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Cayetana Álvarez de Toledo, cree que Cataluña debe hacer su transición a la democracia

Álvarez de Toledo: "Cataluña tiene que hacer su transición a la democracia"

La portavoz de la Asociación Libres e Iguales considera que el nacionalismo ha ahogado Cataluña, y que debe buscar un camino "hacia la democracia", que de libertad a sus ciudadanos

19.02.2018 00:00 h.
25 min

Cayetana Álvarez de Toledo (Madrid, 1974), exdiputada del PP, vocal del patronato de Faes, y portavoz de la Asociación Libres e Iguales, no se muerde la lengua. Reflexiona y explica con claridad lo que piensa, en un momento muy convulso para su anterior partido, al que considera que "es una estructura hueca". Álvarez de Toledo pide "libertad", y un cambio de mentalidad que haga a los ciudadanos, al margen del territorio en el que vivan, mucho más responsables de sus actos. Tira con bala, señala al nacionalismo como el gran enemigo, y cree que la comunidad "tiene que hacer su transición a la democracia". Lo hace sin inmutarse, consciente de que es una de las nuevas dianas del independentismo. Se acerca a Ciudadanos, como alternativa a su expartido, pero, tras constatar todo lo que debería ocurrir en España, deja una pregunta en el aire, al cuestionar que el partido de Albert Rivera pueda abrazar, realmente, todo lo que ella defiende. En una entrevista con Crónica Global, Cayetana Álvarez de Toledo lo contesta todo, con detalle, sin dudas, con la voluntad de poner en pie un rearme moral para España.

--Pregunta: Ha estado muy activa y pendiente de la situación catalana, con posiciones que abogan por medidas más contundentes. ¿Cómo valora que el Gobierno aplicara el 155?

--Repuesta: El artículo 155 es el último dique del Estado democrático. El Gobierno hizo bien en aplicarlo. El problema es que lo hizo con retraso, cálculo y miedo. Tendría que haberlo aplicado, como tarde, en septiembre, después del pleno del esperpento. Tendría que haberlo aplicado limpiamente: el cóctel de un 155 light y unas elecciones autonómicas ha embarrado el terreno y complicado el trabajo de los jueces: candidatos en prisión provisional, otros en libertad condicional, un aspirante a presidente prófugo... Y, sobre todo, una nueva victoria del separatismo en las urnas. Mejor hubiera sido esperar a que los tribunales dictaran sentencia e inhabilitaran a los responsables del golpe y luego colocar las urnas.

El 155 se debería haber aplicado, como tarde, en septiembre, después del pleno del esperpento

Pero, sobre todo, el Gobierno tendría que haber aplicado el 155 con intensidad y convicción democrática: es decir, con el objetivo de asentar la democracia y la ley. Desde hace décadas esta comunidad sufre un grave déficit democrático. Ha sido un territorio sin ley y un territorio sin ley es un territorio sin libertad. Todavía hoy no se dan las condiciones para una competencia política libre y plural. Me refiero a la contaminación nacionalista del espacio público. TV3 no es una televisión pública, sino una máquina sectaria de destrucción de la discrepancia. El Gobierno no se atrevió a intervenirla. Y menos aún a cerrarla. Se plegó a las exigencias del PSOE sin necesidad. Y se creyó lo que le decían los falsos gurús de Puente Aéreo: «¡Cataluña se va a incendiar!» Lo mismo decían de algo bastante más difícil, la ilegalización de Batasuna, y no pasó nada.

Desde hace décadas Cataluña sufre un grave déficit democrático

Ahora el Gobierno ha dicho que garantizará que la demanda del español en la enseñanza será atendida. Las famosas casillas. Es un paso y aun así limitado. Yo creo que lo que tiene que hacer el Estado es garantizar la oferta de español en la comunidad. Ningún ciudadano debería verse obligado a pedir que su hijo sea escolarizado en español; todos deberían simplemente poder decidir que lo sea porque existe la opción. La carga, sobre el Estado no sobre el ciudadano.

Y un apunte más. Mire lo que está pasando en Baleares. Lo mismo. Españoles discriminados por su lengua. Es una tara antidemocrática y una inmoralidad. No es aceptable que la educación de los niños y la salud de los ancianos se sacrifiquen en el altar de la identidad. El fin de la discriminación lingüística —en esas autonomías, en todo el territorio español— es un objetivo político y moral de primer orden. Y el Estado, los partidos y cualquier persona razonable tiene la obligación de movilizarse para hacerlo realidad.   

--Pero con el bloqueo dentro del campo independentista, ¿considera que el Gobierno debería convocar, de nuevo elecciones, o mantener el 155?

--No veo que unas nuevas elecciones sean la solución. Habría quizá algún movimiento dentro de cada uno de los bloques —nacionalista y constitucionalista— pero dudo que lo haya entre los dos bloques. De forma que nos quedaríamos igual. Podemos preguntarnos a qué se debe. ¿Por qué después de todo lo vivido —la exhibición de las mentiras, la fuga de las empresas, el ridículo internacional— sigue habiendo dos millones de personas que votan separatista? La respuesta, creo, está en el carácter puramente identitario del desafío. Colectivismo y xenofobia. La idea que un individuo tiene sobre su propia identidad y sobre la identidad de los demás no se cambia de la noche a la mañana. Para eso hace falta una intensa labor de pedagogía democrática. Un cambio de «régimen» o un 155 veraz, por así decirlo. Cataluña tiene que hacer su transición a la democracia. La democracia quedó truncada por la sustitución de un nacionalismo, el franquista, por otro, el pujolista. Muchos catalanes no comulgan con los principios de la modernidad política: defienden la tribu, las fronteras y el egoísmo. Son reaccionarios. Están mentalmente en otro siglo. 

La democracia quedó truncada en Cataluña por la sustitución de un nacionalismo, el franquista, por otro, el pujolista

--Usted ha considerado que la prisión para los dirigentes independentistas ha acabado teniendo, o puede tener, un valor pedagógico. ¿Cómo lo explica?

Es evidente. El miedo a ir a la cárcel explica el viraje de muchos de los líderes independentistas. Dos ejemplos. La señora Forcadell: le bastó la visión lejana de unos barrotes para aceptar la aplicación del 155 y renunciar a la vía unilateral. Su sucesor, el señor Torrent: mucha fanfarria retórica, pero al final no permitió la investidura telemática de Puigdemont. O el propio Puigdemont. ¿Por qué no regresa a Barcelona y, a diferencia de Tarradellas, dice esta vez: «Catalans, ja soc aquí»? Por terror a acabar como Junqueras, paseando en círculos en un patio de Estremera. Ese es el valor pedagógico de la cárcel: para los que están dentro, la reinserción; para los que están fuera, la disuasión.

--Han calificado su reflexión de “pura maldad”, por parte de los que apuntalan al soberanismo, como Pilar Rahola. ¿Qué le sugiere?

--¿Nacionalistas hablando de maldad? El nacionalismo es el mal. Ahí está el Siglo XX. Sus millones de víctimas nos contemplan.   

--¿Entiende que puede haber un exceso en las medidas aplicadas por el juez que, en realidad, acaben provocando el efecto contrario y refuercen y cohesionen el independentismo?

Cayetana Álvarez de Toledo, en una imagen de archivo / CG

--No sé a qué medidas se refiere. En todo caso, nunca he compartido la teoría de la acción-reacción. A mi juicio uno de los graves errores españoles ha sido pensar que si el constitucionalismo se inhibía, el nacionalismo también lo haría. O, en otras palabras: si somos blanditos, ellos serán moderados. Para empezar, no es un movimiento reactivo, sino reacción en movimiento. Su naturaleza es reaccionaria y radical. Y cuenta con sus propios mecanismos de alimentación del victimismo. “España nos roba”, por ejemplo. O la última aportación de Antonio Baños sobre el rigor intelectual de los andaluces: pura xenofobia. Y mire la propia génesis y desarrollo del proceso: Zapatero impulsó la reforma del Estatuto Catalán. Rajoy permitió el referéndum del 9-N. Tanta condescendencia, ¿sirvió para algo? La política de apaciguamiento nunca funciona. Al contrario, refuerza la sensación de impunidad del nacionalismo. El apaciguamiento envalentona a los radicales y abandona a los moderados. A los ciudadanos que sí trabajan por la convivencia y cumplen la ley.    

El apaciguamiento envalentona a los radicales y abandona a los moderados

--Entre todas las fuerzas políticas llamadas constitucionalistas se recrudece el debate sobre el final de la política del contentamiento, precisamente, o la necesidad de afrontar una reforma en profundidad de la Constitución. A su juicio, ¿qué opciones se vislumbran para solucionar el problema catalán, si es que entiende que es un problema?

--Todavía hay partidos que creen que el apaciguamiento funciona. El PSOE, por ejemplo. Miquel Iceta pidió indultos para los presos en plena campaña... En el error lleva el castigo. En todo caso, yo no creo que exista un “problema catalán” como tal. Lo que existe es un gravísimo problema de intoxicación nacionalista en un sector importante de la sociedad catalana. Y ese problema no tiene fácil solución. Exige tiempo y una intensa acción democrática. Lo que comentaba antes: combatir las ideas tribalistas y hacer pedagogía de los valores democráticos. Y algo fundamental: tenemos que acabar con la perversa sentimentalización de la política. Porque las políticas basadas en sentimientos siempre abocan al conflicto. Los sentimientos no pactan. Sólo pactan los argumentos y las razones.

Por lo demás, lo que sí tenemos hoy es un “problema español”. En España convergen diversas fuerzas reaccionarias contra el Estado constitucional nacido en 1978. Está el separatismo catalán, claro. Pero también están los nacionalismos vasco y navarro. Y hay fuerzas disgregadoras y reaccionarias en Baleares, Valencia, Galicia y Canarias. Y a todas ellos se suma Podemos, partido retro-comunista y burro de Troya de la democracia. El problema, por tanto, exige una respuesta conjunta. De afirmación de la democracia y los valores constitucionales en el conjunto de España.

Tenemos que acabar con la perversa sentimentalización de la política

--Y si se opta por una reforma constitucional, ¿en qué dirección debería formularse? ¿Federal?

--Más que de reformar la Constitución, yo he sido siempre partidaria de aplicarla. O en su caso de introducir enmiendas, como hacen los americanos, sin ejercicios pirotécnicos adánicos y pueriles. Por ejemplo, suprimiría los derechos históricos, fuente de desigualdad. Y desde luego revisaría el traslado de las competencias de Educación y Sanidad. La clave con la reforma constitucional es tener claro el objetivo. Para mí, sólo hay un objetivo que justificaría una reforma de la Constitución: garantizar, reforzar y blindar la libertad y la igualdad de todos los españoles. Y en ese objetivo convergen los principios y la eficiencia. Fíjese, una vez más lo moral es lo eficaz. De todos modos, me irrita que se imputen a la Constitución defectos que corresponden exclusivamente a los políticos. Los políticos lo hacen para exculparse, claro. Piensan: “Si el problema es el modelo, nosotros quedamos a salvo.” El modelo podría haber funcionado bien si los dos grandes partidos —a nivel estatal y en las comunidades autónomas— hubiesen respetado el pacto básico de la Transición: descentralización a cambio de lealtad. No lo hicieron y así estamos.

En cuanto al debate sobre el federalismo, ojo. El federalismo es el gamusino de la política española. O, como dice Tomás Ramón Fernández, «un espejismo semántico». Un ejemplo de cómo la política pervierte el sentido de las palabras. ¡Y el suyo propio! El federalismo es sinónimo de integración, igualdad y claridad jerárquica. Bien, eso nos gusta. Pero curiosamente los que abrazan el federalismo lo hacen para “integrar el nacionalismo”. Y eso es imposible. Lo explican bien Paco Sosa Wagner y dos aguerridos federalistas, Juanjo Solozábal y Roberto Blanco Valdés: jamás aceptará un modelo federal porque es su antónimo. Cuando el PSOE dice federal lo que en realidad quiere decir es confederal: asimétrico, desigual. Se lo escuché una vez a Rubalcaba: «Defendemos una igualdad que reconozca diferencias que no son desigualdades». Magia potagia. Yo le pregunto a él y a todos los pseudofederalistas: A ver, aclárenme exactamente qué comunidades tendrán la suerte de ver reconocidas esas fantasmagóricas diferencias igualitarias. Y sobre todo cuáles no.   

El modelo podía haber funcionado: descentralización a cambio de lealtad. No se hizo y así estamos

-¿Puede y tiene Faes, en cambio, una propuesta que puedan recoger los partidos sobre este conflicto político abierto?

--La postura de FAES sobre este asunto está recogida en los documentos que la fundación ha ido publicando a lo largo de los años. Merece la pena consultarlos. Hay un notable acierto en el diagnóstico y previsión de lo que iba a ocurrir. Por ejemplo, la idea de que antes se rompería Cataluña que España.

-¿En qué ha fallado el Gobierno del PP desde 2012 con esta cuestión?

--Cometió el grave error de creer que el desafío separatista era un suflé. Se sentó a esperar que se desinflara y aplicó una política de apaciguamiento. Primero el 9-N, luego la Operación Diálogo diseñada por Sáenz de Santamaría y por último la convocatoria precipitada de elecciones para evitar la aplicación a fondo del 155. El resultado han sido el golpe del 1 de octubre y la prolongación del desamparo de los no nacionalistas. Esto último es lo peor que ha ocurrido. El nacionalismo se queja del «anticatalanismo». El verdadero anticatalanismo es el feroz desamparo que, durante 40 años, han sufrido los no nacionalistas catalanes a manos de los distintos gobiernos, partidos y élites del conjunto de España.

El verdadero anticatalanismo es el feroz desamparo que durante 40 años han sufrido los no nacionalistas a manos de las élites de España

--¿Puede el PP afrontar la cuestión catalana y liderar los proyectos de España a corto y medio plazo?

Está ante una grave crisis existencial. Es un partido residual en la comunidad y no tiene un proyecto para España. Y un partido sin proyecto es una estructura hueca, que va haciéndose inútil. En los últimos años el PP ha podido sobrevivir en ausencia de un proyecto gracias a dos bombas de oxígeno: el voto cautivo —la ausencia de alternativa— y el voto del miedo —la amenaza de Podemos. Pero ambos factores están desapareciendo. Se han diluido el voto del miedo y el voto cautivo y está germinando el voto de confianza para Ciudadanos.

--A Convergència le ha ocurrido, con su refundación que ha derivado en el PDeCAT, por los asuntos de corrupción. No levanta cabeza como proyecto autónomo. ¿Necesita el PP una refundación para dejar atrás de forma definitiva los casos de corrupción?

--Una refundación desde luego ayudaría. Y supongo que personas como Nuñez Feijóo están valorando encabezarla. La duda es ya si es demasiado tarde. Porque el proceso que estamos viendo es muy profundo. Se trata de una ruptura afectiva entre el partido y su base sociológica. Y esa ruptura no se produce tanto por la corrupción, como por la desideologización. Lo letal para el PP ha sido el abandono de las ideas y principios que lo definían. Que daban sentido a sus siglas.  

Lo letal para el PP ha sido el abandono de las ideas y principios que lo definían

--¿Ve usted a Ciudadanos con posibilidades reales de sustituir al PP, como si fuera en estos momentos una especie de UCD a la deriva, o es Ciudadanos una UCD con la entrada de militantes y cuadros de distinto origen ideológico?

--Yo creo que Ciudadanos tiene posibilidades reales de sustituir al PP por la base. De hecho, ya está ocurriendo. Se ve en las encuestas. Dicho esto, la política posmoderna es especialmente volátil. Queda mucho tiempo y el calendario electoral no es el más favorable para Ciudadanos. Muchos ex votantes no acaban de fiarse de Ciudadanos. Rivera tendrá que ganárselos. No es una tarea difícil, pero hay que exhibir claridad, autenticidad y firmeza. Evitar las vacilaciones tácticas, la gestualidad hueca y mantener fijo el rumbo sobre dos carriles: libertad e igualdad.

--¿Considera que tiene Albert Rivera un proyecto de largo alcance para España, como lo tuvieron en su día Felipe González y José María Aznar?

--De momento tiene la voluntad de tener un proyecto de largo alcance. Y eso es más de lo que parecen tener hoy el PSOE y el PP.

--¿Y el proyecto de Ciudadanos? ¿Puede gobernar a corto plazo?

--A corto plazo es difícil, por lo que hemos comentado. Pero eso no debe hacer olvidar lo conseguido. Y la extraordinaria visión política del grupo de intelectuales que lo fundó. Ellos dijeron: «Hay hueco para un partido anti-nacionalista». Todo el mundo dijo: «¡Eso es imposible; Cataluña y el nacionalismo son indisociables!» Pero tenían razón. Hoy C’s es el partido más votado en la comunidad. Es impresionante. Y algún día, estoy segura, tendrá la posibilidad de gobernar.

Albert Rivera tiene la voluntad de tener un proyecto de largo alcance y eso es más que lo que parecen tener el PSOE y el PP

--Lo que propone Ciudadanos es una superación del llamado catalanismo político. ¿Cree que el catalanismo, como proyecto político ha muerto definitivamente?

--El catalanismo está destruido. Lo mataron sus propios padres: Pujol, Maragall, Mas y los que vinieron después. En Madrid ahora hay quienes vuelven a caer en la tentación de reconstruir el catalanismo. Como si fuera la única posibilidad real de gobierno. Yo niego la mayor. Yo no creo que Cataluña —ni ningún territorio, región o país del mundo— esté condenada a vivir bajo un rótulo identitario.

--¿Qué puede sustituir a ese catalanismo transversal, al margen de la ola independentista actual?

--El llamado catalanismo transversal se convirtió muy pronto en un nacionalismo transversal. Hay que leer lo que decía Tarradellas de Pujol en 1980. El socialismo bajó la cabeza por primera vez tras el caso Banca Catalana y luego definitivamente bajo Maragall. ¿Qué podría sustituirlo ahora? Yo creo que hay que levantar la vista, y ver lo que está pasando a nuestro alrededor. En Europa. En EEUU. Ahí encontraremos algunas respuestas. Lo que necesita es lo mismo que necesitan el conjunto de España y otros países del mundo. Un proyecto liberal, en el sentido económico, pero sobre todo político. Un proyecto que amplíe los espacios de libertad de los ciudadanos. Que los libere de la carga sentimental, burocrática e inevitablemente conflictiva de las políticas identitarias. Que acabe con el victimismo estéril y que promueva la responsabilidad de las personas en su destino y en el de la comunidad. Que impulse la apertura y con ella la comunicación, el contacto y el mestizaje. Que promueva el conocimiento y la ciencia como bases para la reconstrucción de un suelo político común. Hay que leer lo que Jon Haidt propone para acabar con la polarización en Estados Unidos. O lo que advierte Pinker sobre las políticas identitarias y su incompatibilidad con la convivencia y el progreso. No necesita otro proyecto catalanista abocado al fracaso. Necesita un proyecto para ciudadanos libres, iguales, adultos e ilustrados.

--¿Querría participar directamente en ese proyecto político de Ciudadanos?

¿Es ese el proyecto de Ciudadanos?

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