Jaume Roures, Juan Rosell y el oscuro objeto del deseo: el Barça

Xavier Salvador
12 min

Al FC Barcelona aún le quedan unos años, hasta 2021, para llamar a sus socios a comparecer ante las urnas y renovar los órganos de gobierno. Josep Maria Bartomeu y su equipo viven ese tiempo con una cierta intranquilidad. La razón estriba en que, aunque el tiempo que falta es largo, el camino para llegar será complejo. Es más, existe quien sostiene que Bartu no podrá finalizar su mandato. Aquellos que intentan despojarle de la presidencia de la junta directiva harán todo lo posible para forzar o unas elecciones anticipadas o una dimisión forzada.

Curiosamente, al Barça no le va mal. En un negocio que depende de que un balón cruce una línea blanca de cal todo es relativo, pero lo cierto es que el producto (los resultados deportivos estrictamente futbolísticos) resisten de manera aceptable. La parte, llamémosle corporativa, de la entidad también marcha sin problemas. O, dicho de otra manera: el club gana dinero, tiene proyectos, planea su futuro y parece situarse en una posición para resistir unos tiempos en los que el capitalismo más salvaje se apodera del negocio deportivo o estrictamente futbolístico.

Si esa es la situación de partida, ¿por qué existe tanto interés en derrocar a Bartomeu de su cargo y traspasar el poder de la jefatura culé a otras esferas? En esencia, hay varias razones. La primera es que el actual presidente del club blaugrana ha impedido que el nacionalismo, en concreto el movimiento independentista, tomara el control de la entidad para ponerla al servicio de sus intereses. El soberanismo sabe que sólo con la sociedad civil a su favor y bajo control puede manejar su famoso proceso con solvencia. De ahí que haya intentado apropiarse de entidades asociativas de todo tipo y que sólo se le resistan las patronales y el Barça. La segunda es que el Barça es un fabuloso negocio y una mejor plataforma para ejercer cualquier tipo de poder, sea económico o político con la ciudad de Barcelona como base.

No es que hayan inventado nada. Saben que Florentino Pérez, el líder del eterno rival madrileño, ha conseguido convertir su palco en la mejor red de relaciones sociales e institucionales de España. Y el Barça, como elemento de interés, no le anda a la zaga, o incluso le supera en el plano internacional. Por eso todos aquellos que tienen inquietud por vivir en los entornos del poder saben que la presidencia del club es un inmejorable lugar desde el cual dar, conceder, restar o sumar prebendas de cualquier signo.

En ese marco es donde se concentran los intereses de dos hombres de diferente signo y adscripción política, Jaume Roures y Juan Rosell. Son los dos que de una u otra forma aspiran a tomar el control del club. No son los únicos, hay más. Dos independentistas de diferentes familias aguardan en la retaguardia para tomar las riendas del Barça a partir del momento en que Bartu pierda el bastón de mando. Son Víctor Font y el sempiterno y agotador (y agotado) Joan Laporta.

A Bartomeu se le recrimina desde el constitucionalismo que haya sido tibio. Que algunos aspectos como la camiseta, la visita que realizó a los políticos presos o el minuto 17:14 sirva al secesionismo para reivindicarse. Su reivindicación de esa falsa democracia que se encierra sobre el derecho a autodeterminación, fruto de no pocos equilibrios en el seno de su junta directiva, es vista desde Madrid o desde el unionismo más severo como una debilidad que facilita la existencia al independentismo. Bartomeu tiene suficiente demoscopia para dirimir una cuestión capital: el socio del Barça es más independentista que su masa social, en la que sería mayoritaria la posición constitucionalista. Ante una moción de censura o cualquier otro instrumento propio del aparato de autoridad blaugrana podría tener dificultades y opta, discutiblemente o no, por no jugar con el riesgo que supone que los socios soberanistas que votan puedan descabalgarle de la presidencia aprovechando cualquier tropiezo deportivo o de índole política.

Jaume Roures no quiere ser presidente de nada. Es siempre el hombre que vive en las sombras. Para ello ya tiene a su socio Tatxo Benet o al propio Víctor Font como arietes con los que dar la cara ante la masa. Él prefiere diseñar las estrategias del entrismo troskista desde los pasillos y los despachos, aunque deba financiar cualquiera de las aventuras que se acometan en el futuro inmediato. ¿Qué provecho puede sacar el dueño de Mediapro y de Público de esas gestiones? En primer lugar, controlar los derechos televisivos del club y todos los contratos que la entidad establece con los nuevos carriers de contenidos. A principios de 2015, Sandro Rosell, Javier Faus y Josep Maria Bartomeu, el equipo directivo de aquel momento, decidieron que los derechos televisivos del Barça serían para Movistar y no para la Mediapro de Roures. Era un contrato próximo a los 200 millones de euros y aquello sentó fatal al amigo de Pablo Iglesias y Oriol Junqueras. Es más, hasta la conectividad de internet le fue hurtada a su grupo de empresas. Roures, con unas demandas cruzadas con el Barça por espionaje, lloraba por las esquinas de su sede social y juró venganza contra la generación del powerpoint, que acababa de expulsarlo del meollo de la cuestión.

Su interés por comprar el Grupo Zeta no es ajeno a su voluntad de mandar sobre el Barça. Dos de los productos de Antonio Asensio, El Periódico de Catalunya y Sport, son dos medios con elevada capacidad de conformar opinión pública en torno al club de Les Corts. Si los adquiriera algún día dispondría de plataformas privilegiadas para incidir en las elecciones a la presidencia, así como en los negocios que emanan de la actividad ordinaria del club. Sus amigos son múltiples: desde Pep Guardiola y su hermano a algunos de los que han ido dejando la institución y se sienten agraviados por los actuales dirigentes: Xavi Hernández, Ferran Soriano, Txiki Beguiristain, Carles Puyol, Manel Estiarte…

Juan Rosell lo tiene peor. Es un culé indiscutible, de los que puede pintarse la cara junto a sus hijos en un partido trascendental. Pero todo su currículum puede resultar insuficiente a la hora de tejer una red de complicidades suficientes para disputar la presidencia. La primera resistencia que deberá vencer es la de Isidro Fainé, presidente de La Caixa, la fundación propietaria del banco que lleva su nombre y del holding de participaciones Criteria. Es su jefe de verdad, pero le cuesta admitir su jerarquía. Rosell y Fainé se llegaron a decir cosas muy feas a la cara cuando el entonces presidente de la CEOE quiso ser el presidente de Gas Natural y Fainé se opuso. Hablaron incluso del pasado, de los favores cruzados entre las familias, pero el resultado fue una derrota sin paliativos del que era líder patronal por decisión de Fainé. El todopoderoso hombre de La Caixa optó por Francisco Reynés, aunque de manera inicial ocupó él la presidencia de la energética y luego dio paso a su actual dirigente a instancias de los nuevos socios a los que permitió la entrada en Naturgy.

Después de ocho años al frente de la CEOE (y algunos más intentándolo) Rosell quedó regular en Madrid, entre el empresariado, y peor en la villa y corte entre una facción del PP que le considera colaboracionista con el independentismo. La visita a su amigo Junqueras en prisión fue uno de los elementos que acabaron de decantar la balanza en su contra y su salida a la CEOE ha pasado sin pena ni gloria, como si no hubiera sido el dirigente que, después de Carlos Ferrer Salat, más haya modernizado la gran patronal española. Sus próximos le consideran un tibio, un posibilista sin más ideología que su liberalismo económico. Pese a su interés por explorar una eventual presidencia del Barça, tanto el enorme aval que debería presentar para optar (de todos los candidatos sería el que más dificultades tendría para reunir la cifra necesaria) como su perfil indeciso y conservador (en tiempos de falsa progresía) pueden jugar en su contra. Además, ya hay quien piensa que será Fainé el que decida, sobre todo si viene a pedirle el aval necesario para optar a la presidencia del club de sus amores.

Ese oscuro objeto de deseo llamado Barça cuenta, por tanto, con muchos novios, pero pocos buenos partidos, al menos a día de hoy. Lo más probable es que alguien de la junta directiva actual, que no debe avalar ninguna cantidad para proseguir en el cargo, sea la opción más viable de cara al futuro. El nombre está por emerger, y algunos de los que suenan pueden carbonizarse en el intento. Quizá alguna mujer, pero todo está por ver. Está por comprobar cuáles son los resultados deportivos de las próximas temporadas, cómo evoluciona el denominado Espai Barça y hasta dónde es capaz Bartomeu de superar su perfil de empresario de pyme para convertir el club en uno de los tres primeros del mundo del negocio del deporte. Ahí, y no en las tribulaciones que se hacen hasta la fecha, es donde radica la clave de cómo y cuál será la futura gobernanza de una entidad que pretende seguir siendo más que un club.

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¿Quién es... Xavier Salvador?
Xavier Salvador

Pese a nacer en Barcelona en un ya lejano 1965, he acabado siendo un tipo de pueblo. Hoy ejerzo como consejero delegado de CRÓNICA GLOBAL después de haber dado bandazos periodísticos por ahí durante años (El Observador, Diari de Barcelona, El Periódico, Economía Digital...). He escrito dos libros. El más leído, Pujol KO, junto a varios autores. Del otro (El yugo milenario) es del que me siento más orgulloso, pero fue un divertimento intelectual de otro tiempo y otro lugar. Me gustan las personas auténticas, trabajar en equipo, la familia y el buen vino. Bonhomía, digitalización y periodismo en estado puro, vamos.

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