¿Indultos? Distorsión y caos en el independentismo

Manel Manchón
8 min

Las manos en la cabeza. Dirigentes políticos, intelectuales y empresarios señalan que el presidente Pedro Sánchez ha cometido una felonía con la concesión de los indultos que se aprobarán este martes en consejo de ministros. Hay razones. Los argumentos para rechazarlos son sólidos. Una de las ideas centrales descansa en la necesidad de que, tras un proceso independentista ilegítimo, que ha atropellado a la mitad de la población catalana, solo se podía responder con la ley y sin ninguna posibilidad de ofrecer una respuesta política alternativa. Al revés. Si era necesario algún cambio, éste debería llegar como cesión de competencias de la Generalitat al Gobierno central. El nacionalismo catalán debería pagar políticamente por una afrenta tan desleal como la que ha protagonizado desde 2012. Esa era una respuesta, que todavía no está muerta. Dependerá del éxito de la alternativa que propone, sin perfilar, el presidente Sánchez y una gran parte de la sociedad catalana, que cree que existe un campo común de juego y que pasa, en primer lugar, por los indultos.

La concesión de indultos muestra la fortaleza de un Estado que, pese a su desgaste en todos los órdenes, sigue siendo una democracia que mantiene todo su vigor. El independentismo, se mire por el ángulo que se quiera, es el que ha quedado en evidencia. Los indultos no han sido bien recibidos por una buena parte de ese movimiento, que es plural y que tiene proyectos distintos, con personalidades que no obedecen solo a criterios políticos. La ANC de Elisenda Paluzie lo ve como una afrenta. Tampoco le ha gustado nada a Carles Puigdemont, y sectores de ERC recelan del propósito de Sánchez. No hay ninguna estrategia en el campo independentista. Se es muy consciente de que la respuesta judicial estará otra vez preparada. ¿Retórica y campo de minas para el Gobierno español? Sí, esto está asegurado: petición de amnistía --que no tiene ninguna salida-- y referéndum de autodeterminación, un derecho que no tiene Cataluña, ni se puede aplicar de ninguna manera en Cataluña, a pesar de mucho aprendiz de Derecho Constitucional, que los hay a patadas aquí.

Esa es la realidad. ¿Entonces, por qué ese miedo atroz a los indultos y a la posibilidad de que se pueda dialogar con el independentismo catalán, pero con sus principales dirigentes en casa, olvidando ya el victimismo de los "presos políticos"?

Si el Gobierno tiene claras sus fronteras, y tanto el PSOE como el PP las tienen --los únicos partidos con capacidad para gobernar en España--, ese diálogo no tiene por qué comportar ese enorme temor. En Cataluña se puede conformar una parte central --con un sector de los independentistas de tipo oportunista que se sumaron al carro para ver qué se podía conseguir y que sienten que se ha perdido mucho tiempo en vano y con funestas consecuencias--que recupere una senda de negociación y pacto que logre superar el sueño juvenil que arrancó en 2012.

La diferencia ahora --si Sánchez muestra algo más de consistencia, que está por ver-- es que en España se podría generar una alternativa creíble y satisfactoria. Un proyecto político y económico para una España plural, que tenga más en cuenta a las comunidades, que las haga corresponsables --modelo de financiación, por el que los ciudadanos pasen cuentas a sus Ejecutivos regionales por el gasto, pero también por los ingresos-- y que les exija una lealtad constante. Ese proyecto podría pasar, como sugiere Miquel Iceta, por un nuevo Estatut en una España federal, aunque da igual que se le llame nominalmente federal, si eso asusta a la derecha española --cosa que no debería, porque se entiende que los partidos de centroderecha liberales no son jacobinos, aunque en España ha sido al revés. En esa línea está una buena parte del empresariado catalán, como se ha manifestado en las jornadas del Círculo de Economía, con una posición clara de su presidente, Javier Faus, "por una España más alemana que francesa".

Si el independentismo se enroca, si el caos inicial de ahora, tras la jugada de Sánchez, se transforma en una posición numantina en la que solo se perseguirá la autodeterminación, entonces ya no habrá más excusas para plantear lo que se consideraba al inicio: aplicación de la ley y recuperación, incluso, de competencias autonómicas.

Pero lo que aparece en el horizonte es una posibilidad de entendimiento. Hay quien lo rechaza, quien querría la aplicación íntegra de las penas a los dirigentes independentistas presos. ¿Pero no sería eso reforzar las tesis independentistas, que mantendrían un encono perpetuo?

El Gobierno español, sea por oportunismo, porque el PSOE necesita buenos resultados en Cataluña para gobernar en la Moncloa, algo que no precisa el PP, o porque cree realmente en una alternativa política y económica --cuenta para ello con la mayoría del tejido económico catalán-- se ha movido. Y ha dejado descolocado al independentismo.

La política, al contrario que para los inflexibles y moralistas, es también eso: tener cintura y buscar las grietas en el adversario. Ser oportunista, sí. Y buscar la victoria electoral. También. Porque hay muchos proyectos políticos muy bien trabados sobre el papel que nunca acceden al poder. ¿Entonces, para qué sirven si no pueden nunca hacer efectivos esos programas? ¿Son puramente estéticos y nos dejan con la conciencia muy tranquila?

El Gobierno de Sánchez se la juega. Pero también el independentismo, que debe comenzar muy seriamente a pensar en una gran Rectificación. Se ha acabado el juego. Los dirigentes independentistas presos, a sus casas, y a partir de ahí sean inteligentes.

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¿Quién es... Manel Manchón?
Manel Manchón

Periodista barcelonés, especializado en política y economía. Jefe de la sección de Opinión y del cultural Letra Global.