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El Barça como síntoma de la decadencia que se avecina

Xavier Salvador
13 min

Hace unos años, Javier Faus, exitoso empresario y líder del Círculo de Economía, me explicaba en un almuerzo cómo los jugadores de la primera plantilla del Barça tenían variedad de mecanismos para presionar a los directivos hasta conseguir sus objetivos por vías no del todo claras. Eran los tiempos de presidencia de Sandro Rosell. El caso que usaba era Dani Alves, un lateral derecho brasileño que dio algunos partidos de gloria y que podía desaparecer del juego si se hallaba en plena negociación de algún asunto con su representante. Corrían y se empleaban a conveniencia, venía a decir.

La dependencia que la directiva tenía de la plantilla era mayúscula, según relataba Faus. Unas semanas después, recuerdo que fue un sábado por la tarde cuando respondí a su llamada mientras compraba en un hipermercado. El mismo triunfante empresario me preguntó azorado: “¿Tú que harías?”. Acababa de recibir un torpedo del que no se ha repuesto jamás, que le acompañará como lección vital: Leo Messi, el astro, la estrella, la guía de los blaugranas, le dedicó unas inéditas declaraciones en las que decía, más o menos, que Faus no tenía ni idea de gestionar un club de fútbol. A Faus se le había ocurrido expresar ante un medio de comunicación que no tenía sentido renovar al alza cada año el contrato y la retribución del argentino. "Cállate", recuerdo que le aconsejé. La batalla con el Mesías del fútbol estaba perdida antes de librarse.

La pasión, el sentimiento, la irracionalidad manifiesta que acompaña siempre el negocio del fútbol no dista mucho del que ahora se ha instalado en la política española. Buenos gestores en las empresas son malos dirigentes futbolísticos porque han tardado mucho en darse cuenta de que esas organizaciones se rigen más con las tácticas de construcción del relato de Iván Redondo que con grandes teorías de gestión. En la política ha aterrizado un fenómeno similar al hooliganismo que campa por los estadios de fútbol de primera división y las aficiones de los partidos políticos ya no son adversarias, sino literalmente enemigas. La pasión se ha apoderado de la razón, el diálogo ha vendido su alma a cualquier diablo.

Josep Maria Bartomeu es un buen gestor de sus empresas. Consiguió sacarlas del pozo en las que las enterró su familia en los 90 y, tras superar no pocos infortunios, convertirlas hoy en líderes mundiales. A temprana edad se vio que era un gestor metódico. De los Trailers Bartomeu Ochoa (Trabosa) pasó a la actual Adelte Group. De una compañía quebrada extrajo un grupo competitivo e internacionalizado en poco tiempo. Es el mismo hombre al que la presidencia del Barça jamás le rendirá a nivel personal tanto como sus propios negocios. Su gran confusión no es otra que pretender la administración del Barça como la de una empresa de 1.000 millones de euros de ingresos. No, el club de fútbol no se mide ni administra solo por los recursos que mueve sino por su dimensión social y hasta política.

Florentino Pérez debe ser el presidente de un club español que más clara tenga esas diferencias. Una cosa es manejar un grupo líder mundial en el sector de la construcción como ACS y otra muy distinta un club de fútbol con sus Iker Casillas, Sergio Ramos o Cristiano Ronaldo, según el momento. El vestuario galáctico no se puede manejar a golpe de compliance, ni observar determinados códigos de buenas prácticas porque el fracaso está más que asegurado.

A Bartomeu le han acompañado en la presidencia del Barça un grupo notable de personas excitadas con el glamour del palco y la dimensión institucional de un club que, con la Generalitat y el grupo La Caixa, son los tres pilares de poder de la Cataluña actual. Ninguno de los tres, sin embargo, conserva la fortaleza inmune de décadas pasadas. En los últimos días, en pleno encierro por la pandemia, en el Barça han dimitido seis integrantes de su junta directiva. Alguno de ellos a petición del propio presidente, otros por el efecto gregario que se produce entre los humanos y las lógicas ganas de generar un agujero o dar un sonoro portazo. La pandemia no ha respetado ni siquiera la paz social culé, poniendo de manifiesto que aquello que el pesetero Johan Cruyff bautizó como el entorno es un ser vivo mucho más contagioso y viajero que el Covid-19.

Emili Rousaud, el empresario que se inventó Factor Energía y logró dos sonoros pelotazos con su compañía de distribución energética, ha decidido romper los lazos con Barto y alejarse de las posibilidades reales que acumulaba para sustituirle el próximo verano. De todas las salidas, la de Rousaud es la más sonada porque su propuesta futura para el Barça no distaba en esencia del presidente actual. Era, a todos los efectos, el candidato de la continuidad. Es, además, un hombre rico, de aquellos que no se acercan a la institución para hacer negocios o mejorar su posición social. En el resto de salidas abundan las incomodidades, los egos y, como antes se apuntaba, un punto justo de gregarismo.

Bartomeu y su equipo de confianza la pifiaron con unos contratos menores suscritos con empresas de monitorización de redes sociales que salieron a la luz envueltos en aureola de mayúsculo escándalo. Son unos chapuceros, ese es su mayor pecado. No hay empresa en España del tamaño del Barça que no disponga de esos servicios contratados para influir a través del imaginario social de internet a su favor. Como en muchas otras cosas que se les conoce, los errores principales del presidente y su claca vuelven a ser administrar regular, comunicar mal, tarde y sin convicción. Añádase un entorno en clave preelectoral dispuesto a tomar posiciones para las próximas elecciones, un independentismo ávido de controlar la institución como palanca para amplificar su húmeda quimera y algunos tórridos empresarios que dejaron de ganarse la vida con el Barça desde que Bartomeu se puso al frente. Seguro que les salen nombres como Víctor Font, los hermanos Guardiola, algún jugador actual y pasado con ínfulas de Gandi, un Jaume Roures cualquiera, un Tatxo Benet resentido, un Carles Vilarrubí conspirador y resabiado… una cincuentena mínima, seguro.

Cuando se disparó el Barçagate, como ha sido bautizado por la canallesca más crítica a la actual junta directiva, algunos mantuvimos que sólo una gran catástrofe minimizaría los efectos que supondría la mala gestión del asunto. Y, por desgracia, llegó la maldita pandemia que cambió el foco informativo. Se paralizó la actividad deportiva, nos recluimos en nuestras casas y la prensa deportiva empezó a dedicarse al sexo de los ángeles culés para disponer de materias sobre las que especular. Parecía que Barto había superado el primer asalto de este combate al que iba a someterse. Nada, ni los miles de muertos sobre la mesa, ni los efectos catastróficos que esta enfermedad tendrá sobre nuestra economía, ni el daño enorme que supondrá para el negocio del fútbol mundial, nada de eso ha impedido que la crisis interna de Can Barça siga su curso y, es más, se intensifique de forma innecesaria.

Los asaltantes al trono de Bartomeu han consumido más datos de sus móviles estos días que en todo el primer trimestre del año. La conspiración ha sido permanente y caníbal. Al presidente culé le huele el culo a pólvora no tanto por los errores en los que haya incurrido durante los últimos tiempos, sino por la tibieza con la que ha manejado la falta de unidad interna. La mano de hierro en guante de seda de su adversario Floro es un ejemplo de que determinadas actitudes azucaradas en la casa blaugrana pueden desembocar en la más irreversible decadencia.

Sí, en este contexto, el Barça presenta un diagnóstico que no es muy diferente del de la sociedad catalana. La falta de unidad en la institución deportiva no dista mucho de los cañonazos que los miembros del Govern de la Generalitat se han atizado entre sí en las últimas horas. Es cierto que en ambos casos hay unas elecciones en ciernes y los ánimos caminan excitados. Igual de inapelable: el mínimo respeto a la unidad en la catástrofe ha resultado imposible. Bartomeu se irá el verano de 2021, cansado, hastiado y sin el reconocimiento justo. Messi dejará de ser en breve el santo que haga milagros para tapar planificaciones deportivas deficientes y pondrá el corolario a un magnífico periodo de éxitos deportivos. Empezará una travesía del desierto larga y con multitud de incógnitas. También Quim Torra saldrá por la puerta falsa del ejecutivo autonómico. Su tiempo como mayordomo del fugado Carles Puigdemont no pasará a la historia, y menos después de los ridículos acumulados con esta crisis sanitaria. El independentismo, como ya señalan algunos de sus mantenidos voceros mediáticos, deberá reinventarse para seguir dando la matraca. Se dividirá y se minimizará. Los populismos seguirán colándose por las rendijas de la falta de unidad y la incapacidad para el pacto.

Es cierto, son casos y cosas incomparables; también es innegable que les une un idéntico denominador: son síntomas diáfanos de una misma decadencia que nos visitará en los nuevos tiempos.

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¿Quién es... Xavier Salvador?
Xavier Salvador

Pese a nacer en Barcelona en un ya lejano 1965, he acabado siendo un tipo de pueblo. Hoy ejerzo como consejero delegado de CRÓNICA GLOBAL después de haber dado bandazos periodísticos por ahí durante años (El Observador, Diari de Barcelona, El Periódico, Economía Digital...). He escrito dos libros. El más leído, Pujol KO, junto a varios autores. Del otro (El yugo milenario) es del que me siento más orgulloso, pero fue un divertimento intelectual de otro tiempo y otro lugar. Me gustan las personas auténticas, trabajar en equipo, la familia y el buen vino. Bonhomía, digitalización y periodismo en estado puro, vamos.