¿A qué juega Ciudadanos en Cataluña?

Xavier Salvador
8 min

Es posible que Inés Arrimadas tenga 1.109.732 poderosas razones desconocidas para actuar como hasta ahora con el capital político que la convirtió en la formación política más votada de Cataluña en diciembre de 2017. Quizá. Es igual de factible que la pasividad de Ciudadanos en la política catalana, más allá de los aspectos simbólicos (¡qué hartura de signos y símbolos!), sea responsabilidad directa de Albert Rivera o del resto de la dirección catalana del partido (los Villegas, Girauta, De Páramo…) y no de la dirigente catalana. Pudiera ser.

Todo es posible para analizar una situación que sigue causando una mezcla de sorpresa y estupefacción: Ciudadanos, con 1.109.732 votos recibidos en las urnas, no es el partido que construye la alternativa de gobierno en la Generalitat de Cataluña. Y eso no es así por unas inescrutables y jamás explicadas razones de tacticismo electoral.

Con esta actuación defrauda a una parte del apoyo que reunió en las últimas elecciones autonómicas. Obtuvo votos prestados en los caladeros socialistas, comunistas moderados y peperos. El constitucionalismo hizo un esfuerzo de concentración para frenar a un independentismo echado al monte. Quienes más sufrieron ese comportamiento fueron el PP y el PSC-PSOE, que vieron cómo se evaporaban votos y diputados a favor de la candidatura de Arrimadas.

Pero Inés y los suyos están emboscados en el tacticismo cortoplacista y en Madrid como eje de la política española. No quisieron proponerse para la investidura de presidenta de la Generalitat y dominar la escena pública durante un mes. Con su paso al lado abrieron el camino a que Quim Torra y los suyos hicieran el paripé de las investiduras fallidas, los votos delegados desde la prisión o el extranjero, los lacitos sobre los escaños y, siempre, el victimismo y la apropiación de una inexistente mayoría social como divisa.

Se equivocaron. Ciudadanos no puede ser sólo un partido político que se define por oposición al resto. Debe tener sangre propia y eso hay que armarlo y explicarlo si se quiere gobernar de verdad y sin carambolas. Que está en contra del modelo educativo de la inmersión lingüística es obvio; y que genera problemas y desigualdades también, pero ¿cuál es la propuesta de Inés en ese ámbito si gobernara mañana? ¿Y sobre los impuestos cedidos? ¿Y las autopistas de titularidad autonómica? ¿Y el conflicto de la guerra del agua por ATLL? ¿Y las empresas que decidieron deslocalizar su sede social con los efectos económicos que supone? Es más, ¿qué opina la líder del principal partido en votos de tantas cuestiones que afectan al día a día, a la vida civil, al tejido productivo, y sobre las que apenas conocemos nada más allá de su disgusto con la gobernación sectaria y amateur actual?

No basta con acudir a TV3 y sacudirle unos buenos mamporros a su director, Vicent Sanchis, para hacer política. Eso es conveniente. No está mal enseñar los dientes y demostrar que los medios públicos no pueden ser un coto privado de la mitad de los catalanes, pero tiene un precio: Arrimadas, Ciudadanos, no logra explicarse jamás por composición, sino apenas por oposición. Su discurso es más de demolición que de construcción. Eso es algo que los constitucionalistas catalanes también perciben.

En un momento en el que el independentismo está más dividido que nunca, con unas trifulcas internas de difícil o imposible resolución, que Ciudadanos y su principal dirigente estén más ocupados de lo que pasa en Andalucía y Madrid es una mala noticia para los 1,1 millones de votantes que apoyaron su lista en las demarcaciones catalanas. Pese a las dificultades que entraña, Cataluña no puede ser tratada como una mera sucursal delirante de una política española enrarecida por la irrupción de Vox y la debilidad del partido gobernante en las cámaras parlamentarias. Y eso, además, no lo puede hacer la dirección de un partido nacido en Barcelona y que desde aquí proyectó sus actuales dimensiones y protagonismo. El autonomismo es otra cosa.

Hubiera sido inteligente que Inés y los suyos hubieran contraprogramado el juicio por los hechos de octubre de 2017. A partir de mañana y durante unos meses, en Cataluña no se hablará de otra cosa que no sea la declaración de fulano o mengano; las televisiones vomitarán pequeños retazos del proceso en un esperpéntico show audiovisual que amenaza con ser el último agarradero del independentismo en estos tiempos de fracaso político para sus tesis. Imaginen que a doña Inés y a los suyos se les hubiera ocurrido planificar una moción de censura contra Quim Torra en plena celebración del sumario. Supongan, aunque sólo sea una hipótesis política, que obligan al soberanismo a atender el frente político que supone poner en solfa toda su actuación como gestores de la administración pública. Imaginen que hubieran devuelto el debate catalán al Parlament en vez de dejarlo en el Supremo. Sobre todo, teniendo en consideración que dentro de pocas semanas los electores regresarán a las urnas para elegir sus ayuntamientos, un espacio en el que el PSC ha perdido fortaleza y el independentismo amenaza con atrincherarse para aumentar su base social futura.

En economía existe un concepto que define con precisión lo que está pasando con Ciudadanos y Cataluña: el coste de oportunidad. También llamado coste alternativo, evalúa el beneficio o coste que supone tomar una decisión en vez de otra a la hora de invertir o de destinar recursos a una determinada política de empresa. En descripción más simple: qué hemos ganado o perdido haciendo esto en vez de hacer lo contrario. Para muchos, el coste de oportunidad de la línea política última de Ciudadanos, más centrado en la táctica que en la estrategia, es estratosférico. Y eso sin contar con su renuncia indirecta a participar en Sociedad Civil Catalana (algo jamás explicado) o a poner en valor el alto número de diputados que posee en el Parlament para construir una alternativa sólida al nacionalismo desde la realidad social y superar lo que tantas veces recriminan a sus adversarios: la fijación identitaria. ¿A qué esperan Inés y los suyos?

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¿Quién es... Xavier Salvador?
Xavier Salvador

Pese a nacer en Barcelona en un ya lejano 1965, he acabado siendo un tipo de pueblo. Hoy ejerzo como consejero delegado de CRÓNICA GLOBAL después de haber dado bandazos periodísticos por ahí durante años (El Observador, Diari de Barcelona, El Periódico, Economía Digital...). He escrito dos libros. El más leído, Pujol KO, junto a varios autores. Del otro (El yugo milenario) es del que me siento más orgulloso, pero fue un divertimento intelectual de otro tiempo y otro lugar. Me gustan las personas auténticas, trabajar en equipo, la familia y el buen vino. Bonhomía, digitalización y periodismo en estado puro, vamos.

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