Vente para Rusia, Puchi

Guillem Bota
06.09.2021
6 min

Eso de echarse en brazos de Rusia es como el marido que se harta de estar con su santa de toda la vida y se echa en brazos de una pelandusca que le arruina la existencia y la hacienda, no necesariamente por ese orden. Todos conocemos de algún caso de esos, y mira que se lo avisamos, y el tío erre que erre, que si estoy enamorado, que si nos queremos y que si aún estoy a tiempo de empezar una nueva vida. Total, para acabar con el rabo entre las piernas, suplicando a su señora que le deje regresar. En vano, por supuesto.

El estado mayor del procés catalán --que aun siendo mayor es enano comparado con cualquier estado mayor de un pequeño ayuntamiento de Ruanda-- se quiso echar en manos de Rusia, que ya son ganas, con la de países a los que recurrir que hay, y eligieron al que, de todo el orbe, tiene una historia más sórdida de relaciones con Cataluña, que incluye traiciones, asesinatos, desapariciones e intrigas de todo tipo. Imagino que llegaron a Rusia después de que les cerraran la puerta en las narices todo el resto de países, si no, no se entiende esa pulsión suicida. 

Imaginar al enviado de Puigdemont, Josep Lluís Alay, o al mismo Puigdemont negociando con Rusia, es como estar viendo a un pobre ratoncito acudiendo a negociar con un león. Es de suponer que los rusos ni siquiera se molestarían en enviar a hablar con aquellos catalanes a un cargo importante de la seguridad, mandarían a la señora de la limpieza a que les cogiera el encargo y les diera su punto de vista. Cualquier matrioska recién llegada a la capital desde la tundra, tiene conocimientos de geoestrategia muy superiores a los del simplísimo Puigdemont, a quien la buena mujer atendería sin siquiera dejar de barrer los pasillos del ministerio, usted me disculpará, que después se me echa el tiempo encima y no pillo el metro de vuelta a casa, y hágame el favor de no pisar aquí, que acabo de fregar.

Al final, como a inútiles nadie les gana, todo quedó en agua de borrajas, lo cual no sería una sorpresa para nadie. Porque Rusia puede tener muchos defectos, no siendo el menor de ellos sus ganas de desestabilizar Europa sea como sea, pero posee una innegable virtud: detecta a la legua a los charlatanes. Ni por un momento nadie en todo Moscú llegó a creer que esa pandilla de pijos de una de las regiones más ricas de Europa, fueran capaces de llevar a cabo nada que no fuera llenarse los bolsillos con la excusa de una revolución en la que no creían ni ellos. Pero eso tanto le da a Moscú: si dándoles un poco de dinero, cortan carreteras y crean un clima político inestable en una zona estratégicamente interesante como España, todo eso que sale ganado la madre Rusia. Por supuesto, ya daban por sentado que una parte de esos dineros destinados a “la revolución” --al pronunciar esta palabra, relacionada con esos catalanes que se las daban de maquiavélicos, las risas se escuchaban en Vladivostok--, irá a parar a las cuentas corrientes de los capitostes del procés, los rusos son comprensivos con esas cosas, están acostumbrados a tratar con regímenes corruptos. Quizás ninguno tan corrupto como el procés, pero no nos va a venir de unos rublos de más.

No sería extraño que --una vez finalizada su reunión con la señora de la limpieza-- los recién llegados fueran agasajados con un ágape en el que no faltarían ni el vodka ni el caviar ni las señoritas, la santísima trinidad de toda negociación en Rusia. Da igual que sean unos pelagatos con aires de grandeza, la tradición es la tradición y de aquí no se va nadie sin probar nuestras delicias, también las gastronómicas. Igual es ésta la explicación de por qué Puigdemont y los suyos eligieron Rusia como aliada: puestos a hacer el ridículo por el mundo, hagámoslo a lo grande y sin que falte de nada.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.