¿Decadencia burguesa o burgueses decadentes?

Xavier Salvador
7 min

El gran vector histórico que ha presidido Cataluña en lo político, social y económico es la gestión de su burguesía. Lo que fue virtud en siglos anteriores, y la razón última de un desarrollo complementario y vanguardista, es hoy lo contrario. La inacción, cobardía, desaparición, renuncia y adocenamiento de las élites catalanas son la explicación del retroceso que se ha vivido durante la última década.

Las clases burguesas fueron impulsoras del extenso tejido económico, de la innovación en todos los campos y del europeísmo en el sentido intelectual de la diplomacia. Desde el siglo XIX, como recoge la obra de Jaume Vicens Vives, la modernidad industrial y la creatividad cultural guardaban relación con ese reducido grupúsculo y sus dinámicos movimientos. Esas mismas capas sociales, mojadas por la lluvia nacionalista, son hoy las niñeras del independentismo, del secesionismo excluyente y, como corolario de su fracaso en términos de clase, la única familia conocida de la decadencia que viene.

A principios de 2018, llegó a Barcelona un ex primer ministro francés y esa burguesía antaño afrancesada, integradora y receptiva se puso mayoritariamente enfrente. Destilaba un odio al forastero solo explicable por la xenofobia intrínseca de cualquier nacionalista. Manuel Valls vuelve ahora a París y aquí deja huérfana la posibilidad de curar Cataluña de su indigestión soberanista. A él se le pueden atribuir bastantes errores estratégicos, pero supone una pérdida de capital político por más que muchos minimicen la salida para cebarse en el fracaso electoral del aún concejal barcelonés.

En lo político, la burguesía se cobijó en la antigua CiU y en sus ramificaciones de descendientes en los últimos 15 años. En lo económico, sus iniciativas jamás han destacado de manera especial salvo por los casos de corrupción adyacentes. Los empresarios catalanes siguen cultivando el minifundio y apuestan por empresas pequeñas de capital familiar. La pyme no es un estadio evolutivo empresarial, es un fin en sí mismo. Entre los grandes ricos españoles solo Victor Grífols y Sol Daurella destacan por construir desde Barcelona (otra cosa es dónde tributan) unas compañías que son gigantes mundiales. El resto se dedicaron a buscar mejores acomodos fiscales en otras autonomías y a seguir con chiringuitos de dimensiones menores. La moda y el textil los controla un gallego (Amancio Ortega, Inditex); la distribución alimentaria, un valenciano (Juan Roig, Mercadona); la construcción, un madrileño (Florentino Pérez, ACS), las multinacionales van y vienen a su antojo… y así un largo etcétera que nos lleva a conformarnos con Caixabank, que es el producto más genuinamente catalán y el único que ha operado con visión española desde hace años. Mientras, con lloriqueo permanente, los responsables de la situación siguen quejándose del Ibex 35 y del papel del BOE como distribuidor de riqueza, como si esa fuera la única razón de su pesar.

Esa burguesía comercial que prefiere una tiendecita en el paseo de Gràcia​ a un porcentaje accionarial de un gran grupo español es quien ha dirigido los designios catalanes en las últimas décadas. A Jordi Pujol, el último burgués ilustrado y nacionalista químicamente puro, su pulsión patriótica a punto estuvo de costarle la cárcel en tiempos de Banca Catalana. Después de él, y de su diseño del edificio identitario, todo embarrancó. Hoy lo más próximo a una clase emprendedora son las cooperativas clientelares financiadas por la alcaldesa Colau con los impuestos de los barceloneses y donde apacientan no pocos miembros de la CUP. Por más que nos hagamos trampas con supuestos clústeres de biotecnología o startups made in Catalonia, el contingente empresarial catalán que emerge guarda apenas relación con la calidad estratégica o la condición visionaria atesorada por sus abuelos. Ni mecenas, ni arrojados, ni cosmopolitas. Los nuevos burgueses catalanes nacen en un proyecto decadente de comunidad y exhalan ese mismo decaimiento en todas las actuaciones que desarrollan: incluida, por supuesto, la sustitución de gobernantes y liderazgos.

La influencia burguesa en la orientación estratégica de la Generalitat ha sido mínima durante los últimos gobiernos en términos de emprendimiento. De hecho, los nuevos liderazgos tienen en su composición mucho de clases medias rurales venidas a la capital. Quizá Ernest Maragall sea el último representante de una dinastía burguesa de verdad que permanece en activo con la política municipal. Él, junto a otro de los septuagenarios venidos de la antigua izquierda caviar, el actual síndic de greuges, Rafael Ribó, son apenas vestigios del pasado que conviven con nuevos burgueses del extrarradio como el presidente, Pere Aragonès. Atrás quedaron las iniciativas del siglo pasado con la sociedad civil organizada en diferentes asociaciones, clubes e instituciones. Los restos son identidad viva de una burguesía decadente instalada en la zona de confort y descuidada con sus obligaciones creativas más allá del localismo. Madrid como culpable lo justifica todo. La autocrítica fue exterminada como una plaga.

En ese contexto, el interrogante que encabezaba este artículo tiene compleja respuesta. Más que nada porque el tufo a podrido del colectivo y de su clase dirigente en particular lo invaden todo y es casi imposible determinar qué fue antes, el huevo o la gallina. Los esperpentos que vivimos hacen imposible determinar si la burguesía catalana declinó por el impacto negativo de su élite política y su fracasada opción de relación política con Madrid o si el ensimismamiento burgués fue sin más la raíz del hundimiento vital de la comunidad.

Artículos anteriores
¿Quién es... Xavier Salvador?
Xavier Salvador

Pese a nacer en Barcelona en un ya lejano 1965, he acabado siendo un tipo de pueblo. Hoy ejerzo como consejero delegado de CRÓNICA GLOBAL después de haber dado bandazos periodísticos por ahí durante años (El Observador, Diari de Barcelona, El Periódico, Economía Digital...). He escrito dos libros. El más leído, Pujol KO, junto a varios autores. Del otro (El yugo milenario) es del que me siento más orgulloso, pero fue un divertimento intelectual de otro tiempo y otro lugar. Me gustan las personas auténticas, trabajar en equipo, la familia y el buen vino. Bonhomía, digitalización y periodismo en estado puro, vamos.