La utilidad del fracaso de Glasgow

Jordi Garcia-Petit
6 min

Quienes pusieron alguna esperanza en la Cumbre del Clima (COP26) de Glasgow se sentirán defraudados, y con razón. Nunca deberían haber creído que de la COP26 fueran a salir medidas que pudieran si no frenar, al menos ralentizar el cambio climático a corto o medio plazo.

La activista Greta Thunberg lo ha resumido con desparpajo al despachar la Cumbre de 200 delegaciones del mundo entero con un lapidario “dos semanas de ‘bla, bla, bla’”. Tiene razón y la comparten numerosos críticos de la Cumbre.

Ahora bien, resulta que ese “bla, bla, bla” es absolutamente imprescindible para finalmente alcanzar acuerdos que sirvan de algo. Los alcanzados en el marco de la COP26 son a todas luces insuficientes, cierto. Incluso algunos son tramposos, como el de poner fin a la deforestación en 2030. Con ese horizonte dentro de ocho años y con el ritmo actual de talas e incendios no quedarán bosques que preservar.

Pero ¿se puede llegar a acuerdos efectivos sin pasar por el “bla, bla, bla”? La diplomacia internacional, y Glasgow ha sido un ejercicio de eso, es un continuo parloteo de gobernantes, aparentemente improductivo. No obstante, todos los grandes acuerdos mundiales -por ejemplo, el crucial Tratado de No Proliferación Nuclear de 1968 del que son parte 191 estados- se gestaron en Cumbres de “bla, bla, bla”, hasta el acuerdo final.

La COP26 habrá sido un corto paso (necesario) en un largo y pedregoso camino hacia la adopción de un conjunto de medidas –no solo sobre los combustibles fósiles— que, probablemente, no bastarán para frenar de manera suficiente el cambio climático, pero sin las cuales el aumento de la temperatura media global se desbocaría, pudiendo sobrepasar los cuatro grados, según algunas estimaciones. La Tierra sería entonces inhabitable.

La declaración final mantiene el objetivo de un aumento de 1,5 grados –que las previsiones de los expertos consideran ya inalcanzable—, sin pactar las medidas imprescindibles para ello, al contrario, solo recomienda la reducción, no la eliminación del uso de los combustibles fósiles.  Además de la poca ambición, se echa en falta el establecimiento de un mecanismo de verificación de las emisiones creíble. Los compromisos resultarían menos insuficientes si lo poco comprometido se cumpliera.

Demasiados “horizontes lejanos” y “compromisos parciales” (no aceptados por todos) en Glasgow: 30% menos de metano en 2030, moda 50% menos contaminante en 2030, sin coches de combustión interna en 2035 y 2040, carbono cero de las aerolíneas en 2050, préstamos e inversiones bancarias netas de gases invernadero en 2050… Estos plazos son suicidas. En 2030 probablemente se habrán superado ya los 1,5 grados de aumento medio. En la península ibérica ese aumento será superior.

Serán necesarias otras muchas COP –la contención relativa del cambio solo se logrará a través de sucesivas conferencias mundiales— y hagamos votos para que, a pesar de sus previsibles fracasos, puedan celebrarse. Alguna COP acertará. Pero es dudoso que sea la COP28 de jefes de estado y de gobierno a celebrar en 2023 en Qatar, la capital de un estado petrolero y con notorias limitaciones de las libertades.

Pequeños logros sí que los ha habido. Merece citarse el compromiso de Cities Race to zero –1.053 ciudades y gobiernos locales de 75 países que representan unos 880 millones de personas— de descarbonización de las ciudades. El cumplimiento en el ámbito local de los compromisos climáticos puede ser controlado por la ciudadanía urbana más fácil y eficazmente que en otros ámbitos.

Un logro, si no material, sí de concienciación sobre el cambio climático, habrá sido el “acercamiento” del problema a la gente, aunque puede que la “aproximación” de la gente al problema dure poco. Por ejemplo, el programa de TVE sobre las consecuencias para España del aumento medio de la temperatura, introducido como cuña en los telediarios de la noche, fue todo un acierto. Enterarse de qué cultivos, ganadería, ríos, costas, transporte y otros elementos esenciales se verán afectados en España a no tardar es sin duda útil.

Los gobiernos de los estados, incluido el nuestro, en su participación en la Cumbre han quedado retratados y expuestos a la mirada crítica de la respectiva opinión nacional. Pusilánimes, los gobernantes no se han atrevido a avanzar más, porque en el fondo defendían intereses, justificados o no, de esa misma opinión nacional. Una contradicción de la que haríamos bien en ser conscientes para sentirnos menos decepcionados ahora y en próximas COP.

Exigimos a los gobernantes que “hagan algo ya” y al mismo tiempo les pedimos que lo que hagan no afecte a nuestro modo de vida. Una cuadratura del círculo imposible.

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¿Quién es... Jordi Garcia-Petit?
Jordi Garcia-Petit

Doctor en derecho.