Menú Buscar
Pásate al modo ahorro
La ensayista Caroline Fourest, autora de 'Generación ofendida' / CF

Caroline Fourest: "La lucha por la igualdad no se puede concentrar en las políticas identitarias"

Autora de 'Generación ofendida', Fourest señala que hay "niños bien de la universidad que se creen los más desgraciados del mundo, y hemos dejado de llorar por el crecimiento de la desigualdad"

12 min

Caroline Fourest (Aix-en-Provence, 1975) tiene muy claros algunos principios, que son la base del republicanismo en Francia. Ensayista, activista feminista, es diplomada en Historia y Sociología en el EHESS y en Ciencias Políticas. Fourest considera que la guerra cultural abierta, a partir de las políticas de las identidades, está erosionando a las democracias liberales.

Acaba de publicar Generación ofendida (Península), en la que ataca esa limitación constante a la expresión y al pensamiento, que ha llegado desde Estados Unidos y que amenaza cada vez más a los países europeos. En esta entrevista con Crónica Global, donde colabora periódicamente, Fourest insiste en que la izquierda debe recuperar sus valores universales y su pasión por la igualdad: "La lucha por la igualdad no se puede concentrar en las políticas identitarias".

--Pregunta: La polarización que se ha creado, a partir de las redes sociales, generada por las políticas de la identidad, es enorme en Estados Unidos. En Francia, usted señala que esa ola se resiste mejor. ¿Pero acabará afectando, pese a todo, a Francia y a las democracias liberales?

--Respuesta: El riesgo existe, claro, y por eso he lanzado la alerta a través del libro. Se ha producido una polarización entre una izquierda identitaria y una derecha identitaria, como hemos visto en Estados Unidos. Es el resultado que se vive en sociedades postmodernas que no saben a dónde se dirigen, mediatizadas por las redes sociales. Estados Unidos tiene cinco o diez años de ventaja sobre lo que ocurrirá luego en Europa. Lo que vemos es que la izquierda es más susceptible y defiende categorías más esencialistas, a punto de ser intolerante. Es un mal que viaja por las redes, pero también, y principalmente, por las universidades, desde los centros norteamericanos. Las elites europeas y los profesores europeos lo asumen con especial interés. Y eso supone un gran perjuicio, porque las cosas son muy distintas. Los retos no son los mismos. El supremacismo blanco se puede combatir por su visión simplista, pero en Europa eso puede servir a la extrema derecha.

--Esa polarización sobre la identidad, ¿parte más desde el flanco de la izquierda, porque no ha sabido competir con la derecha en el campo socio-económico y se refugia en esas cuestiones ‘postmaterialistas’?

--Como yo vengo de la lucha feminista, desde la izquierda, puse mucha energía para pelearme con la izquierda marxista, que no consideraba otras cuestiones que las económicas, y que veía cualquier otra cosa como algo propio de la pequeña burguesía. Ahora estoy en el otro lado, porque la lucha por la igualdad no se puede concentrar en las políticas identitarias. Es más global. Porque ocurre que pasa por oprimido alguien que es rico y favorecido. Sólo por el color de piel no puede ser estigmatizado. Es una explicación pobre la que defiende esa izquierda, porque la lucha por la igualdad debe ser multifactorial. En Estados Unidos, niños bien de la universidad, acaban por pensar que son los más desgraciados del mundo, mientras que hemos dejado de llorar por el crecimiento de la desigualdad.

--¿Esa izquierda que defiende las identitades de todo tipo, ¿complican la causa del movimiento feminista?

--El feminismo es una revolución tan poderosa, que lo rompe todo a su paso. Y se crean movimientos de resistencia, que toman diversas formas. Diría que es como el retorno del fanatismo religioso de finales de los ochenta. Es una manera de ir en contra de los avances feministas. Lo protagonizan hombres desposeídos de su poder, que han vuelto a la religión como argamasa para justificar su dominación sobre la mujer. Y tenemos una infiltración del feminismo por un antirracismo identitario que somete la lucha contra el sexismo a la lucha contra el racismo, hasta el punto de que una feminista blanca se puede ver deslegitimada. Es un feminismo de geometría variable. No se concentra en el machismo, si existe o no, sino en la identidad del opresor, si es negro o blanco. Y eso es un factor de división terrible. Es como rasgar en dos el feminismo, entre los partidarios de la identidad, --que lo reducen todo al color de la piel, con una visión binaria, y que por ello se decide quién es opresor u oprimido- y los universalistas que sueñan con un mundo en el que todos podamos combatir la opresión venga de donde venga.

ofendida   1
Portada del libro de Caroline Fourest

--Lo que apunta se ha producido en España, con Vox, que defiende que no hay una violencia de género, a pesar de que son las mujeres las que reciben esa violencia en la inmensa mayoría de casos. ¿Se ha pervertido el propio lenguaje?

--Los que están a favor de la libertad, desde una izquierda liberal identitaria, creen que cualquier minoría es víctima. Y hay una derecha que cree que el único problema viene de otra identidad, pero no guarda relación con el machismo. En Francia, la derecha identitaria sólo se interesa por el ataque feminista cuando lo protagonizan musulmanes, y con ello refuerza su cristianismo. Todo se ha confundido. Porque lo que se debe reivindicar es un universalismo que pueda reunir a gente de buena fe para luchar contra todos los machismos, vengan de donde vengan.

--Lo que propone es una defensa de los valores republicamos. ¿Es posible que resurjan?

--Creo que sigue existiendo una izquierda y una derecha republicanas que se hablan entre ellas, pero que no tienen una traducción política. La izquierda, con Manuel Valls, se identificó con ello. Pero Valls fue muy criticado precisamente por esa defensa republicana. Luego perdió las primarias frente a Hamon, que obtuvo, a su vez, un muy pobre resultado. Macron recuperó parte de esa izquierda, pero hay otra que no encuentra representantes. Hay dos propagandas enfrentadas que influyen en esa falta de unidad: la islamista, procedente de Turquía, y una propaganda de poder blando norteamericana que ve nuestros debates bajo un prisma anglosajón, y que no entiende que defender la laicidad no es ser islamófobo, sino antirracista y a favor de la igualdad. Lo reduce todo a la islamofobia. Y es contribuye a que suba la izquierda y la derecha identitarias.

--Lo que ocurre es que con sociedades cada vez más plurales, defender los valores republicanos será cada vez más arduo. Se podría decir que los nuevos tiempos no favorecen ese laicismo republicano tan característico históricamente de Francia.

--Será difícil si reducimos la laicidad a una especie de neutralidad, pero es un ideal de emancipación colectiva que está perfectamente en la línea de lo que defendemos. La izquierda estaba unida frente a la tiranía de la iglesia católica. Pero se divide con el Islam, porque no diferencia entre Islam e islamismo. Lo quiere tolerar todo por miedo a ser tachada de racista. Creo que existe una izquierda republicana con las ideas muy claras y que va en contra del marketing de las identidades. Todo el mundo parece que tiene derecho a intimidar al otro, y eso es perjudicial: la ira, los excesos, no tienen límites en las redes sociales y las palabras con matices se esconden y eso daña a la democracia.

Fourest2 1
Caroline Fourest, autora de 'Generación ofendida'

--Marine Le Pen, ¿puede hacer peligrar esos valores republicanos si gana las elecciones, o se ha ido acomodando, precisamente, para lograr más apoyos?

--Marine Le Pen, como su padre, no tiene ganas de gobernar. Quiere ser el diablo de la República y puede ser muy oportunista cuando el viento sopla a favor. Lo hicieron los Le Pen con Reagan, cuando estaba de moda el proteccionismo, o aprovechando el miedo al Islam. Lo que ocurre es el que el grado de la conversación pública en Francia es muy elevado y, además, deberá salvar el obstáculo de nuestro payaso oportunista Éric Zemmour, que dividirá sus votos.

--Ha mencionado a Manuel Valls, ¿qué papel le otorga en su vuelta a la política francesa?

--En política uno nunca muere. Ha luchado contra el asalto de la derecha identitaria, porque tenía una política franca y lúcida, y ha pagado un precio muy alto por ello. Pero no se cuál será su futuro político. Los políticos con convicciones fuertes y profundas son necesarios, aunque se equivoquen en sus estrategias. Los prefiero a los payasos populistas que quieren acabar con el país.

--Sin embargo, esos valores republicanos franceses no se han llevado a la práctica. Lo digo en relación a los medios de comunicación. En el mundo anglosajón, en el Reino Unido, por ejemplo, hemos visto a presentadores británicos de origen indio y de otras latitudes mucho antes que en Francia.

--La televisión francesa ahora es más mestiza, pero a diferencia de lo anglosajón, es algo más interiorizado. Es cierto que en el Reino Unido iban más adelantados en esa cuestión, pero invitaba al exotismo. En Francia no se ha querido reducir a los periodistas o comunicadores a su origen. Y eso es lo que me gusta de Francia, un universalismo que niega las discriminaciones. Más mujeres, más personas procedentes de la inmigración, pero no hay que reducirlos a esa característica.

--¿Ve a España sumida también en ese debate sobre la política de la identidad?

--No lo sigo con la atención que merece. Pero tengo la convicción de que ese debate ha sido captado por la cuestión catalana, con una polarización muy fuerte. Y no sé si eso ha escondido la polarización que nos ocupa, sobre las identidades, o la ha substituido.