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A Torra no le queda nada, solo el sueldo

María Jesús Cañizares
5 min

Quim Torra es un malabarista con más bolas que habilidades. Aprendió bien el discurso del agravio, el del enemigo exterior, tan socorrido para todo nacionalista que se precie. No tanto el de gestor, pues tuvo como referente a alguien tan poco dotado para gobernar como Carles Puigdemont. Sobre sus habilidades para hacer equilibrios partidistas, sabemos de su nulo papel en la guerra interna neoconvergente, pues ha limitado a ejecutar una remodelación de gobierno a la medida del de Waterloo.

Torra ha practicado el funambulismo en una presidencia de la Generalitat ilegítima, pues como siempre han insistido desde Junts per Catalunya, es Puigdemont quien tenía que haber ocupado ese cargo. De ahí, que, como decía ayer la líder los comunes en el Parlament, Jessica Albiach en el Debate de Política General que se celebra en el Parlament, esta legislatura ha estado cargada de simbolismo y retórica vacía.

Una manera como otra cualquiera de alargar el procés y evitar ese momento de la verdad, el de admitir que el desafío independentista de 2017 fue una farsa. Hasta que llegó la pandemia. Y con ella, cayeron al suelo todas las bolas que manejaba Torra. La peor crisis sanitaria vividas hasta el momento puso al Govern ante el espejo, evidenciando, y de qué manera, los límites de esa farsa secesionista. Esto es, el gran embuste sobre la capacidad de un gobierno autonómico de enfrentarse en solitario al letal coronavirus.

De ahí que, ayer, Torra dirigiera a los catalanes un triste discurso sobre una gestión que no fue y unas elecciones que tampoco se ven en el horizonte. El presidente catalán, cuya única salida digna es pasar de Puigdemont y convocar a las urnas, nunca estuvo tan solo. Ni ERC, ni los comunes… ni siquiera la CUP, que ya pide pasar página aunque por motivos diferentes, expresaron una mínima complicidad a quien hoy acude al Tribunal Supremo para afrontar los prolegómenos de su previsible inhabilitación definitiva.

A Torra ya no le queda nada que hacer en su cargo presidencial. No será él quien lidere la etapa post-Covid. Solo le queda el sueldo que le corresponda como expresidente. Circunstancia que recuerda aquella comentario que Leopoldo de Bélgica le hizo a Guillermo II de Alemania: “A los reyes ya no nos queda realmente nada, excepto el dinero”.

Si cuestionable es una monarquía hereditaria bajo sospecha por los negocios oscuros del Rey emérito, igualmente criticable es la elección a dedo de los dos últimos presidentes de la Generalitat que nos ha tocado soportar, herederos de una CDC corrupta que todavía no han pedido perdón por el caso 3%. No nos engañemos, los catalanes votan al cabeza de lista, no a quien es ungido presidente por imperativo de la CUP (Puigdemont) o como consecuencia de un desafío al Estado de Derecho (Torra, a mitad de mandato, tras la fuga de su predecesor). Sobre liturgias varias, sirva de ejemplo aquella presentación del Consejo de la República en el Salón Sant Jordi del Palau de la Generalitat en octubre de 2018, in absentia de Puigdemont, homenajeado con honores de Estado.

A punto de cumplirse dos años de aquella puesta de largo, aquel chiringuito procesista se desmorona, pero todavía hay quien piensa en “parlamentos paralelos” que legitimen ese gobierno en la sombra con sede en Waterloo. Mientras, la Cataluña real asiste a la degradación de sus propias instituciones, las legítimas, las que son financiadas con 40.000 millones de euros, un presupuesto que para sí quisieran otras comunidades autónomas, pero que se van por el agujero negro de las estructuras de estado, “embajadas” en las antípodas y sueldazos que ningún alto cargo quiere soltar. Torra parece que tampoco.

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¿Quién es... María Jesús Cañizares?
María Jesús Cañizares

Periodista. Es subdirectora de Política de Crónica Global. Es licenciada en Ciencias de la Información por la UAB y ha cursado estudios de Derecho. A lo largo de su carrera se ha especializado en información política y del ámbito judicial.