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¿Barcelona languidece o Colau la entristece?

Xavier Salvador
8 min

Cuesta cada vez más explicar qué le pasa a Barcelona. La realidad no siempre existe, sino que es una percepción. Y eso es grave en la capital catalana, cada vez más señalada por la decadencia que acumula en los últimos años en vez de por su dinámica real.

Referirse a Barcelona y ver en ella una ciudad que ha perdido el esplendor y el brillo de antaño es un lugar común de quienes la admiraban desde cualquier lugar del mundo. Ahora, incluso, empieza a ser una constante entre sus habitantes. ¿Habrá manipulado Ada Colau el barómetro municipal, cosa que sí hace con otras cuestiones que tienen que ver con su imagen de lideresa populista? Incluso si la ha presentado de forma favorable a sus intereses, la encuesta que elabora el ayuntamiento que preside la suspende a ella y a su gobierno, del que también forman parte los socialistas de Jaume Collboni. Por primera vez los ciudadanos reprueban a la alcaldesa de forma mayoritaria y no la prefieren como ganadora de las elecciones. Imaginen por un instante que ese mismo barómetro lo firmara una empresa independiente del ayuntamiento y especulen con el resultado que arrojaría: castañazo general de comunes y socialistas.

La Ciudad Condal es víctima de varios vectores negativos. Los hechos violentos que se desencadenaron al conocerse la sentencia del Tribunal Supremo dejaron huellas que aún supuran sobre las calles y los contenedores. Aquellas noches de fuego han acabado de bautizar a la localidad como la capital del nacionalismo más fanático y radical; en un lugar en el que cuatro descontentos protestan a diario enseñándole a residentes y visitantes que existe un manifestódromo permanente a disposición del independentismo mientras las fuerzas de seguridad miran hacia el mar o la montaña, según el día y el caso.

Hay más. La seguridad es aún el mayor problema para los ciudadanos. Ni Albert Batlle consigue enfriar tan monstruosa sensación. Barcelona ha dejado de ser percibida como la ciudad pacífica de antaño, segura y que el turismo destacaba por su hospitalidad y normalidad cívica.

La tristeza que emana de la opinión ciudadana tiene que ver con un descubrimiento que se extiende: Colau y su entorno ejercen el populismo manipulador en batallas como la del agua o las inmobiliarias. La primera de ellas ha supuesto un coste millonario para defender algo indefendible, como le ha dicho la justicia, y está basada en estigmas ideológicos superados y propios del siglo XIX. La segunda nace de su fracaso con las políticas de vivienda, la principal promesa electoral desde que llegó al cargo. Lo ha dicho el propio Fernando Encinar, fundador de Idealista, y quizá uno de los profesionales que más vivienda ha movido en España en los últimos años. La última ocurrencia de la alcaldesa ha sido acusarlos de racistas por un anuncio que escapó del control de la empresa intermediaria y proponer que se aplique una supermulta de 90.000 euros. Contra las empresas y los emprendedores, todo vale.

Sin mucho éxito, los comunes intentan también crearse un ecosistema de medios de comunicación afines, a los que riegan con abundancia publicitaria, aunque su presencia, audiencia e influencia en la ciudad sea mínima. Eso le importa poco, lo que buscan es ganarse en toda España una supuesta aureola de munícipes progres, en vez de gestores torpes y revanchistas, que es fundamentalmente como actúan. Tienen sus digitales, los alimentan y hasta los becan para que trabajen contra sus adversarios, como si el dinero público de todos pudiera utilizarse a favor de unos pocos.

La alcaldesa ha transmutado de popular a populista en tiempo récord. Se desconoce todavía cualquier razonamiento o argumentación de su propiedad que tenga el sentido común y el interés general de los barceloneses como denominador común. Allá donde puede juega a la estrategia y ambición política, sea para calzarse la ambigüedad nacionalista o la falsa progresía que ataca los intereses capitalistas, aunque para ello perjudique a quienes dice defender en primera instancia. Ni tan siquiera ha sabido convertirse en la voz de la Gran Barcelona, esa conurbación metropolitana donde habitan la mayoría de los catalanes. Nuria Marín, desde l’Hospitalet y sin tantos humos, le gana la mayoría de las bazas.

Cuando Manuel Valls le facilitó la alcaldía hace poco más de medio año con una pinza en la nariz fueron muchos los que confiaron en la operación. Los débiles apoyos con los que obtuvo la vara de mando debían contribuir a moderar el nivel de estulticia gubernamental de Colau y sus palmeros. El patadón a Madrid para Gerardo Pisarello y Jaume Asens fue otro elemento tranquilizador. También despertó ilusión la participación en el ejecutivo local del PSC de Collboni, que podría intervenir como bálsamo equilibrador. Ah, ilusos. Una y otras cosas han mostrado ineficacia. La alcaldesa sigue por donde solía y los socialistas de Barcelona son tan invisibles como cómplices de la falta de brío y dinamismo de una ciudad en la que sus políticos se empecinan en sentarse de espaldas a la percepción extendida sobre el municipio (Metro, Mobile, turismo, hoteles, clientelismo asociacionista, cansancio en la Guardia Urbana…), atribuyéndola a paranoicas conspiraciones.

La única esperanza radica en ese último barómetro que los suspende. Acostumbrados como están a emular a Pedro Sánchez e Iván Redondo y su gobierno de las encuestas, lo más probable es que tomen nota pronto. No por enmendar, que son cerriles, sino porque les gusta, y no poco, gobernar. Ni les cuento cómo está de mosca la parroquia con las medidas de transporte y movilidad que entran en vigor en este nuevo 2020. En cualquier caso, la ciudadanía les han tomado la delantera. Una muy buena parte tiene ya, apenas medio año después de las elecciones, una mejorable opinión sobre sus rectores municipales.

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¿Quién es... Xavier Salvador?
Xavier Salvador

Pese a nacer en Barcelona en un ya lejano 1965, he acabado siendo un tipo de pueblo. Hoy ejerzo como consejero delegado de CRÓNICA GLOBAL después de haber dado bandazos periodísticos por ahí durante años (El Observador, Diari de Barcelona, El Periódico, Economía Digital...). He escrito dos libros. El más leído, Pujol KO, junto a varios autores. Del otro (El yugo milenario) es del que me siento más orgulloso, pero fue un divertimento intelectual de otro tiempo y otro lugar. Me gustan las personas auténticas, trabajar en equipo, la familia y el buen vino. Bonhomía, digitalización y periodismo en estado puro, vamos.