El viaje en el tiempo de Raül Romeva

Guillem Bota
18.10.2021
5 min

A Raül Romeva le entró el canguelo en el aniversario de la muerte de Companys, o tal vez quería provocar la lágrima fácil en quienes le escuchaban, así que, ni corto ni perezoso, aseguró que en 1940 a él y a sus cómplices del procés los habrían condenado a muerte. Esas cosas sirven para que algún despistado piense "ese es mi héroe", pero a poco que uno escarba, las palabras de Romeva --como las de todos sus cómplices--, se muestran tan vacías como su cuero cabelludo.

Es muy probable que sí, que un intento de sedición se hubiera saldado en 1940 con un consejo de guerra seguido de un fusilamiento, no se andaba la justicia con chiquitas en aquellos tiempos. Por mucho menos se mandaba a la gente al otro barrio. Lo cual no quita que el discurso de Romeva fuera --como suele-- tan absurdo como decir que en tiempos de los romanos les hubieran crucificado o lanzado a los leones, y que un poco más atrás, en la edad de piedra, quizás sus propios congéneres se los hubieran zampado, en ese caso siendo indiferente si habían cometido un delito o no, bastaría con que apretara el hambre. La historia tiene esas cosas, que uno puede decir las barbaridades que se le ocurran sólo con retrotraerse unos años y ponerse ahí. Por el mismo precio, podría haber dicho nuestro Romeva que, a pesar de que practica cada día la natación, de haber viajado en el Titanic en 1912, lo más seguro es que hubiera acabado en el fondo del mar. Yo mismo, sin ir más lejos, puedo asegurar que en 1940 --parece que es la fecha a la que Romeva tiene cariño-- en lugar de escribir en mi portátil este texto y enviarlo por internet a la redacción de Crónica Global, lo habría redactado a máquina y lo habría mandado por correo postal. Unos milenios antes, lo habría grabado en una piedra y quien quisiera leerlo habría tenido que desplazarse hasta mi cueva. No sé en qué lugar dejaría eso a las actuales nuevas tecnologías, como no sé tampoco en qué lugar deja a la justicia actual el que una dictadura militar fusilara a quien le viniera en gana.

Claro, que lo que no dijo Romeva es que en 1940 ni a él ni a sus compinches les habría sucedido nada malo, puesto que no se habrían atrevido a levantar un dedo contra el Estado español, precisamente porque sabían que les iba la piel en ello. En el siglo XXI sí, en el siglo XXI saben que a lo más que se arriesgan es a pasar tres o cuatro años en una cárcel con todas las comodidades, un peaje asaz barato si con él se aseguran vivir del cuento. Por supuesto que en 1940 les habrían fusilado, y precisamente por eso, en 1940 no habrían hecho nada de nada, que ser patriota está muy bien, pero los saltos mortales mejor efectuarlos con red del siglo XXI. Si una cosa sabemos del pretendido progresismo actual, es que 46 años después de la muerte de Franco, son muy valientes contra Franco. Y si una cosa sabemos de los líderes del procés, es que el valor no se halla precisamente entre sus virtudes, o sea que no, Romeva, en 1940 no te habría ocurrido nada, porque estarías quietecito. ¿Qué cosas tiene viajar en el tiempo, verdad?

Ahora bien, si hemos de seguir jugando al túnel del tiempo, juguemos. Por ejemplo, si nos basamos en la historia del nacionalismo catalán, lo más probable es que buena parte de los que hoy vitorean a Romeva y a su banda, esos que lucen estelada en el balcón, en 1940 serían más franquistas que el propio Franco. Con lo cual, tampoco les habría ocurrido nada malo. A quienes sí les ocurría, en tiempos de Franco, era a quienes defendían a los trabajadores, a quienes eran realmente de izquierdas y a quienes luchaban por la justicia social, y no que las regiones ricas se queden sus impuestos para ellas. Es decir, a los mismos que ahora las gentes de Romeva llaman ñordos y fascistas.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.