justas y eficientes. Si podemos encontrar un martillo mejor, debemos usarlo”.

El argumento de este profesor es polémico, pero ayuda a la reflexión sobre el marasmo en el que se encuentran las sociedades democráticas occidentales. Se pregunta Brennan “si un fontanero, una peluquera o un conductor necesitan licencia, por qué no un votante”. La alternativa pasa por algo muy viejo, que nos conduce a Platón, y a los gobiernos de sabios, al rey filósofo y que se ha conocido como la epistocracia. A lo largo de su libro, Brennan admite que las democracias, finalmente, han acabado siendo los sistemas menos malos, porque los países con mayor prosperidad y bienestar corresponden a “democracias liberales”. ¿Pero para mejorar la toma de decisiones, no deberían los ciudadanos tomarse en serio su relación con la política y votar con mayor conocimiento?

'Hobbits' ignorantes

La pregunta es pertinente: no nos demos por satisfechos, busquemos otras fórmulas, hasta comprobar si pueden ser o no mejores. Las premisas de Brennan son claras: la democracia no es un fin en sí mismo, ni se justifica por su valor simbólico, y sólo la podríamos justificar si produjera mejores resultados que otro sistema de organización social.

Porque, ¿qué es lo que pasa? Los arquetipos de votantes se ven con claridad, según Brennan. Están los hobbits, ignorantes, que no tienen interés en participar en el debate político, cambian con facilidad, y no tienen criterio. Luego aparecen los hooligans, que participan mucho, con intensidad, son menos ignorantes, pero tienen un componente tribal, con ideas sesgadas, de un color o de otro. Y luego están los vulcanos, los que dedican tiempo, se informan y toman sus decisiones. ¿El problema? Que, según Brennan, los vulcanos no existen en realidad. Son un ideal. Los votantes se dividen entre hobbits y hooligans, y los debates, las deliberaciones públicas, lo que consiguen es transformar hoobits en hooligans.   

Votos ponderados

El autor de Contra la democracia propone algunos cambios, como el sufragio restringido. Los ciudadanos podrán votar si adquieren el derecho al voto, tras un examen previo que acredite un conocimiento político básico. Otra fórmula sería el llamado voto plural, según el cual todos los ciudadanos tendrían voto, pero los más competentes tendrían un voto adicional. También, en paralelo, se podría, a su juicio, crear sistemas de control como un órgano epistocrático con derecho a vetar las leyes aprobadas o una especie de votación ponderada.

No es algo extraño. Expertos como Daniel Innerarity han propuesto algunos cambios, como dar más votos a los jóvenes que a los mayores. En el caso del brexit se comprobó que las generaciones más viejas votaron masivamente por el sí, dejando a los jóvenes con una decisión dura, que el Reino Unido salga de la Unión Europea, cuando serán ellos los que deberán asumir las consecuencias.

Se trata de democracias que siguen parámetros de representación del siglo XIX, y que no han sido, todavía, repensadas en profundidad. Jason Brennan provoca, pero para reclamar que todos los ciudadanos se tomen en serio lo que tienen entre manos cuando toman decisiones sobre los asuntos públicos.