El buenismo catalán

Xavier Salvador
8 min

A principios de la pasada semana se publicaba un artículo de opinión en La Vanguardia que bajo el título Cataluña, un replanteamiento económico global firmaban Esteve Almirall, Xavier Ferràs, Antoni Garrell y Xavier Marcet. Pensé que por fin alguien se tomaba en serio el principal problema de la región y ponía el foco justo donde conviene: el progresivo hundimiento de la economía catalana y la general devaluación de la comunidad como territorio capaz de generar riqueza y prosperidad.

Lo cierto es que tras la lectura regresó la decepción que se ha instalado en Cataluña en diferentes ámbitos de pensamiento y de orientación ideológica. No había nada nuevo en la especie de decálogo que los autores lanzaban y, más allá de una fe de buenas intenciones, las recomendaciones y propuestas brillaban más por lo que escondían que por aquello que propugnaban. Más innovación, más conexión entre empresa y universidad, orientación social, sostenibilidad, un capote al discutido exconsejero Andreu Mas-Colell y un listado de lugares comunes y tópicos que cualquier economista con un mínimo criterio es capaz de enlazar.

Es una lástima que Cataluña se construya así en las últimas décadas. Con discursos fáciles, incapaces de afrontar los problemas de cara y con la cobardía dialéctica de unos liderazgos tibios que se refugian en el supuesto buenismo catalán. Así ha sido la política de los últimos tiempos (y no parece que será diferente en el futuro inmediato) y así se ha gestionado la economía de la comunidad autónoma: con mediocridad.

El artículo de marras comienza con una declaración de intenciones que marca todo su desarrollo posterior. Constata la pérdida de peso industrial y en materia de innovación de Cataluña, aunque sin datarlo en el tiempo. Los autores, sin embargo, eluden cualquier lectura política de los hechos que han originado esa decadencia. La única, y elíptica referencia, dice así: “Si bien el pasado no lo cambiará nadie, es necesario aprender, o si es necesario desaprender, pero lo mejor es poner los esfuerzos en construir el futuro”. Así, a la catalana, buenismo, cobardía intelectual y sintaxis de programa electoral.

Los firmantes del decálogo de reconstrucción económica catalana son personas en su mayoría vinculadas a ese sector tan moderno y confuso de la innovación. Se acercan desde la universidad, las escuelas de negocios, la empresa o la consultoría. Y en ese entorno se coquetea con un nacionalismo suave, alejado de Waterloo, pero que tiene el romanticismo y la lágrima nacional siempre disponible. No en vano, Garrell, uno de los firmantes, es el gran impulsor del Partido Nacionalista Catalán de Marta Pascal.

Innovación real, de la buena, es lo que hicieron en su día los impulsores de una industria agrolimentaria integral como Vall Companys. También fueron disrruptores los hermanos Lao cuando de los boletos de los bares de Terrassa construyeron la multinacional del juego y del ocio Cirsa y hoy son los propietarios de uno de los mayores family office de España con Nortia. ¿O no es suficientemente innovador lo que edificó Isak Andic de negocio internacional desde un sector textil que en Cataluña estaba a punto de ser enterrado? Ellos, los verdaderos innovadores, tienen una relación desigual con Cataluña. Los Valls Companys y Manuel Lao han domiciliado sus negocios en Madrid, Andic jamás jugó a la catalanidad de su multinacional Mango y así un amplio muestrario de empresas y compañías no cotizadas a las que la situación política (en sus dimensiones tributarias, de marca, de reconocimiento y valoración exterior…) ha influido en la relación con su tierra. Por no hablar, claro, de las que cotizan en la bolsa. Y no es que Jordi Pujol, Macià Alavedra o Antoni Subirà ayudaran en exceso a esos ejemplos de emprendeduría e innovación. Aún recordamos algunos la anécdota de cómo Lao lanzó las llaves de su fábrica a la mesa de un atónito Pujol cuando el Instituto Catalán de Finanzas ponía inconvenientes para financiar al grupo de las máquinas tragaperras.

¿Podemos hoy, pues, pasar de puntillas sobre la dimensión política de la situación económica catalana? Algunos así lo pretenden, aunque acaban haciendo política, de la suya. Me refiero a los articulistas antes referidos y a los que ellos representan: ni una vez sale la palabra España en un artículo que quiere dar diez ideas para refundar la maltrecha situación. Se habla, como no, del déficit de infraestructuras, de los fondos europeos que vendrán, de la necesaria colaboración entre el sector público y el privado y hasta se le da un toque a la corrupción, pero de colaborar con el resto de España (aunque sea una mera lectura de mercado) ni una mención. Ese bicho mejor no mentarlo, que con el Covid-19 ya tenemos suficiente…

Si cuatro personas teóricamente independientes que pueden aportar visión y estrategia para darle un meneo a la economía catalana incurren en esas imperdonables omisiones, ¿qué no harán aquellos fanatizados por el nacionalismo que como el gasolinero que gobierna la Cámara de Comercio de Barcelona piensan que el mercado empieza el Delta del Ebro y acaba en La Jonquera?

Nos esperan malos tiempos para la economía catalana en general y la de Barcelona en particular. Y aunque los buenistas del artículo ladeen la lectura política de las razones últimas solo falta ver cómo el turismo nacional (el que evitará un hundimiento total de la temporada) ha optado de forma masiva por destinos nacionales, pero no catalanes por más campañas institucionales de promoción lanzadas desde la Generalitat. La capital, el motor económico de la región, con una alcaldesa y una parte de su equipo enfrentado a la economía en cualquier expresión que no resulte sectaria y con coletas, tardará años en recuperar el espíritu creativo y abierto que la convirtió décadas atrás en un modelo europeo de ciudad. La marca Barcelona, en definitiva.

El buenismo catalán, que es ese nacionalismo de baja intensidad incapaz de aprender de los errores recientes al que algunos despistados llaman catalanismo, sigue aupando de forma involuntaria o cobarde a los que se dedican al onanismo nacional en forma de independencia o Estado propio. Y queremos mejorar la economía…

Artículos anteriores
¿Quién es... Xavier Salvador?
Xavier Salvador

Pese a nacer en Barcelona en un ya lejano 1965, he acabado siendo un tipo de pueblo. Hoy ejerzo como consejero delegado de CRÓNICA GLOBAL después de haber dado bandazos periodísticos por ahí durante años (El Observador, Diari de Barcelona, El Periódico, Economía Digital...). He escrito dos libros. El más leído, Pujol KO, junto a varios autores. Del otro (El yugo milenario) es del que me siento más orgulloso, pero fue un divertimento intelectual de otro tiempo y otro lugar. Me gustan las personas auténticas, trabajar en equipo, la familia y el buen vino. Bonhomía, digitalización y periodismo en estado puro, vamos.