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Más cosas y menos palabras

Ignacio Vidal-Folch
7 min

La exhibición, en el púlpito del Congreso, de un ladrillo con el que fue agredido en su mitin de Vallecas el señor Abascal, líder de Vox, no nos sorprendió, al contrario, casi nos arranca un bostezo, pues desde hace algún tiempo venimos observando la aparición de cosas en el púlpito.

Si no me confundo demasiado la moda la empezó Mikel Zubimendi en el Parlamento vasco, arrojando una bolsa de cal viva al escaño del ausente Ramón Jáuregui: de esta manera expeditiva le recriminaba al vicelendakari la responsabilidad del Gobierno socialista en la muerte y desaparición de Lasa y Zabala en el cuartel de Intxaurrondo.

Por cierto que Zubimendi se integró, o acaso ya estaba integrado entonces, en la dirección de ETA, por lo que pasó seis años en una cárcel de Francia, país que luego lo entregó a España, donde ha pasado otros tres años más a la sombra, además de los que le quedan pendientes por otras causas.

Recuerdo a Wagensberg mostrando en el Parlamento catalán unas banderillas para pedir la abolición del arte de torear. La siguiente cosa desagradable que recordemos pasó ya de lo regional a lo nacional, se mostró ya en el Congreso de los Diputados: fue el hijo, recién nacido, de Carolina Bescansa; su arrugada fealdad, característica de todos los bebés aunque sus mamás los encuentren monísimos, no fue óbice para que Pablo Iglesias lo acunase en sus brazos dándose unos pasitos amorosos ante las cámaras, demostrando así que a pesar de su afilada retórica tiene un corazón que no le cabe en el pecho.

Entendemos que Abascal esté muy molesto y hasta indignado por las pedradas con las que fue recibido en Vallecas, y nos parece fatal y condenable esa agresión, pero el líder de Vox también tendrá que reconocer que muy original no es con lo del ladrillo. Ya vimos antes a Rivera mostrando un adoquín del Ensanche barcelonés, el famoso panot con dibujo floral que a algunos barceloneses les enternece, y hemos visto a Ida también levantando una piedra, creo que en el parlamento madrileño. Empieza a ser cosa rutinaria.

El señor Contreras, de Vox, estuvo más imaginativo y hasta emocionante al blandir desde el púlpito el crucifijo de un tío suyo, sacerdote, asesinado --y despedazado con un hacha, según nos informó-- en Córdoba, en los primeros compases de la guerra civil. Aunque a algunos nos pareció una obscenidad.

Es famoso Rufián por haber lucido camisetas reivindicativas y mostrado una impresora, y luego unas esposas, y no recuerdo si otras cosas, no sabemos ya con qué motivo o justificación, hubo una época en que le daba por ahí. Cuando la palabra deja de ser creíble --la de Rufián en concreto, que prometió solemnemente que solo estaría un año en el Congreso pero van pasando los años “y de Flandes no volvía, / Diego, que a Flandes partió”--, es la hora de que comparezcan las cosas.

Las cosas tienen la credibilidad inmediata de la evidencia. Una impresora es una impresora es una impresora, no deja lugar a dudas. A las cámaras les aburren los discursos pero se pirran por las cosas. Así vemos, en el Congreso y en los distintos parlamentos, camisetas, páginas de periódico, fotos, páginas con estadísticas y quesos de power point, lacitos amarillos, banderas.

Como las palabras son increíbles, las cosas deberían prodigarse más. Cosas significativas, aunque no recordemos luego qué querían significar. No le costaría nada a Aitor Esteban, como representante del PNV, subirse a la tribuna tocado por una txapela de la casa Elosúa, o acaso con una olla de porrusalda; o mejor aún con una palangana, en alusión a ese lavarse las manos pilatesco de su partido mientras los etarras asesinaban a sus adversarios socialistas y peperos.

Entonces, en pura lógica, Oskar Matute, el portavoz de Bildu, debería comparecer siempre con capucha blanca y una pistola humeante, quizá también con un delantal de carnicero bien manchado de sangre.

La ministra de Igualdad, que predica el derecho de llegar a casa “sola y borracha” (literalmente) debería plantar con gran decisión una litrona de Mahou sobre el atril.

Y todo así. Menos discursos, y más cosas. Cuando se discute sobre la pandemia, exhibir jeringuillas, y cuando se postule gravar las grandes fortunas, hay que lucir una chistera y un puro. Si habla la CUP de sostenibilidad, mostrar orgullosamente una copa menstrual.

De vez en cuando estaría bien mostrar alguna foto del Rey boca abajo o quemar un ejemplar de la Constitución. Ya no pedimos que se meta en el congreso un contendor de basura y se le prenda fuego, pero cosas. Que se vean las cosas. Un satisfyer, aunque no sé para reivindicar qué, quizá la lucha contra la ablación. Una bicicleta, por una movilidad sostenible. Una bala de goma para denunciar la violencia policial. Una foto de Musssolini para denunciar el neofascismo. Una gorra de Lenin para criticar el comunismo. Subir al púlpito con un florete al cinto, y blandirlo como Scaramouche, señalando con la punta a Sánchez o a Casado, para significar que estás dispuesto a plantar animosamente cara al enemigo.

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.