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‘Kale borroka’ a la catalana

Xavier Salvador
6 min

Fernando Aramburu es, posiblemente, el escritor que mejor ha sabido retratar el problema generado durante décadas en el País Vasco por el nacionalismo radical y violento que alumbró ETA y que consintió una buena parte de la sociedad vasca por una química suma de aldeanismo, mera cobardía y silencio cómplice. Patria es una novela que todos los jóvenes catalanes que participan de las nuevas modalidades de agitación política deberían leer justo después de que les salieran las muelas del juicio. Tanto me da que sean de orígenes pijos u okupas con tarjeta de crédito paterna, todos ellos sin excepción debieran conocer cómo se fraguó la violencia en el ámbito rural vasco, cómo fracturó localidades, familias y amistades antiguas por no se sabe todavía bien qué ideal superior. Por cierto, para nada más que para sembrar el dolor de manera indiscriminada y arbitraria.

Si algo ha distinguido a los catalanes desde tiempos inmemoriales ha sido nuestra capacidad para ejercer como avanzadilla de muchas de las evoluciones y revoluciones sociales que se han vivido en los últimos siglos. El afrancesamiento (en tiempos era síntoma inequívoco y máximo de cosmopolitismo), la situación geoestratégica y un intangible cada vez más objetivable (la existencia de clases medias burguesas, emprendedoras primero en el comercio, luego en la industria) fueron elementos que causaron distinción con respecto al resto de los territorios de España que se lucían aquí con orgullo y se veían con envidia más allá del Ebro.

Que ahora seamos nosotros los que atacamos autobuses turísticos al más puro estilo de la ya extinguida kale borroka vasca es el síntoma principal de la decadencia que viven las opciones políticas que debieran tomar el relevo futuro de la gobernación de nuestras instituciones. Una cierta permisividad cómplice con el nacionalismo radical, del que la izquierda moderada nunca podrá esquivar su responsabilidad, ha transmutado en la situación actual, en la que unas decenas de jóvenes antisistema ponen a Barcelona en el mundo por ser una ciudad en la que un pacífico autobús de visitantes puede ser atacado y sus ocupantes amedrentados por unos peligrosos especímenes de supuestos revolucionarios, que son incapaces ni tan siquiera de aportar legítimas fórmulas de protesta elegantes, modernas y cívicas.

Curioso que haya sido la propia sociedad civil la que respondiera en espontánea movilización al escrache de la Guardia Civil a la CUP

Mientras Barcelona volvía al centro del mundo por el aniversario de los fastos olímpicos que la hicieron planetariamente conocida en 1992, una de las divisiones políticas integradas en la CUP saca pecho ante el discutible modelo turístico de la ciudad de la forma más pueblerina y anacrónica posible, con la lucha en la calle (kale borroka, en vasco). El Ayuntamiento de Barcelona, gobernado por una de esas izquierdas acomplejadas, pasa 24 horas pensándose qué debe decir y cómo debe actuar, se supone que evaluando la contundencia legal, ante los chicos de la CUP. Vamos, como si existieran muchas dudas razonables.

Nadie se debe extrañar de que, animados como están por la repercusión que causan sus acciones callejeras en el epicentro del debate independentista, intentaran ayer, de nuevo, montar otro numerito trasnochado frente a un cuartel barcelonés de la Guardia Civil. Curioso que haya sido la propia sociedad civil quien le haya proporcionado la respuesta en forma de espontánea movilización callejera que hizo fracasar el escrache previsto por la CUP, dando la razón a las propias encuestas de la Generalitat que sostienen que los catalanes le otorgan más crédito a la Benemérita que a su propio Gobierno autonómico. Y eso que no deben haber preguntado a aquellos ciudadanos de las comarcas del Ebro que sufrieron, con la socialista pasada al independentismo Montserrat Tura como consejera de Interior, una plaga de robos en casas del medio rural y tuvo que ser el entonces ministro Alfredo Pérez Rubalcaba quien solucionase el asunto con el envío de un contingente de efectivos del cuerpo a poner orden en aquel territorio que acababa de ser entregado al control de los Mossos d’Esquadra.

La tibieza, la permisividad, el diálogo, la flexibilidad en el ejercicio de las libertades individuales y colectivas y hasta la comprensión del adversario deben figurar siempre entre los valores de los gobernantes. El límite a todo ello también debe resultar diáfano e inequívoco, como el respeto a las fuerzas de seguridad democráticas, sea el cuerpo que sea y, por supuesto, con la policía autonómica incluida. Una acción violenta no puede tolerarse en democracia por más que su motivación tenga raíces políticas. La sociedad debe aclarar a los protagonistas de esas actuaciones que los excesos se pagan. Lo contrario es un enorme riesgo que puede llevarnos a ese escenario vasco que tan bien retrata Aramburu: un territorio en el que ni la convivencia ni la democracia formaban lamentablemente parte ni del paisaje ni del paisanaje.

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¿Quién es... Xavier Salvador?
Xavier Salvador

Pese a nacer en Barcelona en un ya lejano 1965, he acabado siendo un tipo de pueblo. Hoy ejerzo como consejero delegado de CRÓNICA GLOBAL después de haber dado bandazos periodísticos por ahí durante años (El Observador, Diari de Barcelona, El Periódico, Economía Digital...). He escrito dos libros. El más leído, Pujol KO, junto a varios autores. Del otro (El yugo milenario) es del que me siento más orgulloso, pero fue un divertimento intelectual de otro tiempo y otro lugar. Me gustan las personas auténticas, trabajar en equipo, la familia y el buen vino. Bonhomía, digitalización y periodismo en estado puro, vamos.