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Iberdrola y los cainitas

Xavier Salvador
9 min

Cuando en los años 90 las empresas españolas se tornaron grandes y se convirtieron en multinacionales, muchas de esas compañías también se hicieron adultas. En la mayoría se instalaron nuevos conceptos inusuales hasta la fecha, como la seguridad, la inteligencia empresarial, la comunicación, la responsabilidad social y la relación con los mercados, accionistas y analistas internacionales.

Muchas de aquellas empresas nacieron de la desregulación del mercado y de la privatización de patrimonios públicos. En aquella década España vivió una fiebre de capitalismo popular que participó entusiástico en las privatizaciones de gigantes públicos como Telefónica, Argentaria, Endesa, Iberia, Repsol, Indra… Los primeros años fueron convulsos. Al frente de los grandes grupos llegaron personas seleccionadas más por su proximidad al poder político que por sus propios conocimientos técnicos sobre el sector o la gestión de grandes compañías.

Al hilo de ese fenómeno se produjo otro propio del sector privado. Nacieron gigantes como Mercadona, Inditex, Santander e Iberdrola, que se desarrollaban gracias a la creatividad y brillantez de sus respectivos líderes, sin estímulo público alguno. En esas multinacionales apenas se notó la intervención política y fueron los mercados los que premiaron el desarrollo de esas iniciativas en forma de meteóricos crecimientos orgánicos (por su propio desarrollo) e inorgánicos (gracias a compras, fusiones y alianzas).

En casi todas ellas se instauró la figura del jefe de seguridad de las corporaciones. El perfil era una mezcla de detective, policía y conspirador interno. Igual se ocupaban de la vigilancia personal del primer ejecutivo como de investigar al empleado desleal que coqueteaba con la competencia o se informaba sobre los intentos de algún accionista para realizar operaciones sobre la propia empresa que no siempre contaban con el visto bueno de la dirección. La naturaleza de esos trabajos, en el ámbito de la máxima discreción para ser efectivos, alumbró la figura de un grupo de profesionales de la seguridad empresarial inexistente hasta la fecha.

Ante la inexistencia de perfiles cualificados sobre la materia, las empresas se lanzaron a fichar comisarios de policía para ejercer esas funciones. Además de la información que podían obtener en fuentes abiertas o de las propias compañías, los antiguos jefes policiales tiraban de sus contactos para completar una red de relaciones que fuera útil a sus jefes. En muchos casos se produjeron disfunciones, pero en tres de esas compañías fueron de una complejidad sorprendente: BBVA, El Corte Inglés e Iberdrola. Un alto ejecutivo explica como fue chantajeado por su propio equipo de seguridad a propósito de un lance de infidelidad.

En el caso de la eléctrica se suma que cuenta con un presidente que pese a haber triunfado en las tres compañías que ha dirigido en su historia (Tudor, Airtel y la propia energética) jamás ha sido un directivo de perfil amable ante los poderes políticos y económicos. José Ignacio Sánchez Galán se enfrentó a Florentino Pérez (ACS), que quiso controlar Iberdrola, y ganó. También lo había intentado Antonio Brufau (Gas Natural-Repsol) e igualmente le ganó la mano. Sánchez Galán fue una rara avis que se dedicó a impulsar el grupo sin mirar demasiado hacia el ombligo del poder, lo que le convirtió en un espécimen empresarial incómodo para dirigentes institucionales y partidos políticos. Tampoco le ayudó, por supuesto, su personalidad expeditiva y poco dada al divertimento conspirativo. El resultado deja lugar a pocas dudas: Iberdrola se internacionalizó con un tamaño gigantesco y de todas las empresas españolas que cotizan en los mercados, la energética es la segunda más valiosa. Su capitalización bursátil a finales de marzo solo era superada por Inditex, la genialidad internacional de Amancio Ortega y Pablo Isla, y su valor casi doblaba a la siguiente en el ranking, el Santander de Ana Patricia Botín.

La inusual presencia de Iberdrola en los medios en los últimos meses guarda relación con el omnímodo poder de quienes ejercían la seguridad del grupo a principios de los 2000. Sánchez Galán era entonces el ejecutivo del presidente Íñigo de Oriol y los profesionales de seguridad, más algún controller despechado o seducido por ese entorno, se dedicaron a guardar documentos comprometedores de las relaciones que la empresa había tenido con el comisario Villarejo, el exponente de como el poder tiene su red de evacuación de residuos, tanto en lo político como en lo económico. Hoy, 15 años más tarde, cuando todas las grandes corporaciones aprendieron de sus novatadas iniciales, aún se pone en entredicho la reputación de algunos grandes grupos basándose en aquellos movimientos de protección que tenían tanto de defensivos como de ingenuos. El caso Villarejo es una ciénaga de podredumbre pasada que se lee en clave actual.

Un excomisario, Marcos Peña; un controller que no cantó cuando tocaba y guardó documentos que se abren casi dos décadas más tarde para ajustar cuentas, José Antonio del Olmo; y un bancario vinculado a algunos de los adversarios de Sánchez Galán, el presidente en España de Société Générale, Donato González, son algunos de los nombres que aparecen en una macarrónica ofensiva reputacional contra el líder de Iberdrola y contra la propia compañía.

De la eléctrica sabemos poco sobre sus inversiones en expansión, los desarrollos futuros que prepara para la movilidad, las políticas salariales, de género o de respeto por la sostenibilidad. Pero estamos permanentemente informados de que hace casi 20 años empleó los servicios de Villarejo y otros embaucadores pertenecientes a las cloacas del Estado. Quizá Íñigo de Oriol y sus comisarios se equivocaron en aquel momento, pero la ofensiva sobre la compañía solo puede entenderse en la envidia y el odio que ha suscitado Sánchez Galán estos años convirtiendo Iberdrola en la segunda compañía española más grande del Ibex 35 a la chita callando, sin casarse con nadie más que con su propio proyecto.

Inquietante país. El espíritu cainita de los españoles no parece desvanecerse tampoco en el siglo XXI. Sánchez Galán es un sospechoso de malas prácticas en España. En el mundo anglosajón sería un ejecutivo adorado al nivel de Steve Jobs, Bill Gates, Jeff Bezos u otros. El uso que hacemos de los pecados capitales es tan agudo que cuando en este país Amancio Ortega hace donaciones o colabora con los gobiernos en la lucha contra la pandemia la primera reacción que suscita es la crítica generalizada por el patrimonio que posee y el enorme éxito de su conglomerado industrial.

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¿Quién es... Xavier Salvador?
Xavier Salvador

Pese a nacer en Barcelona en un ya lejano 1965, he acabado siendo un tipo de pueblo. Hoy ejerzo como consejero delegado de CRÓNICA GLOBAL después de haber dado bandazos periodísticos por ahí durante años (El Observador, Diari de Barcelona, El Periódico, Economía Digital...). He escrito dos libros. El más leído, Pujol KO, junto a varios autores. Del otro (El yugo milenario) es del que me siento más orgulloso, pero fue un divertimento intelectual de otro tiempo y otro lugar. Me gustan las personas auténticas, trabajar en equipo, la familia y el buen vino. Bonhomía, digitalización y periodismo en estado puro, vamos.