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El “objetivo” de la pandemia

Gerard Mateo
5 min

Una de las intervenciones de la última comparecencia de Pedro Sánchez en el Congreso dejó un mensaje inquietante sobre la pandemia: “Tiene como efecto acelerar cambios que ya se estaban poniendo en marcha desde hace años”. Eso es lo que dijo, porque el discurso original, al parecer y según publicaron algunos medios, hablaba de “objetivo” en lugar de “efecto”. Si es que por la boca muere el pez. Se refería el presidente a novedades en la producción y consumo para preservar el medioambiente, a la digitalización, a formas de gobernanza mundial y al teletrabajo.

Todas ellas dan para escribir páginas completas, pero me gustaría centrarme en esta última, el teletrabajo. “Ha venido para quedarse”, ha dicho estos días la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz. Ya trabaja en su regulación. Porque no es lo mismo teletrabajar que trabajar desde casa --que es lo que ocurre ahora--, aunque se parezcan. El teletrabajo tiene que ir más allá de fijar una hora de entrada y otra de salida; debe profundizar en los objetivos y en la productividad --en los empleos que sea posible aplicarlo, claro--. Debe dar más libertad al trabajador y que ello repercuta de modo positivo en la empresa.

Bien aplicado, el teletrabajo tiene cosas muy buenas, eso parece evidente. Permite trabajar desde cualquier lugar con conexión a internet (en la práctica, desde cualquier lugar); evita enfados matutinos por el tráfico o las aglomeraciones en el metro; ahorra dos horas al trabajador (una de ida y otra, de vuelta a su puesto), que puede dedicar a otras cosas, como la familia y los amigos, ahora tan difíciles de disfrutar. A fin de cuentas, la teoría dice que da mayor libertad: lo agradece el empleado y lo agradece el medio ambiente, con una caída de la contaminación por el menor número de desplazamientos.

¿Quién pierde? A bote pronto, las empresas de transporte, la industria de la automoción y el sector petrolífero (la pandemia puede “acelerar” la apuesta por las energías renovables de una vez, porque es un pecado que en un país como España no se estén utilizando). También la restauración, que a priori perdería clientela. Y la moda: si no hay que salir de casa, o hay que hacerlo mucho menos, las ventas se hundirán. Tal vez es la hora de recuperar la ropa de calidad, hecha a medida y para toda la vida. La artesanía en general. ¿Y qué hacemos con los miles de oficinas que quedarían vacías? Una opción es convertirlas en viviendas, aumentar así la oferta y bajar los alquileres.

Mal aplicado, sin embargo, el teletrabajo se puede convertir en una tortura. Tener una rutina es necesario, pero si esta nueva manera de trabajar no acepta una cierta flexibilidad, puede provocar nuevos problemas, como jornadas interminables, porque uno nunca verá la hora de levantarse de la mesa; siempre hay cosas que hacer. Ello, sumado a estar encerrado en un piso minúsculo o en una habitación sin apenas contacto humano, es delicado para la salud mental, y también física, porque aumenta el riesgo de sedentarismo.

La teoría es muy bonita; la práctica, ya se verá. Solo pienso en que el teletrabajo deben regularlo unos políticos que ya no solo se han mostrado incapaces de gestionar esta crisis sanitaria (y económica y social), sino que han demostrado que las ideologías están por encima del bien común. ¿Tendrán un plan también para los sectores afectados por esta nueva forma de producir? Veremos cómo queda eso de trabajar desde la playa.

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¿Quién es... Gerard Mateo?
Gerard Mateo

Gerard Mateo (Barcelona, 1990). Periodista. Buscando explicación a todo.