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Es la hora del Hermitage

Gerard Mateo
7 min

El Hermitage vuelve a llamar a la puerta de Barcelona de la mano de su director, Mikhail Piotrovsky. Lo hace después del portazo, en enero, del equipo de Ada Colau a la construcción de una sede del museo ruso en la capital catalana, tras varios años con el proyecto sobre la mesa. Se lo está trabajando con tal de lograr el amor de la bella urbe mediterránea. Y en esta pandemia puede hallar la debilidad con la que consiga que caiga en sus brazos.

La posibilidad de abrir una sede del Hermitage en Barcelona viene de lejos. Del 2012, para ser precisos. La idea ha superado todos los trámites, incluido el cambio de uso del suelo donde está proyectado (junto al Hotel W, en primera línea de mar de la Barceloneta). Cuenta con la aprobación de vecinos, de comerciantes, de la Generalitat y del Puerto de Barcelona. Pero Colau, erre que erre, se acoge a un informe millonario lleno de erratas que lo desaconsejan. Y al temporal Gloria, que arrasó el litoral. Todo suena a excusas sin fundamento.

Una vez más, parece que el equipo de los comunes cree que el nombre de Barcelona es suficiente para que la ciudad se mantenga entre las más importantes del mundo; para que todos los inversores se fijen en ella. Es cierto que se está posicionando como centro tecnológico, pero está perdiendo caché en otros ámbitos.

Hace un par de años, el comisionado de Cultura de Barcelona, Joan Subirats, dijo que “no sentía necesitar” el Hermitage en Barcelona. Tampoco apostaba Colau por las grandes ferias de congresos —y tuvo que rectificar—, ni por un sueldo alto para el alcalde de la segunda ciudad española —pero se lo subió al fin—, ni por el transporte privado para ella —un solo día se la vio en el metro de Barcelona—. Está acostumbrada a desdecirse. Siempre tiene un argumento para deshacer el camino andado sin avergonzarse por sus contradicciones. Ahora, con el asunto del museo, puede ampararse en esta crisis para cambiar de opinión.

La situación social es la que es en el mundo. Y la económica es —y será— especialmente complicada en un país como España, donde el turismo es capital para su economía. A los miedos y precauciones a la hora de viajar se une el hecho de que la desescalada se realiza aquí de manera más prudente que en otras regiones del mundo —tal vez para tratar de corregir lo que se hizo mal de inicio; doble error—.

En este punto, Barcelona es una de las más castigadas —el sector servicios está temblando; muchos comercios ya no reabrirán—, porque será de las últimas en regresar a la nueva normalidad. Por ello, es el momento de reinventarse, de buscar alternativas para que el dinero se mueva. De buscar incentivos para atraer a la gente. Lo que hasta ahora servía ya no vale. Ante situaciones nuevas, medidas nuevas. Estaría bien que llegaran de la mente de la nueva política, pero se ha demostrado que es tan vieja como la que ya había antes de la aparición de ciertos partidos en los últimos años.

¿Es el Hermitage la salvación para Barcelona? Es evidente que no, pero un proyecto de este tipo siempre es bienvenido, y más en los tiempos que corren, en los que incluso la Sagrada Familia ha paralizado sus obras hasta que vuelvan los turistas —se ve que andan justos de dinero—. Para empezar, la sede del museo ruso es un proyecto privado que no costaría a priori dinero a las arcas públicas. Y que alguien quiera invertir en tu ciudad en plena crisis es para tomarlo en muy seria consideración. El proyecto está valorado en 52 millones de euros, y prevé 5.000 visitantes al día, así como 80 empleos directos y otros 300 indirectos. Pero para BComú son (o eran) migajas. No se cree estas cifras.

Es cierto que algunas sedes del Hermitage en el mundo no han cuajado, pero otras sí. También es cierto que el coronavirus marcará un antes y un después. Por lo tanto, hay que pensar en el mundo pos-Covid-19. No es fácil, pero para eso tienen los políticos y su corte de expertos una responsabilidad. Tal vez es el momento de cambiar la forma de viajar. De priorizar el turismo de calidad, cultural, de ese que anhela la alcaldesa de Barcelona —y que encaja a la perfección con la pinacoteca rusa, ubicada junto a un hotel de lujo—, y acabar con el turismo de borrachera, que solo conlleva problemas. Tal vez se dará más valor al turismo nacional. Y tal vez no será necesario viajar tanto para conocer las cosas de otros países; igual el Hermitage de Barcelona podría acercar algunas obras de su matriz de vez en cuando.

Se estima que el valor económico directo del Hermitage distribuido en el territorio se situaría en el entorno de los 21 millones de euros anuales (para los años 2024 y 2025). Además, en estos tiempos de destrucción de empleo, generaría cerca de 400 puestos de trabajo, como vigilancia en salas y personal en tiendas, aparte de los trabajadores subcontratados para restauración y otros. Tampoco hay que olvidar que otras ciudades, como Madrid y Lisboa, están al acecho. Por algo será. Por ello, tal vez es hora de aceptar una sede del museo de San Petersburgo en Barcelona, como ha hecho el Louvre en Abu Dabi, aunque haya que pulir algunos detalles.

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¿Quién es... Gerard Mateo?
Gerard Mateo

Gerard Mateo (Barcelona, 1990). Periodista. Buscando explicación a todo.