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García Albiol: el halcón maltés

El expívot de la Peña, hombre honrado en apariencia, es un misterio original con final desengañado

08.12.2017 00:00 h.
7 min
García Albiol: el halcón maltés

El talento se adquiere, no se otorga. Es lo que vimos hace pocos días en el Cercle d'Economia, con una entrada a media asta para ver a Xavier García Albiol, líder del PP catalán al que el último CIS coloca en penúltimo lugar. Digamos en descargo que su apelación crecerá en el último sondeo (a las 18.00 horas del 21D), cuando se conozca, a pie de urna, el voto no confesado de los afines que respaldaron en el pasado sus programas de dudosa creatividad racial.

Lo efímero no es despreciable: si Badalona sobrevive en la memoria es que García Albiol ha sido un político de trayecto corto, como los artistas que esculpen en el hielo o en la arena mojada de la playa; el calor y el viento disipan sus obras. Él responde de la fuerza que despliegan los aparatos del Estado en un país como Cataluña, sin tradición constitucional y tan lejos de 1978 como de la Pepa gaditana de 1812. Mientras el candidato pone la jeta, su camarada Enric Millo hace el trabajo institucional aparentemente impoluto.

Albiol no brilló en su estreno empresarial. Todos sabemos que al Cercle no le va la derecha española. Pero lo que realmente no le va es la derecha ideológica, porque la derecha institucional es otro cantar; ahí se relame. En el prestigioso foro han triunfado mucho los ministros del PP, los Rodrigo Rato y Luis de Guindos (Montoro no tanto por aquello del bolsillo y los impuestos), como en otros tiempos lo hicieron Boyer o Solchaga. Al mundo empresarial catalán le va el rigor de los enarcas españoles. En sus momentos clave, sucumbió igual ante el puritanismo de Laureano, los hechizos del profesor Rojo, la liberalidad desacomplejada de Pepe Barea o la distensión de Fabián Estapé. A los emprendedores y académicos catalanes, el Estado les impone por su lejanía y acecho al mismo tiempo. El Estado es la ley; garantiza la seguridad regulatoria que ellos echan de menos y que temen perder en manos de las hordas indepes de una república de cafetal. A los que pueblan el aforo de la calle Provença frente a La Pedrera les da pánico perder la perspectiva. Odian el desconcierto antitalentoso de Puigdemont y Junqueras, pero no compran el discurso de García Albiol; el europeísmo catalán no asimila la unidad de España a palo seco. La integra, cuando la ideología se deshace para convertirse en estructura. Será por la tradición camboniana, pero el asunto está claro: flechas no, técnicos de la administración del Estado, sí. Creencias no, Estado de derecho sí. Aislacionismo no, Europa sí. Este es el credo empresarial, que Albiol no pilla.

La política no pertenece al ámbito de la ley; exige discurso propio. Si Rajoy y Soraya no lo entienden, Albiol, menos. El candidato conservador no se ha devanado demasiado los sesos antes de presentarse. Las puestas de largo en la Delegación del Gobierno de la calle Mallorca (antigua sede del Movimiento, mal rollo) no tienen la alegría de los asaltos de carnaval, que organizan en el Ecuestre los amigos de Inés Arrimadas. Ya es hora de sacarse el polvo del camino que dejaron Alejo Vidal-Quadras y Jorge Fernández Díaz, el ex ministro de Interior, protagonista en Madrid en el juego del amigo excesivo.

Si al PP catalán no le pudo dar la vuelta un hombre de la talla indiscutible de Piqué, ¿quién lo hará? Se diría que, hoy por hoy, las huestes de Mariano solo sobreviven. Pero que lo sepan: el sucursalismo no es ninguna enfermedad; a UCD y al PSC-PSOE les ha funcionado y Cs ha aprendido muy rápido que ondear de banderas en la Pascua Militar es compatible con la credibilidad en la nación cóncava.

Mal humor demoscópico

El candidato Albiol pierde el hilo con facilidad. Pero su desmemoria no tiene nada que ver con su confusión tan comentada entre los ajos y la calçotada. Es cosa del demos: el PP parece no responder a las condiciones de igualdad efectiva con el resto. Le falta identificación con el nosotros (no hablo de indentidades, ni zarandajas) y se ha ganado cierto rechazo, más allá de sus posiciones políticas. Injusto, pero cierto. La memoria política no se juega sobre el mantel, y que conste que, hacer españolismo en Cataluña no es tan difícil. Solo hacen falta razones. Otros las han esgrimido en momentos difíciles, como aquel PSOE de Felipe en la capital y Ernest Lluch en la periferia; o como Aznar en Moncloa y Piqué en la sede pepera de la Calle Urgel, después de dejar Exteriores. Sin el demos, la campaña de García Albiol se instalará en la anécdota.

El expívot de la Peña, hombre honrado en apariencia, es un misterio original con final desengañado. A estas alturas piensa que no es un genio de la política, pero todavía es capaz de reconocerse en el talento (que no se otorga), como acto de voluntad. Despliega el mal humor demoscópico del que va perdiendo, algo innecesario para alguien que quiere ser recompensado por el éxito. Su protagonismo va camino quedarse en cameo, como le ocurrió al Halcón maltés, la anecdótica figura de porcelana que tuvo en sus manos Bogart en la cinta de John Huston.

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