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Imaginen a Churchill llorando

Guillem Bota
16.03.2020
5 min

Reconozco que el error es mío. Uno no puede estar leyendo la magnifica biografía de Churchill escrita por Andrew Roberts, y sin siquiera tiempo para desconectar y regresar a nuestros afligidos tiempos, encender a televisión. Porque entonces puede suceder lo que me sucedió: pillar la emisión de la comparecencia de Alba Vergés, consellera de Sanidad de Cataluña, a la que no le faltó más que soltar los mocos llorando por su familia, mientras intentaba explicar la actuación de la Generalitat en la crisis de coronavirus.

Y claro, uno compara los discursos de Churchill que tanto bien hicieron a los ingleses por su sinceridad, tranquilidad y autoridad, y los compara con esta meliflua consellera cuyo único mérito --como suele suceder en la Cataluña actual-- es haber colgado en las redes sociales un montón de fotos en las que aparece ataviada con todo el pack independentista, y se le cae el mundo encima. De verdad que prefiero a un tipo que no me prometa más que sangre, sudor y lágrimas, que a una señora que se pone a hipar porque va a estar unos días si ver a su familia.

Llorar no es malo, lo malo es hacerlo en público mientras intentas trasladar a los ciudadanos sensación de autoridad y de tenerlo todo bajo control. Si cuando Churchill aseguraba por la radio que Inglaterra jamás se rendiría y que continuarían luchando desde cualquier playa de cualquier país del imperio, el hombre se hubiera puesto a llorar a moco tendido al mandar saludos a su familia, probablemente los ingleses se habrían lanzado de cabeza al mar, en la seguridad de que su líder era un calzonazos y de que los alemanes invadirían la isla como quien se toma el te de las cinco.

Y hubieran hecho bien, más vale intentar legar a nado a Nueva Inglaterra que tener la vida en manos de un llorón. En lugar de eso, en cuanto acabó su discurso, Churchill se fumó un habano y, supongo, se pimpló el solito una botella de champán, como acostumbraba. No espero de la consellera Alba Vergés que se inicie en el vicio del tabaco, ni siquiera que beba champán cuando tiene más a mano el cava catalán, pero sí espero, por lo menos, que sea digna del cargo que ostenta, puesto que si yo fuera el coronavirus, después de ver su triste papelón, no albergaría dudas acerca de la facilidad de invadir Cataluña.

Si esta señora es la que está al cargo de la salud de los catalanes, más nos vale lanzarnos de cabeza a mar, como no hicieron en su día los ingleses. Pero claro, a Churchill llegaron a amarlo, de manera que mientras visitaba las ruinas que los bombardeos alemanes habían causado en Londres y sin dejar de sonreír configuraba con sus dedos la ya mítica V de la victoria, la gente comprendía que estaba en buenas manos. Justo lo contrario de lo que yo comprendí cuando vi por televisión a Alba Vergés

En Cataluña estamos tan acostumbrados a que los cargos se regalen, en lugar de asignarlos a quienes están bien preparados, que ya ni siquiera recordamos que de esta gente depende nuestro porvenir, incluso --como parece ser el caso-- nuestro presente. Hemos olvidado también que una vez existieron los políticos de verdad, los que ponían el interés común por encima de sus cuitas familiares, políticos a quienes jamás se les ocurriría mentar a su familia cuando se dirigían al pueblo, y mucho menos para soltar el moco. Aquí, no. Aquí habrá quien todavía elogie la «humanidad» de la consellera, cuando a mí me importa un bledo si es humana o no, y lo que espero de ella es que gestione su negociado con firmeza. O que se vaya a casa a cuidar de la familia.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.