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El sentimentalismo, ¿para qué sirve?

Manel Manchón
5 min

Las emociones deberían dejarse en un cajón amplio y oscuro cuando se trata de analizar todo lo que ocurre a nuestro alrededor. También se deberían despojar de las emociones y de esa sentimentalidad tan propia de los catalanes los dirigentes políticos. Porque, de hecho, no sirve para nada. Sólo ha empeorado las cosas y ha conducido a la sociedad catalana hacia una decadencia suave y, por ahora llevadera, pero constante y fatal a medio plazo.

Algunos políticos sostenían hace unos años que la política precisaba de épica, de elementos emotivos que llevaran a la cohesión social. Lo defendía Josep Lluís Carod-Rovira en su crítica al laconismo del presidente José Montilla, que no tenía, a su juicio, ni carisma ni un proyecto que pudiera tocar la fibra. Más tarde, el exdirigente de ERC ha criticado al movimiento independentista por todo lo contrario, al señalar que el independentismo mayoritario no era político, sino que se basaba en las emociones. ¿En qué quedamos? Lo que pedía Carod-Rovira es estrategia y un proyecto sólido para que la independencia pudiera ser, realmente, un hecho tangible a medio o largo plazo. Pero él ha sido uno de los que más ha alentado esa sentimentalidad adolescente.

Es cierto que nada se moviliza sin atender a las emociones, al sentimentalismo por algo que fue, o se cree que fue, y que debería ser de nuevo. Y nada hay más alejado de una política seria, precisamente, que el comportamiento que ha seguido el independentismo desde hace ya 10 años, con aquella manifestación en protesta por la sentencia del Estatut de julio de 2010.

Esa conexión con lo emocional se comprueba ahora con el caso de Messi. No hay interés en defender lo institucional, que es siempre lo que se debería apoyar; no se quiere atender el peso de la reivindicación económica ni el egoísmo de los jugadores de fútbol, que no saben que el negocio, tal y como se ha planteado desde hace unos años, no aguantará mucho más.

Se ha comprobado también ese peso fatal durante todo el verano, con un Govern de la Generalitat incapaz de saber qué es la gestión, con un presidente inútil, como Quim Torra, ante las demandas de una sociedad --también con muchas responsabilidades que no atiende-- que comienza a pedir cuestiones básicas: un funcionamiento razonable de sus instituciones y de los servicios públicos.

Sin embargo, las reacciones siempre son las mismas: la apelación a lo sentimental, al ataque que recibe la tribu desde el exterior; a la vejación que se sufre porque los recursos públicos y las grandes inversiones se concentran en la capital del Reino de España.

La realidad, en todo caso, es tozuda, y obliga a una profunda reflexión para los próximos años, con el objetivo de que Cataluña detenga su progresiva decadencia, que se ilustra ahora con la situación de su principal club de fútbol, el Barça. Las emociones se deben reservar para nuestros asuntos privados y, siempre, en pequeñas dosis. No conducen a nada y, de forma especial, cuando se trata de la gestión de lo público.

La pandemia del Covid-19 ha despertado muchas cosas en las sociedades occidentales y, tal vez, la más importante sea la de que es necesario un poder público que se limite a garantizar nuestro funcionamiento más básico, como que se pueda iniciar el curso escolar con cierta normalidad. La fiesta y la alegría por cualquier cosa ya nos la reservamos en casa, y siempre de forma moderada.

Es la hora de abandonar todo lo accesorio, y lo sentimental lo es. Ni lloros por un jugador de fútbol, sea quien sea, ni lamentaciones patrióticas por algo que ha sido siempre una construcción política: sea Cataluña o el Reino Unido.

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¿Quién es... Manel Manchón?
Manel Manchón

Periodista barcelonés, especializado en política y economía