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La complicidad de ERC para cerrar las ventanas de Cataluña

Manel Manchón
7 min

Hay cambios, sí, mejoras, pero lo tangible se traduce en una primera decisión: de los siete miembros de la Mesa del Parlament, cinco son independentistas, con su presidenta, Laura Borràs, investigada por graves delitos, y con su concepción muy próxima al jurista Schmitt de que “es siempre la ley la que debe adaptarse a la voluntad popular, y no al revés”. Borràs no decepcionó en su discurso en el Parlament tras ser elegida presidenta este viernes, dejando claro que el independentismo mantendrá una retórica vacía, pero irritante, porque no asume la realidad y da esperanzas a una parte de la sociedad catalana que empujará para que no se olviden sus palabras. Todo ello con la complicidad de ERC, que, pese a que en su seno hay dirigentes que querrían ya un cambio de rasante, a la hora de la verdad presta sus votos para que Borràs ocupe el segundo escalafón institucional tras la presidencia de la Generalitat.

Para que nadie se llevara a engaño, Jaume Clotet, que forma parte del núcleo duro de dirigentes que arropan a Carles Puigdemont, constató esa mayoría independentista en la Mesa del Parlament, con la intención de que se cumpla la agenda marcada y que, según Borràs, pasa por la “independencia de Cataluña” y por hacer valer la “soberanía del pueblo catalán”. Sin querer asumir que, entre otras muchas cuestiones, el Estatut de autonomía de Cataluña es una ley orgánica del Estado español, y que emana de la Constitución española.

Se pueden mirar las cosas desde cierto ángulo, el de considerar que, efectivamente, todo es retórica y que el independentismo no cometerá los graves errores que arrancaron en 2015 y tuvieron su cénit en otoño de 2017. Y es cierto que se han producido gestos importantes. El último es el regreso de la exconsejera de Agricultura, la republicana Meritxell Serret, que se había refugiado en Bruselas. Ponerse a disposición de la justicia española supone un punto de inflexión, que no ha gustado al resto de dirigentes que siguen en Bruselas: Lluís Puig, Toni Comín y Carles Puigdemont. Y se puede y se debe pensar que el independentismo que representa Esquerra necesita más tiempo para recomponer la política catalana. Pero el paso de permitir que Borràs presida el Parlament emborrona esos intentos en la buena dirección. Está investigada por malas praxis en la administración, nada que ver, por tanto, con una supuesta persecución por su apuesta independentista. 

Las ventanas de Cataluña, que se pudieron entreabrir tras las elecciones del 14F, se van cerrando de nuevo. Por voluntad propia, por falta de atrevimiento del independentismo, que se ha creído sus mentiras --nunca el proceso independentista ha sido una defensa de la democracia, sino todo lo contrario-- y por la concentración ahora del Gobierno español en las elecciones en la Comunidad de Madrid y en la necesidad de rehacer la economía española. Ni Pedro Sánchez está entusiasmado por solventar la carpeta catalana --conceder indultos a los políticos presos en poco tiempo-- ni el independentismo quiere proclamar a los cuatro vientos lo que sería necesario: el propio proyecto independentista es una indecencia, se debe guardar en un cajón, y admitir que se debe gobernar con las muy potentes herramientas que ya ofrece el autogobierno de la Generalitat.

Esa doble realidad conduce, de forma inexorable, a una cronificación del problema político entre el independentismo y la otra parte de la sociedad catalana que le gustaría escuchar que el conjunto de las administraciones está ya en otra cosa, en hallar soluciones para los enormes problemas económicos y sociales de su comunidad.

Es decir, se trata de una cuestión interna, porque en el resto de España la atención está en otra parte, en la lucha en el flanco de la derecha, en la gestión de los fondos europeos, en la bronca por la localización, precisamente, de esos proyectos que financiará el conjunto de la Unión Europea.

La gran paradoja, y es necesario insistir en ello, es que las fuerzas políticas independentistas saben que no podrán hacer otra cosa que concentrarse en la gestión, en el día a día, en diseñar políticas competentes. Hay dirigentes preparados para ello, en las segundas y terceras filas de Junts per Catalunya y de Esquerra, con profesionales que, sin ser secesionistas, ven que no queda otra que acompañar a esos dos partidos para que se beneficie el conjunto de la sociedad catalana. Que consideran que, además, se deberá contar con el PSC, con Salvador Illa, dispuesto a arrimar el hombro, con el apoyo del mundo local, en buena medida en manos socialistas.

Todo eso es cierto pero, a la primera de cambio, se vota a Laura Borràs, que podría ser inhabilitada en breve, y que podría constituir un nuevo motivo para la victimización, para buscar el choque con el Estado, para reiterar ese lenguaje sobre la “represión”. ¿Quién quiere abrir las ventanas de forma definitiva? ¿Quién se atreve a abrirlas de par en par? No hacerlo, como ha ocurrido con ese nombramiento de Borràs, conducirá a un ensimismamiento, a un lento deterioro económico y social, en el que las instituciones catalanas se mirarán desde la lejanía, por parte de la mitad --por lo menos-- de la sociedad catalana, que asiste incrédula a los permanentes juegos del independentismo.

El gran problema es ahora ERC. ¿Cómo se deja marcar la agenda por Borràs? ¿No querían ampliar la base? Los Comuns de Jéssica Albiach están descompuestos: han quedado fuera de la Mesa del Parlament. ¿Qué dice Joan Tardà sobre todo esto? 

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¿Quién es... Manel Manchón?
Manel Manchón

Periodista barcelonés, especializado en política y economía. Jefe de la sección de Opinión y del cultural Letra Global.