Un bombero en Nochevieja

Gerard Mateo
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Seguro que alguna vez han pronunciado o escuchado la expresión “tener ideas de bombero”. La frase, definida en el Diccionario de la Lengua Española (DLE) como algo “descabellado, absurdo”, cuando se acuñó significaba todo lo contrario: hacía referencia al ingenio de los integrantes del cuerpo para resolver todo tipo de problemas, más allá de apagar los fuegos. Ocurrencias extravagantes –pero efectivas– para abrir un cerrojo o reparar una tubería. Con el paso del tiempo, sin embargo, se ha convertido en un dicho con cierto aire despectivo, como refleja el DLE, y a esta acepción peyorativa parece que se agarra el ocio nocturno catalán para salvar la Nochevieja.

De un día para el otro, sin avisar a nadie y tras negar que lo haría, la Generalitat impuso restricciones ante el descontrol de la pandemia con la llegada de la variante ómicron y ante la cercanía de la Navidad. Y, una vez más, el mayor perjudicado y el gran estigmatizado es el ocio nocturno: cerrado a cal y canto hasta nueva orden. Ya fue el que más sufrió cuando estalló la epidemia de coronavirus –estuvo con la persiana bajada 18 meses, hasta el pasado octubre, con la excepción de algunas semanas en verano, y con condiciones– y vuelve a estar ahora en la diana. Se señala a los jóvenes, y también a los locales de fiesta. Es posible que sea injusto, y también lo es que si alguna empresa del sector sobrevive tras este nuevo palo será un auténtico milagro. Pero la alternativa que proponen es llamativa.

Bien dicen que el hambre agudiza el ingenio, pero la desesperación puede llevar a sugerir cosas sin sentido, como le está ocurriendo al ocio nocturno. Vaya por delante que el cierre a estas alturas de la película me parece una aberración –máxime cuando lo demás sigue más o menos abierto, y con el transporte público a reventar, por ejemplo–, y que el que quiera salir de juerga y saltarse las restricciones y las medidas sanitarias lo hará, como lo ha hecho en los últimos meses y como ocurrirá en la última noche del 2021, con fiestas clandestinas ya programadas y botellones en distintos puntos, o en alguna casa. Tampoco el pasaporte Covid se ha demostrado una medida eficaz –¿lo quitarán algún día o se quedará como nueva medida de control de la población?–, porque lo que habría que demostrar es que no se está contagiado, no si se está vacunado. Pero la intención de que salir de fiesta sea una excepción al toque de queda o que las restricciones se levanten para Nochevieja como plantean las discotecas en su recurso ante el TSJC es no haber entendido nada de nada. O estar con la soga al cuello y hacer peticiones desesperadas.

Bares musicales, salas de fiestas y discotecas tienen que pelear estas restricciones que los conducen a la tumba, sí, pero muchos de ellos deberían también hacer autocrítica. En estos meses han sido habituales las imágenes de las pistas de baile en donde no se respetaban las mínimas medidas como son la distancia y el uso de la mascarilla. No tienen medios para controlar más que el acceso, por lo que estos locales se convierten en bombas de relojería. Pero también las fiestas clandestinas y los botellones. El problema es de difícil solución, aunque la clausura y la estigmatización no parecen ser la mejor opción. Como bien dice el propietario de Luz de Gas, Fede Sardà, pegarle un palo al ocio nocturno es un síntoma de cobardía, más que de valentía. Y sí, siempre pagan justos por pecadores. Feliz 2022.

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¿Quién es... Gerard Mateo?
Gerard Mateo

Barcelona, 1990. Licenciado en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona. Comenzó su camino profesional como colaborador en las publicaciones deportivas digitales Madrid-Barcelona y Defensacentral, antes de dar el salto al Diario Gol. Con posterioridad, y tras casi cinco años, aterrizó en Crónica Global, donde hoy por hoy ejerce de redactor jefe de actualidad y edición. Buscando explicación a todo.