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Eva Granados, vista por Andrea Rodés y Josep Maria Cortés / FOTOMONTAJE DE CG

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Andrea Rodés y Josep Maria Cortés ponen la lupa a la número dos de la lista del PSC en Barcelona

Andrea Rodés / Josep Maria Cortés
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Eva Granados, por Andrea Rodés
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Eva Granados, por Andrea Rodés

De entrada, me gusta que Eva Granados haya nacido el día de Reyes (6/1/1975), mi día favorito del año. Algo de la magia y la ilusión con la que miles de niños esperan esta fecha tiene que habérsele contagiado en el carácter. ¿Cuál es tu rey favorito?, le preguntaría. Me apuesto algo a que Baltasar. 

 

Sin embargo, haber nacido el día de Reyes tiene la pega de que la fecha no luce tanto como si fuera un día cualquiera, y encima los regalos de Reyes se te solapan con los del cumpleaños, algo que a Eva no debió hacerle mucha gracia cuando era niña. Pero confío en que así aprendió que no siempre se puede ser el centro de atención ni pedir más cuando no hay, dos virtudes que creo necesarias en un político

 

También me gusta que haya estudiado un máster en Dirección Pública en Esade, la universidad donde estudié yo. Si sobrevivió al café con leche del bar, seguro que entendió que lo del “café para todos”, vale, pero si es como el de Esade, no. 

 

Otra cosa que nos une: su paso por Alstom. Granados está desde el 2010 en excedencia por cargo electo de la conocida multinacional francesa, donde llevaba asuntos de responsabilidad social. Durante mi año de Erasmus en París hice unas prácticas en el departamento de finanzas de Alstom. No es que me interesara mucho el sector del transporte, ni mucho menos las finanzas, pero tenía solo dos ofertas de prácticas sobre la mesa, y la de Alstom era la mejor. Por su ubicación --junto al Arco del Triunfo-- y porque me pagaban el almuerzo. Y el almuerzo en la cafetería de Alstom era espléndido. En Alstom me tocó participar en un proyecto para demostrar al Banco Mundial que en Bogotá resultaría más eficiente invertir en el desarrollo de una red de tranvías que en una red de autobuses públicos. Perdimos el proyecto, por supuesto, pero me sensibilicé con temas como el impacto del transporte público en el desarrollo económico de una ciudad y la contaminación, dos aspectos que Granados conocerá bien tras su paso por Alstom. 

 

¿Qué más? Me gusta que sea hija de inmigrantes andaluces. He leído que su abuelo empezó con un huerto arrendado en las afueras de Pallejà, y poco a poco la familia fue prosperando. Quiero pensar que Granados quiere que Cataluña siga siendo un lugar multicultural donde gente llegada de otras partes de España, o del mundo, puede integrarse y progresar. 

 

Me gusta su corte de pelo. Y oírla mezclar catalán y castellano con naturalidad: “Com han anat les Festes?”, le preguntó hace poco la presentadora de Cafè d’idees, un programa de TVE1. “Bueno, en petit format, cantant villancicos per WhatsApp web”, respondió Granados. Otro se hubiera autocorregido y dicho “nadales” en lugar de “villancicos”. Pero hubiera sonado muy forzado.

Eva Granados, por Josep Maria Cortés
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Eva Granados, por Josep Maria Cortés

No es que no me guste ella, es que no me gusta su partido (no me gusta ninguno); pero eso sí, me quedo con los destellos maragallianos, narcisísticos, obiolísticos, ernestlluchísticos, icetísticos o montillísticos y demás, que jalonan su densa historia. Eva Granados es la número dos en la lista de Salvador Illa porque se lo ha ganado, aunque no se lo crea. Pertenece a la enésima piel del PSC reconstruido por Miquel Iceta, el último centauro.

 

Es discreta por fuera, pero la procesión va por dentro (“¡ay, cuando me sale el barrio”!). Se refiere a Pallejà, el pueblo de su abuelo y de su infancia, debajo de los hornos cementeros de los Molins; hoy vive en Gornal de L’Hospitalet y asegura que es metalúrgica porque ha conocido la cadena de montaje. Tiene un hijo, Marcus, aficionado a Bach y Stravinski.

 

Es la última de una progresión femenino-sociata ascendente, desde Manuela de Madre hasta la llorada Carme Chacón. Sabe economía por un tubo y cuando hace falta, airea un máster de verdad, el de Esade, donde exigen y no regalan. “Soy una hija de la inmigración con estudios”, digamos que exagera, pero no es de las que se crecen al menor sondeo.

 

No me gusta que sea tan devota de su ideología, en una era medio pensionista que vive de los hechos. Granados no es precisamente la Eva que cachetea a Minerva en la Telenovela Gata salvaje; si acaso, es un émulo de Borgen, la serie televisiva sobre la primera ministra danesa. Aunque a menudo discrepa del mando, a la Granados apenas se la oye; casi silabea; propende al silencio denso de los que piensan. Antes de liderar los grandes saltos de UGT, junto a Ciriaco HidalgoPepe Álvarez, se hizo devota de la sobriedad; hoy capitanea a los estoicos. Ella abandonó el alto staff de UGT, cuando Camil Ros se puso a la clase obrera por montera. A Ros se le apareció la menestralía del sindicato de dependientes y abrió la brecha de nacionalismo. Es encomiable que Eva lo tenga tan claro, pero no me gusta que lo diga tan flojo.

 

Cuando aceptó la portavocía socialista en la cámara legislativa, los socialistas eran apenas 17; ahora se les pronostican entre 30 y 35 escaños. Ocupa la pole del 14F; ha ganado antes de empezar; pero atención con ganar sin bajar del autobús. Esto sí que no me gusta.