Menú Buscar

Violencia independentista

Alejandro Tercero
9 min

La violencia mostrada por el independentismo en los últimos días ha sorprendido a algunos constitucionalistas. Articulistas y tertulianos han considerado que las agresiones a policías y guardias civiles que se concentraron el sábado en Barcelona y los ataques a los Mossos d’Esquadra en la contramanifestación del mismo día --aliñados con vivas a la extinta banda terrorista Terra Lliure--, así como el intento de asalto al Parlament de este lunes, son hechos novedosos, una línea roja que se ha cruzado, un cambio de rumbo de los secesionistas.

Se equivocan. Hace tiempo que el independentismo --no todo, por supuesto, pero sí una parte nuclear-- viene dando muestras inapelables de que es violento. Hace tiempo que el huevo de la serpiente eclosionó. Pero los que ahora se asombran prefirieron mirar hacia otro lado, blanquear una amarga realidad, probablemente para no ser acusados de ultras, de fascistas o de anticatalanes, as usual. Creerse la propaganda procesista --"somos un movimiento pacífico: en nuestras manifestaciones se movilizan millones de personas sin que se rompa una papelera”-- o defender que, como mucho, se trataba de casos aislados, era mucho más cómodo.

¿Casos aislados? ¿Cuántos casos aislados son necesarios para que dejen de ser considerados aislados? Creo que vale la pena recordar algunos de esos casos aislados de violencia independentista que han tenido lugar en los últimos tiempos.

El asedio a la Consejería de Economía del 20 de septiembre de 2017 fue uno de los prinicipales hitos del procés. Miles de personas, convocadas por la ANC y Òmnium Cultural, coaccionaron durante horas a una comitiva judicial. Varios vehículos de la Guardia Civil fueron destrozados. La secretaria del juzgado tuvo que huir por la terraza del edificio. Y, de madrugada, los Mossos d’Esquadra tuvieron que cargar contra los manifestantes que se negaban a hacer un pasillo para poder evacuar a los agentes de la Guardia Civil, mientras les tiraban todo tipo de objetos.

Durante el referéndum ilegal del 1-O la supuesta resistencia pacífica no fue tal. Buena parte de los activistas que trataron de evitar la actuación de la Policía Nacional y la Guardia Civil --que cumplían un mandato judicial, no lo olvidemos-- no fueron precisamente hermanitas de la caridad. Hubo 431 agentes heridos de diferente consideración, 111 de ellos por contusiones, y diez tuvieron que coger la baja.

Pese a que TV3 no lo recoge en su evocación casi diaria del 1-O que realiza a través de sus informativos, no está de más destacar algunos ataques de los independentistas pacíficos. Por ejemplo, el policía derribado de un sillazo en Sant Joan de Vilatorrada (Barcelona) entre aplausos de los independentistas allí presentes; el agente pateado en la cabeza en Sant Esteve de Sesrovires (Barcelona) entre gritos de “venga”; la lluvia de pedradas lanzadas por una turba de radicales a un grupo de guardias civiles que tuvo que huir despavorido en sus vehículos oficiales en Sant Carles de la Ràpita (Tarragona) o las agresiones y lanzamiento de vallas a los antidisturbios por parte de Roger Español --el activista que perdió un ojo por una bola de goma-- en los alrededores de la escuela Ramon Llull de Barcelona. Los posteriores escraches tumultuosos a los que fueron sometidos los policías en diversos hoteles son insólitos en cualquier democracia occidental. Al igual que el acoso a los hosteleros que acogieron a policías.

Las huelgas políticas convocadas por la principales entidades independentistas bajo la denominación de “paro de país” el 3 de octubre y el 8 de noviembre de 2017 tampoco fueron precisamente pacíficas. Los cortes de carreteras y vías de tren por la fuerza fueron un buen ejemplo de ello. Como también lo fueron los altercados junto al Parlament del 30 enero de 2018 con motivo del intento de investidura de Puigdemont.

No está de más recuperar los disturbios generados por las hordas independentistas descontroladas tras conocerse la detención de Carles Puigdemont en Alemania el 25 de marzo pasado. En los alrededores de la Delegación del Gobierno de Barcelona los violentos lanzaron todo tipo de objetos --incluidos contenedores--, rompieron el cordón policial e hirieron a 23 Mossos. En Girona, la muchedumbre tomó a la fuerza la Delegación del Gobierno. Mientras que en Lleida, los antidisturbios de la policía autonómica, a los que lanzaron desde huevos a latas, tuvieron que defenderse de los asaltantes disparando al aire.

Por otra parte, en los últimos años las amenazas y los ataques de grupos independentistas a sedes de partidos constitucionalistas --e incluso a miembros del Gobierno-- se han intensificado, los atentados contra Cs, PP y PSC se contabilizan por decenas. Para los naranjas, realizar actos en algunas zonas de Cataluña es casi una actividad heroica.

La redacción de nuestro medio, Crónica Global, también sufrió la kale borroka nacionalista el 25 de enero pasado. Pese a que fue reivindicado por Arran --los cachorros de la CUP--, el ataque ha quedado impune.

Incluso las comisarías y casas cuartel han sufrido coacciones y ataques por parte de los radicales independentistas. La Guardia Civil recibió más de un centenar de escraches únicamente en los meses finales del año pasado.

El 7 de junio, un grupo de extremistas independentistas --liderados por el exfundador de la banda terrorista Terra Lliure Frederic Benanachs-- reventó por la fuerza un acto de Societat Civil Catalana (SCC) sobre Cervantes en la Universidad de Barcelona. Los asistentes se vieron obligados a atrincherarse en el aula magna para protegerse de los violentos ante la pasividad del rectorado.

En la UAB --donde ahorcan muñecos vestidos de guardias civiles con el mensaje “pim pam pum que no quede ni uno”--, la agrupación universitaria de SCC ha sido víctima de varias agresiones de grupos nacionalistas por el simple hecho de instalar casetas informativas, como el resto de entidades. Un acoso que se remonta ya a varios años.

Retirar lazos amarillos del espacio público se ha convertido en una actividad de riesgo en Cataluña. Hacerlo te convierte en el blanco de los radicales y es fácil ser agredido o recibir amenazas por ello.

Significarse en contra de la secesión tiene un coste en Cataluña. Que se lo pregunten a Boadella o al restaurador de Blanes que levantó su voz contra los lazos amarillos.

Formar parte de la plataforma Barcelona con la Selección tampoco es gratis. Miembros de la entidad han recibido agresiones, amenazas, intimidaciones y coacciones únicamente por reivindicar la presencia de la selección nacional española de fútbol en la ciudad. El último episodio se ha producido hace solo unos días.

El acoso a los jueces en Cataluña también es computable en la larga lista de acciones violentas del independentismo. Al juez del Tribunal Supremo Pablo Llarena --encargado de la instrucción del procés-- y a su esposa --también magistrada y residente en Cataluña-- les han hecho la vida imposible. Los CDR realizaron pintadas amenazadoras junto a su residencia de la Cerdanya, difundieron datos personales suyos en las redes y le hicieron un escrache durante una cena en Girona.

Algo parecido le sucedió al juez Ramírez Sunyer, que investiga el 1-O, que fue víctima de una campaña de hostigamiento independentista en toda regla --con pintadas y amenazas-- hasta el punto que perdió su casa de alquiler en la Costa Brava. Como también lo fue la ex fiscal jefe de Barcelona Ana Magaldi, a la que incluso allanaron su casa en varias ocasiones.

Así las cosas, sorprenderse ahora de la violencia del nacionalismo y del independentismo catalán me parece una muestra de cinismo indignante.

Artículos anteriores
¿Quién es... Alejandro Tercero?
Alejandro Tercero

Es licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad de Barcelona (UB) y Agente de la Propiedad Inmobiliaria (API). Ha realizado estudios de Periodismo Digital en la UOC. Ha desarrollado su labor profesional en el ámbito del periodismo político y de la comunicación empresarial. Dirigió el digital La Voz de Barcelona -diario del que fue cofundador en 2008- hasta su fusión con Crónica Global, en 2013. Ha presentado y dirigido el programa 'Voces', en Radio Intereconomía Cataluña. Ha participado o participa en tertulias sobre actualidad política en TV3, Catalunya Ràdio, RNE-Radio 4, TVE-Cataluña, RAC1, BTV, Televisió Badalona, Radio Intereconomía Cataluña, Canal Català TV y Cuatro. Es coautor del libro 'Cataluña. El mito de la secesión'.