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Entrevista a Gabriel Colomé, autor del libro "La Cataluña insurgente": "El independentista frustrado puede caer en la violencia" / CG

Gabriel Colomé: "Hay que evitar que el independentista frustrado caiga en la violencia"

El exconcejal de Barcelona, creador del 'CIS catalán', presenta su nuevo libro, 'La Cataluña insurgente': "Nos debemos una reforma constitucional"

04.11.2017 00:00 h.
14 min

Gabriel Colomé fue el creador del Centro de Estudios de Opinión (CEO) de la Generalitat, un organismo que dirigió entre 2005 y 2011. Siempre se negó a “cocinar” las encuestas, es decir, que nunca publicó la estimación de voto porque, según dice, “el prestigio de una institución no puede depender de si aciertas o no”. Este doctor en Ciencia Política por la Universidad Autònoma de Barcelona y licenciado en Ciencias de la Información analiza las causas de la convulsa situación catalana en el libro La Cataluña Insurgente (Ediciones Carena), que arranca con la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto. Fue concejal en el Ayuntamiento de Barcelona por el PSC y director de la Fundació Campalans entre 1996 y 2004.

Pregunta. En su libro explica que, entre 2006 y 2012, el apoyo al independentismo pasó de un 14% al 44,3%. ¿A qué atribuye ese aumento?

—Respuesta. El PP utilizó electoralmente el punto débil del presidente Zapatero, que no es otro que la frase “aprobaré el Estatuto que saque del Parlament”. Esa va a ser la batalla más inmoral del PP para ganar las elecciones del 2008: intentar destruir al PSOE a través del Estatut. Lo hace de la peor manera posible, despertando la catalanofobia en España. Boicot a los productos catalanes, “Endesa antes alemana que catalana”, y sobre todo, el recurso ante el Tribunal Constitucional contra el Estatut. Y ganó las elecciones. El mal ya estaba hecho.

Maragall siempre intentó cambiar España, sabía que con el PP no era posible una reforma constitucional. Se inventó una manera de hacerlo por la puerta de atrás. Eso es el Estatut de 2006

¿La solución pasa por volver a ese Estatuto?

—Pasqual Maragall siempre intentó cambiar España, sabía que con el PP no era posible una reforma constitucional. Se inventó una manera de hacerlo por la puerta de atrás. Eso es el Estatut de 2006. El primer borrador contemplaba que para que entrara en vigor, se tenían que cambia 50 leyes orgánicas del Estado, es decir, toda la estructura española. Se quedó en 30, algunas se perdieron por el camino.

¿Cree que la aplicación del 155 ha empeorado las cosas?

—El independentismo confunde el Gobierno del PP con el Estado. El Estado es la justicia, la policía, un montón de cosas. Y cuando te metes con el leviatán, actúa. El leviatán no tiene moral, tu puedes pactar lo que quieras con Mariano Rajoy, pero no provoques al leviatán, porque una vez empieza a moverse, es imparable. Confunden a España con el PP. Los independentistas no saben leer la geopolítica de los últimos 500 años. Cuando le preguntas a un independentista quién va a proteger a Cataluña, responde que la UE. ¿Cataluña ha sido miembro del Imperio ruso, francés o alemán? En la guerra de los Balcanes, la UE no intervino porque aplicó acuerdos de 1905. Serbia estaba protegida por Rusia y Francia. Al ser ortodoxa, se sumó Grecia. Eslovenia y Croacia estaban protegidas por Austria y Alemania, porque formaron parte del mismo imperio. Quien pringa es Bosnia Herzegovina, que ya pringó en 1914.

Pero hay independentistas que están dispuestos a pasarlo mal.

—Estamos en ese nivel de emoción. Es muy irracional. Una parte del Govern se va a Bruselas y otra se queda, porque Bélgica es el país más garantista y permite estar a Puigdemont 90 días allí, es decir, pasar toda la campaña electoral del 21D diciendo que hay un gobierno legítimo y encarcelado. Una prisión preventiva, en mi opinión, es muy fuerte, pero cuando arranca la máquina judicial, que no es política, sino que es Estado, ya no lo puedes parar.

Ellos alegan que no hay separación de poderes.

—Por eso cometen esos errores, como el de la alcaldesa Ada Colau, que le pide a Rajoy que saque de la cárcel a los consejeros y que haya amnistía. Hay separación de poderes. Montesquieu. Siglo XVIII. La Declaración de Derechos del Hombre de la Revolución francesa dice que no puede haber Constitución si no hay separación de poderes. Con todos mis respetos, todo eso supone una gran ignorancia por parte de Colau. Ese discurso está pensado para cohesionar a los independentistas de cara a las elecciones, que quedaron bastante fragmentados desde el fiasco del 10 de octubre –suspensión de la DUI— y sobre todo después de la bronca del 26 de octubre, cuando Puigdemont intentó convocar elecciones. ERC y PDeCAT han quedado bastante tocados después de eso. La jugada es volver a las emociones. Si esto fuera House of Cards y Puigdemont Frank Underwood, pensaríamos que en la escapada a Bélgica está todo muy pensado.

Por tanto, pueden volver a ganar el 21D.

—Si hicieran coalición tendrían un resultado muy bueno pues tener a la gente en la cárcel significa que tienes la mitad de la campaña hecha. Pero en el independentismo hay mucha contradicción. Puigdemont dice que no quiere regresar porque no hay garantías y sin embargo se presenta a las elecciones. El 155, dicen, irá seguido de muchos recursos ante el Tribunal Constitucional. ¿Pero no te has ido de España? Este es el punto de no credibilidad.

Gabriel Colomé en la entrevista en Crónica Global  / CG

¿No hay insurgencia entonces?

—La insurgencia es no reconocer la autoridad del Estado. Pero en este caso es una insurgencia curiosa: “Me voy, pero me quedo con todo lo que pueda beneficiarme”. La doble nacionalidad, permanencia en la UE… Esto no funciona así.

Pero las bases independentistas sí lo creen.

—Los mitos creados son muy difíciles de combatir: España nos roba, el déficit fiscal, las balanzas fiscales, somos una colonia, somos un país ocupado, somos una república y la UE nos va abrazar, no saldremos del euro… Cuando explicas que esto no es así, entonces te dicen que estás haciendo el discurso del miedo.

Es evidente que el movimiento independentista es una iglesia, es una religión, es fe y son creyentes.

¿Es una cuestión de fe?

—Es evidente que el movimiento independentista es una iglesia, es una religión, es fe y son creyentes. Por mucho que yo, hijo de la Ilustración, aplique la racionalidad y explique que no existe el derecho universal a la autodeterminación, siempre tendrán una respuesta. A un creyente no se le convence, porque la base de la religión es la fe, o tienes o no tienes.

¿La política ha fracasado entonces?

—La extrema derecha o la extrema izquierda también pueden ser muy religiosas. Son movimientos antiextranjeros, antimusulmán, antisemita… El populismo es recuperar las viejas pulsiones irracionales.

Habla en el libro de la 'massmediatización'. ¿Contribuyen las redes a favorecer esos populismos?

—Para un segmento social de 16 a 30 años, es más importante la red social que la noticia. Eso lo vimos en la campaña de Trump. La diferencia en Cataluña es que el independentismo tiene una organización muy buena. ANC y Òmnium son asociaciones muy profesionales, mientras que al otro lado solo hay partidos. En el independentismo hay una sola voz, un solo mensaje, difundido a través de los medios y las redes sociales. Al otro lado, cada uno dice lo suyo, no están organizadores. El discurso fácil, simple, es el independentista. Los demás tienen que explicarse durante una hora. “Votar es democracia”. ¿Perdón?

Una gran estrategia de propaganda.

—Ellos lo han hecho muy bien. El 20 de septiembre, lograron en pocos minutos concentrar a centenares de personas ante la consejería de Economía. Eso demostró lo bien organizados que están.

Pero, insisto, mucha gente les sigue…

—Hay una tradición de escoltes, de boy scouts. En lugar de la revolución de las sonrisas, yo lo llamo la revolución de los Súpers, esa generación creada por TV3 que sale a la calle con sus padres y que son activados políticamente. Son los más ilusionados. Hay un segmento joven, y un segmento mayor que quiere recuperar la oportunidad que creyeron perdida en 1936.

¿Esto puede ir a más o ya ha tocado techo?

—Hay un independentismo estructural que tiene un 20%-30% y que ha venido para quedarse. Es lo que sucede en Escocia y Quebec. Nada que decir siempre y cuando se queden en un espacio de convivencia, si quieren romper, volveremos al 155. Lo que me preocupa es cómo recuperar a ese espacio que no era independentista hace cinco años. Pero el problema es que los partidos constitucionalistas no han hecho los deberes para que vuelvan, no han hecho una propuesta. La mayoría de los independentistas son económicos, no políticos. Pero lo más preocupante es que a esa generación de 16 a 30 años, unas 750.000 personas, hay que reincorporarla, porque son la generación que en un futuro gobernará Cataluña. Si no hay independencia y no hay contrapartidas, tendremos a esa generación de entre 16 y 30 años frustrada. Y la siguiente fase será la irritación y la tercera es la violencia. Y eso es lo que tenemos que evitar. Porque eso puede crear desafección. “Me han engañado, no me creo el sistema, salgo del sistema”. Si no lo evitamos, Cataluña se puede convertir en el Úlster del sur de Europa.

¿Cómo se puede evitar?

—Proponiendo algo que no se ha hecho nunca.

¿La reforma de la Constitución?

—Efectivamente. Porque de esta forma, ni el señor Jaume Asens ni Pablo Iglesias podrán hablar del régimen del 78. Como si fuera una cosa mala. Solé Tura (uno de los padres de la Constitución) explica que nadie sabía cómo iba a salir la Transición y que cuando le decían “qué bien lo hicisteis” pensaba “si tu supieras…”. Él pensó en el futuro, no en el pasado, es decir, en esa gente que le metió en la cárcel y que estaba sentada a su lado redactando la Constitución. Pensar ahora en las cosas que decía Alfonso Guerra no tiene sentido, es un señor que no me cae bien. ¿Por qué necesitamos una reforma constitucional? Porque nos la debemos. Porque hay una generación que nació en democracia que no la votó. Han pasado muchas cosas en 40 años. Hagamos de nuevo un gran pacto de convivencia. Apunten: 6 de diciembre de 2018. Ese día votaremos la nueva Constitución. Se la merecen Pablo Iglesias, Ada Colau, Albert Rivera y Pedro Sánchez, que no votaron esa Constitución.