Cuatro crisis

Cristina Farrés
4 min

La guerra en Ucrania es ya una realidad, con el consiguiente drama humano que implica. La respuesta de la comunidad internacional es la de una nueva batería de sanciones económicas cuyo objetivo es dificultar las transacciones financieras de Rusia (y de los rusos en general) para que Vladímir Putin cese en su intento de ampliar sus fronteras y alejar a la OTAN de ellas. Algo poco probable a corto o medio plazo si se tiene en consideración el personaje.

Aunque el conflicto parece lejano, sus consecuencias ya se notan en nuestros lares. El precio del petróleo, la electricidad y el gas seguirá en máximos y de forma prolongada en el tiempo. Tal y como hemos explicado, el mercado de futuros estima que la inflación en estos sectores se mantendrá hasta mediados de 2024. El consiguiente impacto de esta realidad sobre el coste de la vida es de sobras conocido.

A todo ello, se le debe añadir otras consecuencias como aparcar de nuevo la revisión al alza de los tipos o la tímida advertencia que ha lanzado Naciones Unidas sobre el coste que tiene el conflicto sobre la producción de alimentos tan básicos como el trigo. Ucrania es uno de los principales exportadores mundiales de este cereal, especialmente en zonas que ya están sumidas en una emergencia humanitaria como el Yemen. De nuevo, sufren los más pobres del planeta.

La guerra en Ucrania es el peor escenario posible para una Europa que empezaba a recuperarse de la doble crisis del coronavirus. La epidemiológica y la económica que generó unas restricciones necesarias para evitar muertes, aunque criticables por su excesiva dureza en demasiadas ocasiones. La pandemia que estalló, a su vez, cuando España empezaba a pasar página a una doble crisis iniciada en 2008 con la caída de Lehman Brothers y el fin de la burbuja inmobiliaria.

Los últimos 14 años hemos vivido en una situación de recesión casi permanente. Cuando se detectó el primer positivo en Covid en Cataluña en 2020, en el plano económico se reclamaba que para dejar atrás de forma definitiva los recortes de la última década se tenían que revisar al alza los salarios. Y no mandaban este mensaje solo los sindicatos. También estaban en estas tesis patronales como Foment del Treball que clamaban que había llegado la hora de que las clases medias recuperasen su poder adquisitivo. 

Pero estalló la pandemia y, de nuevo, este debate se aparcó. Hasta ahora. Sí se ha avanzado en subir el salario mínimo interprofesional (SMI) hasta los 1.000 euros en 14 pagas, cifra que implica casi duplicarlo desde los 570,6 euros que se cobraban en 2007. Aun así, el intento de que el avance llegara al resto de los trabajadores ha fracasado y prosiguen unas desigualdades cada vez más notorias. Tampoco se ha conseguido aflorar el trabajo en negro en un país en el que la economía sumergida supone casi el 25% del PIB del país.

El debate sobre la necesidad de reforzar a la clase media española estaba de nuevo sobre la mesa cuando ha estallado la crisis internacional. Hay una generación en nuestro país que siempre ha vivido en recesión. ¿Qué nuevos impactos tiene esto sobre la cohesión social? El campo está abonado para los extremismos.

Artículos anteriores
¿Quién es... Cristina Farrés?
cristina farrés autores peque

Periodista. Especialista en economía. Directora de Crónica Global desde el 1 de enero de 2020.