La banalidad de Albert Rivera

Manel Manchón
7 min

Tomemos un poco de distancia. Sin emociones, ni querencias personales. Las decisiones que va tomando Albert Rivera al frente de Ciudadanos demuestran su banalidad. No sabe qué papel debe jugar, porque no ha entendido cuál es el rol de un partido centrista. Y Ciudadanos no puede ser otra cosa, por el contexto en el que se aventuró en la política española, por la procedencia de sus dirigentes y por la sociología de la sociedad española. Es un partido centrista, y en calidad de ello su misión --sería el gran éxito histórico de España después de cuarenta años de democracia— es la de garantizar la estabilidad de un país. Debería, claro, otra cosa son los hechos, o la obstinación, la mantenida este mismo viernes, en el que invita a salir a los críticos. 

Rivera eso no lo quiere escuchar. Y no lo hace porque su propia ambición personal le ciega. Tuvo una oportunidad. Cierto. Ciudadanos podía haber ganado al PP, y se podía haber abierto una opción para, como partido de la oposición, intentar ser el referente del centro-derecha español, esperando ya una degradación progresiva de los populares. Pero eso no produjo en las elecciones del 28 de abril. Sin embargo, se mantenía todo abierto para ser ese partido centrista que pueda decantar mayorías y que –y eso es lo más importante— sea decisivo para decantar determinadas políticas gracias a su influencia.

Se manda y se cambian políticas desde el Gobierno, o con una influencia determinante en ese Gobierno. Imaginen por un instante un Gobierno sustentado por 180 diputados en el Congreso, con retos tan urgentes como garantizar el futuro de las pensiones, modificar el sistema de cotizaciones, profundizar en medidas que mejoren la productividad, implementar un sistema educativo que se pueda prolongar en el tiempo o negociar con los gobiernos catalanes una salida que pase por el respeto a la Constitución.

Pero Rivera no quiere saber nada de eso. Se refugia en los expertos demoscópicos, los que le dicen que se ganarán más votos si se busca el flanco de la derecha. Y ahí Rivera muestra el gran vacío que le envuelve. Los buenos dirigentes levantan una bandera, la defienden, y luego miran hacia atrás para ver cuántos seguidores tiene. No debe ser al revés. La oferta crea la demanda. Y la buena oferta, útil y de futuro, tendrá la respuesta adecuada. Y eso Rivera no lo ha entendido.

Prefiere dejar escapar el talento que había conseguido, como es el caso de Toni Roldán, con la posibilidad de perder también a Luis Garicano. Sin ellos, que han musculado lo más notable que aportaba Ciudadanos –las reformas de carácter económico y social-- ¿qué sentido tiene Ciudadanos? ¿Es el partido naranja el que tiene que sustituir al PP, asentado territorialmente, aunque con un riesgo claro y es que depende en exceso de una población mayor de 65 años? ¿Sustituir a un PP que tiene a una nueva dirección, y que mantiene notables cotas de influencia en instituciones, empresas y medios de comunicación?

Sorprende el lenguaje siempre basado en el choque de Ciudadanos. Sorprende el latiguillo que repite la combinación de distintos vocablos: “sanchismo, golpismo, amigos de los etarras y separatistas”. Lo dice sin inmutarse alguien como Inés Arrimadas, que se había convertido en la esperanza blanca de la sensatez, después de haber aguantado –eso lo hemos criticado con contundencia— la sinrazón de muchos independentistas y el acoso de buena parte del movimiento soberanista.

Tal vez, y eso lo admiten importantes analistas del centro-derecha en Madrid, el mayor error ha sido del mundo económico, al no ver que Ciudadanos no podía representar un papel, todavía, tan decisivo. Falta estrategia a largo plazo, ciencia política, poso ideológico, y, principalmente, un líder que sepa cuál es el momento histórico que atraviesa España.

Curiosamente, cuando Rivera se opone a acuerdos con Pedro Sánchez, porque éste, a su juicio, se ha abrazado con los partidos independentistas, lo que hace es abrir esa puerta, ante el jolgorio de esos mismos partidos soberanistas. No se trata de romper esperanzas ni de imposibilitar vías de futuro. Pero para establecer unas nuevas bases, en el conjunto de España, que pudieran ser válidas también para los ciudadanos más conscientes en Cataluña de que el independentismo se ha excedido varios pueblos, formar una mayoría ahora en España hubiera sido vital.

Y no vale decir que el “sanchismo” ya ha hecho una apuesta. Los buenos dirigentes son los que toman decisiones valientes, y crean la duda en el adversario. De hecho, y esa es la gran paradoja, y lo que es difícil de entender, ya llegaron a un acuerdo tras las elecciones de 2015.

Un hombre como Toni Roldán –en Crónica Global se explicó que iba a dejar su escaño, porque se conocía el gran malestar existente en el seno del partido— lo expone con bastante claridad. ¿Es Roldán un peligroso sanchista, o es el tipo de dirigente –formados y con claridad expositiva, jóvenes— que España reclama a gritos en estos momentos?

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¿Quién es... Manel Manchón?
manel manchon

Periodista barcelonés, especializado en política y economía

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