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El santo de todos los catalanes

Xavier Salvador
6 min

En el calendario de liturgias de la Iglesia Católica hoy se conmemora el Día de los Santos Inocentes. La celebración nace de los pasajes bíblicos, en especial de aquel en el que el rey Herodes ordenó la matanza de todos los niños de Belén y sus alrededores para acabar también con la vida del Mesías, que acababa de nacer y hacía peligrar su poltrona como rey. Los niños inocentes que fueron sacrificados en la fábula evangélica dieron lugar a esta onomástica que ha tenido diferentes expresiones a lo largo de la historia.

Durante la edad media, los monaguillos conmemoraban la festividad con diferentes diversiones y bromas. Elegían incluso un pequeño obispo y un pequeño predicador con el que fanfarroneaban sobre la jerarquía eclesiástica. Entonces, en vez del 28 de diciembre, la jornada de los inocentes era el 26 del mismo mes. En otros países, como Francia, la fecha se trasladó al 1 de abril cuando se adoptó el calendario gregoriano.

Los Santos Inocentes son también una extraordinaria novela de Miguel Delibes, que en 1981 recreó con maestría los latifundios extremeños y la división social existente en la España de los años 60. La obra literaria se hizo popular unos años después, cuando Mario Camus la llevó al cine en 1984 convirtiendo aquella historia en una cinta de culto excelentemente protagonizada, entre otros, por unos sembrados Alfredo Landa y Francisco Rabal.

Las bromas y chanzas propias del 28 de diciembre han pasado a mejor vida en los últimos años, sobre todo cuando los medios de comunicación dejamos de contribuir en nuestras portadas. Hoy resultaría difícil distinguir una noticia del día de los inocentes de una fake news cualquiera. Y las llufes (era el nombre con el que en algunas zonas de Cataluña se denominaban a espíritus de aire o viento similares a los duendes) recortadas en papel que se colgaban en la espalda de transeúntes y compañeros de trabajo han desaparecido desde hace décadas.

Sin embargo, los catalanes deberíamos plantearnos modificar la festividad nacional y traspasarla del 11 de septiembre al 28 de diciembre. La Diada ha quedado desgastada por el uso indebido y parcial que han realizado los nacionalistas durante todo el procés. Ya no es una festividad inclusiva, sino divisoria. La senyera, la bandera de todos los catalanes, es la Milana bonita de la obra de Delibes asesinada por una estelada clasista y xenófoba. Intentar el cambio de fecha tiene todo el sentido del mundo. Veamos.

El sentido de inocentes es aplicable para todos aquellos ciudadanos de Cataluña que creyeron en unos líderes que predicaron con vehemencia y profusión de medios el advenimiento de un nuevo tiempo en forma de estado propio. Las ventajas que emanaban de aquellas promesas (más allá del helado de postre) calaron en capas de población políticamente cándidas hasta convertirlas en firmes defensoras de una fe política que acabó estrellada contra la realidad.

También se puede aplicar otra acepción de la inocencia para aquellos catalanes que de forma pasiva soportaron las veleidades separatistas de una parte de la población y de sus dirigentes. Salvo algunos silencios cómplices, no tienen responsabilidad alguna de la salida en estampida de las sedes sociales de muchas empresas, del traslado de profesionales y de la inestabilidad jurídica que se apoderó de un territorio siempre reconocido por su sentido común. Esos catalanes no son culpables de las derivadas económicas, sociales y políticas que el desbarre de unos pocos líderes enfervorizados ha supuesto para el conjunto de la población.

Es más, muchos de los votantes independentistas son también inocentes de su elección. Llegaron hasta las urnas engañados por unos cabecillas irresponsables. Depositaron su voto enfervorizados por los agitadores que durante unos años tomaron las riendas de la política y las instituciones de la sociedad civil catalana. No solo son inocentes, sino que son auténticos santos por soportar con grandes dosis de estoicismo los resultados de una fractura que tardará tiempo en cicatrizar.

Son suficientes argumentos para que hoy los catalanes podamos felicitarnos. Es nuestro día festivo de verdad. El de los inocentes y el de algunos santurrones que equivocaron el camino de la beatificación y la gloria. Ellos sí que son los principales merecedores de una llufa monumental. Si no tienen posibilidad de colgarla hoy en sus espaldas, esperen al 14F. La oportunidad la pintan calva.

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¿Quién es... Xavier Salvador?
Xavier Salvador

Pese a nacer en Barcelona en un ya lejano 1965, he acabado siendo un tipo de pueblo. Hoy ejerzo como consejero delegado de CRÓNICA GLOBAL después de haber dado bandazos periodísticos por ahí durante años (El Observador, Diari de Barcelona, El Periódico, Economía Digital...). He escrito dos libros. El más leído, Pujol KO, junto a varios autores. Del otro (El yugo milenario) es del que me siento más orgulloso, pero fue un divertimento intelectual de otro tiempo y otro lugar. Me gustan las personas auténticas, trabajar en equipo, la familia y el buen vino. Bonhomía, digitalización y periodismo en estado puro, vamos.