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Ricardo Dudda (Madrid, 1992) es periodista de Letras Libres. Acaba de publicar su libro La verdad de la tribu

Dudda: "Vox se ha beneficiado más del 'procés' que de la corrección política"

El escritor publica su primer libro en defensa de la corrección política como "revolución cívica" en nombre de las minorías y gesto de educación y convivencia de las sociedades plurales

23.04.2019 00:00 h.
16 min

Ricardo Dudda (Madrid, 1992) es periodista de Letras Libres. Acaba de publicar su libro La verdad de la tribu. La corrección política y sus enemigos (Ed. Debate), que es una defensa ponderada de la corrección política pero sin obviar todas sus limitaciones. Dudda explica que "se ha democratizado la censura" y, en la actualidad, ya no se ejerce tanto desde los Gobiernos como desde universidades de élite, mediante campañas de linchamiento en las redes o por el miedo de empresas como GoogleFacebook o Amazon de perder su reputación.

--Pregunta. ¿Hoy en día la derecha es punk y la izquierda puritana?

Respuesta. Sí. Esta es una frase efectista que sale en el libro, pero que explica mucho. Hay una derecha populista que ha surgido en los últimos años que es punk porque considera que está luchando contra el consenso progresista. En muchos aspectos, tanto morales como económicos, la socialdemocracia ha vencido y los que de pronto están fuera de esto se consideran disidentes. Es curioso porque una parte de la derecha está cogiendo un discurso y unas prácticas de la izquierda del 68, de romper tabúes. De allí viene lo de políticamente incorrecto. Cuando vemos a personas como Milo Yiannopoulos o cualquier provocador que dicen lo de rabiar a los progres, buscan ser heterodoxos. Y eso es algo que tradicionalmente no era la derecha, que era más conservadora.

--¿Y la izquierda cómo ha cambiado?

La izquierda también ha cambiado mucho. Es una izquierda que no tiene la potencia de antes, que se ha centrado más en lo minoritario, lo simbólico o cultural. Hay una frase de Todd Gitlin que dice que la izquierda en Estados Unidos de los años 80 se fue a las universidades y la derecha, en la Casa Blanca. Es un poco lo que ha pasado con la izquierda en los últimos años, que se pone a analizar cuestiones minoritarias y olvidando en parte el universalismo que tenía antes.

--La izquierda puede ser hegemónica en muchos sitios donde, al final, gana la derecha en votos.

Sí, es que son guerras culturales al fin y al cabo. En cuanto a estructura económica y grandes cambios políticos no hay tanto cambio. En la socialdemocracia hemos tenido una tercera vía que era más cercana al centroderecha liberal en cuestiones económicas pero que daba la batalla en lo cultural. Era en lo único donde se podía mover. Ambos lados tienen parte de razón en la crítica al liberalismo y al consenso liberal en esto sentido. Al final vamos a poder arreglar unas cuestiones culturales de decir esto con palabras más educadas y no cambia la estructura.

--En su libro habla del concepto "mentalidad tribal". Grupos que se creen virtuosos y que no aceptan la crítica. ¿Pasa lo mismo con el nacionalismo?

Es totalmente parecido al nacionalismo. Como decía Sánchez Ferlosio: “cargarse de razones”. Esa sensación de que yo soy el virtuoso y todo acto que haga en tanto que estoy en el lado bueno de la historia se comprende y es legítimo. Esto tiene mucho que ver con el victimismo y la exposición de nuestras identidades que han fomentado las redes sociales.

--Da la sensación de que esa nueva izquierda es elitista y la derecha es popular.

En cierto modo sí. Cuando ha surgido la derecha populista lo que ha dicho es 'oye, estas elites no están escuchando lo que preocupa al trabajador de la industria o al ciudadano medio'. La derecha se ha intentado apropiar de eso. La misma acusación de corrección política sirve originalmente para acusar a la izquierda de estar alejada de los problemas reales, de ser demasiado dogmática y estar metida en sus burbujas elitistas en la academia, los medios o la política.

--Una reflexión demoledora del libro es la de que “los argumentos valen lo que vale la persona”. Ya no se confrontan argumentos sino personas.

Hay una parte de la izquierda que desde hace décadas empieza a darle más importancia a la experiencia personal que a la argumentación. Al final importa quién lo dice en lugar de qué es lo que dice. Es un conocimiento situacional: desde dónde lo dices. Considerar que se tiene que dar más importante al emisor que al mensaje es muchas veces iliberal y contrario al sentido común. Claro que importa el emisor, pero no vamos a considerar que si eres un hombre blanco y heterosexual no tiene sentido cualquier cosa que puedas decir sobre otros aspectos que no competen a tu identidad.

--En el libro cita un estudio de More in Common que refleja que los más favorables a la corrección política son blancos, de ingresos altos y con estudios.

Es lo que ocurre con esta izquierda cultural que, en cierto modo, se ha politizado en las universidades de élite. Todos los grandes debates de corrección política en Estados Unidos son en universidades de élite global, no solo nacional. Es cierto que han entrado muchas minorías en ellas y por eso se han introducido estos nuevos debates, pero en general son discusiones de élites y que se les acepta todo esto porque son vistos por los centros académicos como clientes. En Harvard, por ejemplo, te conviertes en cliente. Vives en un hotel durante cuatro años.

--¿Es un problema real esta hipersensibilidad universitaria o también se exageran sus efectos?

Más que un problema en cuanto a los efectos como la censura o intentos de silenciamiento que se pueden dar, que son preocupantes, creo que es más pernicioso los fundamentos teóricos que hay detrás. La idea de pensar que hay voces que deben ser silenciadas porque sí. Es decir, que haya una izquierda que no tiene el mismo aprecio por la libertad de expresión que había antes. La Universidad de Berkeley, por ejemplo, era el lugar de California donde más protestas hubo a favor de la libertad de expresión en los años 70 y ahora es donde más problemas hay porque intentan silenciar a ponentes que no les gustan. El problema no es la censura en sí, porque como explico en el libro, hay más censura en Google o Facebook, como el hecho de que se justifique dicha censura.

--El escrache en la Universidad Autónoma de Barcelona a la candidata del PP en Cataluña, Cayetana Álvarez de Toledo, ¿se ajusta más a la mentalidad tribal del nacionalismo o a esta hipersensibilidad universitaria contraria a la libertad de expresión?

Tiene mucho que ver con la apropiación de las instituciones que ha hecho durante décadas el nacionalismo catalán. Son universidades muy serviles al poder político y donde se ha fomentado durante décadas. Es muy posible que sea también un tipo de izquierda que coquetee con estas ideas de los “safe spaces” de Estados Unidos (espacios seguros sin voces disidentes), pero se le añade la parte nacionalista.

--Volviendo al tema de Google. ¿Facebook y Google censuran más los contenidos de la extrema derecha que a los de la extrema izquierda?

Sí, hay un sesgo que muchas veces ha ocurrido. Por otro lado, en el caso de Woody Allen durante el auge del Me too. Amazon retiró la película que estaba hecha por las acusaciones que recibió. Al final es el miedo de las empresas a perder valor reputacional. Es muy preocupante esa unión entre esa nueva hipersensibilidad y cómo reaccionan las empresas que, en realidad, su criterio es empresarial, de obtención de beneficios. Lo hemos visto también con lo que ha ocurrido en el The New Yorker Review of Books, que despidieron a su editor Ian Buruma por un artículo que publicó de un acusado por el Me too. Al final lo que ocurrió es que los anunciantes de la revista, que eran editoriales universitarias, tenían miedo de perder el prestigio. Hay una parte siniestra, que es el miedo de perder la reputación y esos guerreros de la justicia social que piensan que son disidentes y están alineados con las élites económicas.

--Por lo que dice, el miedo a la censura viene más por el miedo que le tienen al “pueblo”, a la gente, que al Estado o los Gobiernos, que eran los que censuraban tradicionalmente.

Sí, el periodista Juan Soto Ivars habla de la postcensura. El linchamiento lo que busca es acabar con la reputación de individuos. Se busca silenciar, pero si no se consigue, se va directamente al linchamiento y que le echen de su trabajo. Lo que ocurre es que se está democratizando la censura. Todos exigimos rendición de cuentas.

--La conclusión final del libro es una defensa de la corrección política pese a sus limitaciones. Como revolución cívica en nombre de las minorías y de no querer hacer daño.

Intento rescatar la idea liberal que hay detrás del concepto, que es la de convivencia en la pluralidad. De decir que no vamos a matarnos entre todos. Es asumir que el reto de convivir en democracias plurales es muy difícil y que hay que intentar no polarizar ni meternos en tribus ni en burbujas donde señalamos al otro y lo acusamos de ser ilegítimo.

--Leyendo el libro veía un dilema: ¿hay que priorizar la verdad o la convivencia? Por ejemplo, en demandas como las que hace Vox de saber la nacionalidad de los agresores sexuales.

Hay una parte de mi que tira por la convivencia, aunque no lo tengo claro. Hay una idea que es hágase justicia y que el mundo perezca. A veces prefiero que no se haga esa justicia si se mantiene la convivencia. Hay verdades que no hace falta utilizarlas como armas. Hay que ver la utilidad de esa verdad. En la cuestión de los transexuales, por ejemplo, puede haber gente que esté intentando demostrar que no es genéticamente igual que un hombre o una mujer, pero no sé hasta qué punto sirve esa apelación al otro. Hay gente, como Arcadi Espada, que sé que no estaría de acuerdo en esta apreciación. En todo caso, creo que deben existir los dos polos.

--La verdad se puede instrumentalizar, pero también puede servir para atajar las causas.

Sí, es verdad. He pensado mucho en lo que se decía cuando había agresiones sexuales en Suecia o Alemania, que la mayoría eran perpetradas por inmigrantes y que en algunos casos la policía ocultaba la nacionalidad… Por una parte creo que es una trampa. Si lo dices en el momento puede causar problemas, pero si lo ocultas habrá un resentimiento contra el establishment. No sabría cuál es la solución.

--¿En qué cree ha beneficiado la corrección política al nacionalismo? Por ejemplo, no hablar del coste de las autonomías, etc. ¿puede responder a una corrección política?

Sí que hay una corrección política con el nacionalismo. De hecho, después del otoño de 2017 han cambiado tantas cosas que hay asuntos que a lo mejor servían para mantener la paz social y el consenso catalanista que ya no sirven. El consenso catalanista se ha roto. Un gran ejemplo de la corrección política es el consenso sobre la inmersión lingüística como si el consenso fuera real, y luego vemos posiciones mucho más plurales. Se ha creado una especie de corrección política con respecto a esto o cuando se dice que hay que negociar con los catalanes, y en realidad están diciendo que hay que negociar con los nacionalistas. Estamos en un momento en que la vuelta al consenso catalanista es complicada porque ya no existe, se ha roto el consenso. Hay que construir sin estos mitos.

--¿En este caso la corrección política no sería un argumento de civilización y convivencia?

En este caso es la parte más negativa de la corrección política: convertir en dogma intocable algo que es totalmente cuestionable. Es la corrección política como ortodoxia de no poder hablar de algo cuando se debería hablar.

--¿A Vox le ha beneficiado la corrección política?

No tanto como el tema del procés. Por ejemplo, muchos de los candidatos de Vox se piensan que están luchando contra el feminismo y realmente sus votantes no está pensando tanto en eso.

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