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Facebook ha intentado zanjar esta semana su mayor crisis reputacional con un truco más viejo que ir a pie. La firma ha anunciado que su matriz pasará a llamarse Meta y que los distintos servicios del grupo, empezando por la red social que cambió nuestra forma de comunicarnos, conservarán sus distintas denominaciones. Mark Zuckerberg, el emprendedor que hace 17 años se quedó con la compañía, alega que se ha copiado la estrategia de Google con Alphabet porque avanzamos de forma imparable hacia la interacción por metaversos (algo parecido a los hologramas en tres dimensiones) y que ellos llevan la delantera. “Con el tiempo, no se necesitará Facebook para utilizar nuestros otros servicios”, detalló en la charla inaugural del evento anual de la organización, la Facebook Connect.

Más allá de romper otra barrera de la ciencia ficción, lo que esconde en parte este giro en el guion corporativo es un intento de superar las prácticas menos bonitas del gigante tecnológico. No ya solo que opere como un monopolio, cuestión a la que nadie puede ser ajeno, sino el hecho de que se haya filtrado que sus máximos directivos han sido plenamente conscientes de que los algoritmos que usan todas sus redes sociales no buscan precisamente la protección de los usuarios. De hecho, son muy débiles a la hora de filtrar (y bloquear) manipulaciones y mensajes que pueden ser perjudiciales para ellos. Sí que son buenos para el negocio de la compañía, su rol principal.

No es la primera ocasión en que un gigante del sector está en el ojo del huracán por este tipo de comportamientos. De hecho, la propia Facebook ya vivió una situación parecida por la divulgación que hizo de mensajes populistas que han lanzado las formaciones de ultraderecha en casi la totalidad del territorio occidental. Especialmente tras la victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses de 2016 al calor del escándalo de Cambridge Analytica. Sí que surge en un momento en el que la contestación ciudadana es mayor y en el que la judicialización del caso implica confesiones frontales de antiguos trabajadores.

Los avances tecnológicos prometieron llevarnos a una sociedad más justa y con menos diferencias sociales. Por ahora, esto es una quimera. La brecha digital es más evidente que nunca tras la pandemia y, tal y como indica el venture builder manager de la Mobile World Capital Barcelona Pol Hortal en la entrevista que publicamos hoy, el desarrollo tecnológico sucede a mucha más velocidad que el de la regulación o, incluso, los debates éticos para fomentar buenas prácticas. Y ahora esta innovación ha entrado en campos tan sensibles como la inteligencia artificial o la genómica, entre otros.

El ejecutivo define de forma clara que, por ahora, son los intereses económicos de las compañías las que están en el centro y no los del ciudadano. No es un mal único de las tecnológicas, ocurre con el resto de cotizadas. Quizá con este tipo de empresas la prevención sea mayor porque los cambios sociales que generan son más profundos. Además, llegan en un momento en el que proliferan las cautelas sobre lo que comemos, en cómo se producen las ropas que vestimos y en si nuestro consumo deja o no huella ecológica en el mundo desarrollado. Incluso entre las élites se impone el consumo de lo verde y lo sostenible.

El nicho de negocio ya se ha identificado. Es bueno si ello nos lleva a ser más respetuosos con nuestro entorno, pero también conlleva grandes dosis de postureo y falsedades. No son tan distintas las élites ecochic de las que mantienen un sistema anacrónico, por ejemplo, en los mercados de valores. Ese que obliga a las cotizadas a dar cuenta de sus resultados cada tres meses y que confunde fiscalización del buen gobierno con presentar cada vez más y mejores beneficios sin importar a costa de qué.

Lo peor es que cualquier debate para implementar mejoras se ha mantenido alejado del pragmatismo y lo han tomado, de nuevo, los populismos. Mientras, personajes como Elon Musk han conseguido amasar una fortuna de 300.000 millones de dólares que equivale a la mitad de la capitalización del Ibex35. ¿Es posible que el mundo avance hacia una mayor igualdad y equidad con todo este montante de dinero apalancado en las finanzas de un solo individuo?

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¿Quién es... Cristina Farrés?
cristina farrés autores peque

Periodista. Especialista en economía. Directora de Crónica Global desde el 1 de enero de 2020.