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Mariano Rajoy no se esperaba que Pedro Sánchez le negara la mayor -la económica- con números.

Ante las elecciones más difíciles

Con una crisis económica severa, unos partidos hasta las cejas de corrupción y el lío catalán, lo extraño no es que el 41% dude de a quién votar, sino que la abstención prevista sea sólo del 25%

7 min

Las elecciones del 20D serán muy difíciles porque el resultado que anuncian las encuestas dejará poco margen para la formación de un Gobierno estable. Pero también lo serán para los ciudadanos. A primeros de noviembre, más de cuatro de cada diez españoles con derecho a voto le dijeron al CIS que no sabían a quién votar en esta singular convocatoria navideña.

Pese a la magnitud del dato, lo realmente sorprendente es que más del 60% de los electores tuviera el voto decidido. Y, más aún, que sólo el 25% se decantara por la abstención.

Lo normal sería que la inmensa mayoría de la población estuviera hecha un auténtico lío, especialmente en lo que se refiere al papel que han jugado los partidos en la crisis económica, la máxima preocupación de los ciudadanos. Porque, a estas alturas, ¿quién sabe a ciencia cierta si la política que ha aplicado el Gobierno es la adecuada?

Los grandes objetivos no se han conseguido

La confusión es enorme. El PP ha luchado, con la complicidad interesada de la Comisión Europea, para difuminar la realidad. Los objetivos no se consiguen: ni en deuda, ni en precios, ni en déficit --ahí Bruselas guarda silencio para favorecer a Mariano Rajoy--, y mucho menos en paro, que apenas desciende.

El empleo nuevo es precario y lleva cotizaciones sociales de derribo, como corresponde a los sueldos. La hucha de las pensiones está a punto de agotarse. Los jóvenes con talento y formación emigran. La banca tuvo que ser rescatada y aún deberá hacer un último proceso de reconversión y concentración.

Objetivamente, sólo Grecia está peor que España, pese a la propaganda oficial. Nadie puede asegurar que con otras medidas estaríamos peor; ni mejor.

El ejemplo de EEUU

La cortina de humo que ha creado el Gobierno en torno a la salida de la crisis ha sido efectiva. La defensa de otras políticas económicas ha muerto, pese a la evidencia del caso de Estados Unidos, quizá porque se dejaron atar a una izquierda griega que finalmente hincó la rodilla y que ha sido utilizada una y otra vez por la derecha para negar la existencia de alternativas.

Es tan obvia la ausencia de esa propuesta discrepante que cuando Pedro Sánchez rebatió punto por punto las afirmaciones económicas de Mariano Rajoy en el debate electoral a dos, el presidente del Gobierno se quedó descolocado y acorralado: no lo tenía previsto. Fue ahí cuando el socialista se vino arriba; tanto, que llegó a insultarle.

También el PSOE

Pero lo cierto es que el PSOE ya había empezado esa política en 2010: congeló las pensiones y modificó la Constitución para poner los intereses de los bancos y los inversores por delante de los derechos y intereses, también legítimos, de los ciudadanos. O sea, que el PSOE hubiera hecho lo mismo de haber seguido en el Gobierno.

En paralelo a la peor crisis que se recuerda, los grandes partidos aparecen corroídos por la corrupción. Es raro el día que no sale una noticia de alguno de los casos abiertos. “Tolerancia cero” es la insultante letanía de todos ellos cuando se les aborda sobre la cuestión.

Ciudadanos y Podemos

Ahí es donde han crecido las dos formaciones emergentes. Ciudadanos, procedente de la lucha contra la inmersión en el catalán. Y Podemos, heredero del movimiento del 15M; de los indignados. La gran incógnita está en saber si podrán ser algo más que un voto de protesta, a la contra. Dos fuerzas emergentes desconocidas y sin experiencia de gobierno, por más que Pablo Iglesias trate de incluir la breve y zigzagueante gestión de Manuela Carmena y Ada Colau en su portfolio.

Su irrupción en el escenario político, con posibilidad de situarse en torno al 20% de los votos, desestabiliza el bipartidismo tradicional y apunta una forma distinta de gobernar. Ideas frescas que se han desdibujado a la misma velocidad que han crecido sus perspectivas electorales, un proceso de abducción que aconseja prudencia.

En Cataluña no es mejor

Desde la perspectiva catalana, el panorama no es mejor. Porque a ese escenario, con un Gobierno autonómico que fue alumno aventajado en la austeridad y los recortes, se añade una estrategia que trata de sacar provecho del contexto de la crisis.

Los nacionalistas, con CDC a la cabeza, iniciaron una política de capitalización del descontento popular que se hizo visible a partir del 11 de septiembre de 2011 y que había ido creciendo conforme los efectos de la recesión fueron más patentes. Se trataba de aprovechar la debilidad del régimen --como en la transición, donde la crisis del petróleo tuvo un peso decisivo-- y forzar un nuevo reparto de cartas.

Inmadurez e incapacidad

La inmadurez estratégica de los protagonistas (no de la idea de la independencia, tan respetable como cualquier otra) se ha puesto de manifiesto tras las autonómicas del 27S. Un partido conservador que pasa de 62 a 50 diputados y luego a 30 en apenas tres años se empeña en mantener un papel hegemónico en su patética negociación con los colectivos antisistema.

¿Con qué ojos pueden mirar quienes creyeron por un momento en el proyecto a unos líderes incapaces de entenderse entre ellos, de formar gobierno o de convocar nuevamente elecciones anticipadas?

Con este panorama, insisto, lo extraño no es que el 41% de los españoles no sepa a quién votar. Lo realmente sorprendente por meritorio es que el 75% esté dispuesto a acudir a las urnas.

Es perfectamente comprensible que la mayor parte de los medios de comunicación, al contrario que han hecho en otras ocasiones, se abstengan ahora de hacer llamamientos a la participación. En este ambiente, podría interpretarse como una toma de partido.