El declinar 'indepe': de Junts pel Sí a Junts per Waterloo

Xavier Salvador
10 min

Los partidarios de la independencia de Cataluña alcanzaron un orgasmo electoral el 27 de septiembre de 2015. La coalición de fuerzas encabezada por Artur Mas desde el número cuatro de la lista englobaba a antiguos convergentes y a los republicanos que capitaneaba Oriol Junqueras. Los 1,6 millones de sufragios que obtuvieron más los trescientos treinta y pico mil de la CUP situó a las fuerzas defensoras del Estado propio cerca de los dos millones de catalanes con derecho a voto, pero sin superar ese umbral ni alcanzar siquiera el 50% del censo.

Tras el onanismo que acabó con la carrera política de Mas, en diciembre de 2017 --ya separados convergentes y republicanos--, sí que rebasaron por muy poco los dos millones de catalanes que les apoyaban si se añadían los sufragios cosechados por la CUP. Del 43,8% de 2015 se pasó al 47,19% dos años después. En esas últimas elecciones autonómicas, en plena aplicación del artículo 155, con toda la maquinaria propagandística engrasada y después de la charlotada del 1 de octubre, el independentismo vivió sus días de gloria. Fue otra amarga victoria colectiva porque se dio la circunstancia de que, en aquella ocasión, votamos más catalanes y el porcentaje total que reunió el independentismo tampoco fue capaz de contar con la mitad de la Cataluña que consideran un único pueblo del que ellos son los legítimos representantes políticos. Por si todo eso fuera poco, Ciudadanos se alzó como la candidatura más votada, activo político que ha desperdiciado desde entonces.

Acontecían estos resultados justo después de que Carles Puigdemont decidiera fugarse de España a finales de octubre de 2017 para evitar la acción de la justicia acompañado por algunos miembros del gobierno que presidió. Unos días más tarde, la justicia que instruía los eventuales delitos acontecidos en aquellas inolvidables y tensas fechas ordenaría el ingreso preventivo en prisión de otros implicados en los hechos del 20 de septiembre en la Consejería de Economía y en la organización posterior del referéndum ilegal y la declaración unilateral y cobarde de independencia.

Desde entonces, la grieta independentista no ha dejado de incrementarse. Las estrategias de ERC y de los antiguos convergentes han sido discrepantes, aunque con una falsa comunicación externa de unidad. Con presos en las cárceles y prófugos en el extranjero, el secesionismo cierra las filas en su poética defensa, pero empieza a mostrar análisis distintos sobre lo sucedido y sus posibles soluciones. Incluso las consecuencias derivadas de aquel circo son también motivo de controversia entre ellos.

El líder socialista de la comunidad de Castilla-La Mancha, Emiliano García Page, lo describía en una entrevista este domingo con meridiana claridad: "Ellos [los independentistas] están en medio de un maremoto, no controlan su propio movimiento. No les queda más remedio que seguir dando vueltas al tiovivo, no pueden pararlo pero tampoco pueden avanzar. Pero no van a ningún sitio".

Hasta la fecha, lo que más unía al independentismo era la hispanofobia y un determinado supremacismo, con tintes totalitarios y xenófobos. Hoy, los encarcelados y los líderes huidos han sustituido el odio a lo español como primer argumento. Es más importante presionar a favor de una sentencia condescendiente y deslegitimar el proceso judicial que gobernar el Parlament de Cataluña y la Generalitat. Todas las actuaciones tienen por objeto, fundamental y prioritario, presentar España ante la comunidad internacional como un país que no respeta los derechos fundamentales, del que no ha desaparecido jamás la dictadura franquista y donde las prácticas del Estado son represivas con quienes desean defender sus derechos por la vía democrática. En algunos casos, incluso, preparar un eventual y cada vez más lejano indulto gubernamental.

Los presos y los fugados --aunque menos-- son la argamasa final de un independentismo que empieza a tener graduaciones, en lo temporal, en lo estratégico y en lo político. Los antiguos convergentes se han echado al monte como una especie de maquis del franquismo, de guerrilleros contra el Estado, dejando de lado la actitud conservadora de sus padres políticos en tiempos de liderazgo de Jordi Pujol. Son los nuevos radicales junto a sus cachorros cuperos.

ERC ya no quiere hacer listas electorales conjuntas con los postconvergentes. Se han dado cuenta de que la radicalidad de Carles Puigdemont y algunos de los suyos hace imposible reconstruir el partido de la centralidad que fue CDC. Ese espacio ha quedado huérfano y una parte de sus votantes ha transitado hacia la papeleta republicana. Los de Junqueras han conseguido en las elecciones municipales, donde se juegan cosas que la ciudadanía percibe como más próximas e importantes, ampliar su poderío en detrimento de los chicos de Waterloo. Los republicanos tienen claro que ese espacio puede ser suyo si administran con talento la oportunidad que sus compañeros nacionalistas les brindan. Barcelona, la capital, está en sus manos, como hace un mandato estaba en manos del convergente Xavier Trias. Así sucede en otros muchos municipios catalanes e incluso en la adversa área metropolitana barcelonesa los de ERC han cosechado una ampliación de su base municipal que ni podían imaginar sus líderes del pasado, sean Joan Puigcercòs o Josep Lluís Carod-Rovira.

La hispanofobia subyacente, el simbolismo del 1-O se lo dejan sobre todo para el fugado de Waterloo, a quien los soberanistas radicales votan más cuando se trata de las papeletas al Parlamento europeo que al preso Junqueras. La elección de la Eurocámara siempre ha tenido un punto de frikismo notable. Sólo debemos recordar lo que sucedía con las candidaturas de Jesús Gil, José María Ruiz-Mateos o determinados apoyos a Herri Batasuna fuera del País Vasco, fenómenos que apuntalan la tendencia de muchos votantes a usar esas urnas para aflorar algunos fantasmas y castigar o premiar populismos de diferente signo.

Los republicanos quieren instaurar una suerte de pujolisme 2.0. Ellos lo describen como un nacionalismo transparente, sin corrupción ni robos y sin complejos por su finalidad independentista. Esa es la hoja de ruta que sus dirigentes, incluso los encarcelados, dibujan para sacar del mapa a un conservadurismo radical en los preceptos soberanistas, pero caciquil y carlista en buena parte del territorio. Barcelona será el banco de pruebas de lo que venga. Todo apunta a que, una vez acaben los globos sondas y las pruebas de carga en los puentes de las posibles alianzas, la lógica lleva a que el Tete Maragall gobierne en solitario la Ciudad Condal hasta que se dicten sentencias e incluso se celebren unas nuevas autonómicas. Después, cuando se haya olvidado el veto a Miquel Iceta como presidente del Senado y Salvador Illa, su lugarteniente en el PSC, saque cuentas de cómo puede beneficiar una alianza entre republicanos y socialistas en un poder municipal que expulsa irremisiblemente a los postconvergentes del mapa, las alianzas pueden volver incluso a firmarse encima de la mesa.

El posibilismo de la ERC actual se compadece mal todavía con la proyección pública que aún ejercen algunos de sus dirigentes. Maragall puede resultar menos inquietante para el futuro de la capital catalana que un nuevo mandato postizo de Ada Colau con el apoyo del PSC. Más allá de la jugada de ajedrez de Manuel Valls al ofrecer sus votos al populismo que dijo que venía a combatir (movimiento que tiene mucho de estrategia personal para situar a todos sus adversarios contra los espejos y en la que nada más tiene que perder), la Barcelona municipal que se configure puede ser el entierro definitivo de aquel Junts pel Sí que conformó un espejismo para los nacionalistas en tiempos en los que sólo importaba dar un golpe al Estado para probar su resistencia y ampliar el número de partidarios a la causa. Hoy, apenas unos meses más tarde, lo único que los mantiene ensamblados es el martirologio de Waterloo, pero sobre todo a un electorado que decrece vegetativamente y que difícilmente recuperará la influencia de la antigua CiU.

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¿Quién es... Xavier Salvador?
Xavier Salvador

Pese a nacer en Barcelona en un ya lejano 1965, he acabado siendo un tipo de pueblo. Hoy ejerzo como consejero delegado de CRÓNICA GLOBAL después de haber dado bandazos periodísticos por ahí durante años (El Observador, Diari de Barcelona, El Periódico, Economía Digital...). He escrito dos libros. El más leído, Pujol KO, junto a varios autores. Del otro (El yugo milenario) es del que me siento más orgulloso, pero fue un divertimento intelectual de otro tiempo y otro lugar. Me gustan las personas auténticas, trabajar en equipo, la familia y el buen vino. Bonhomía, digitalización y periodismo en estado puro, vamos.

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