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La universidad de la calle

Guillem Bota
27.10.2019
5 min

La Universidad de Girona y la de Barcelona han aprobado, en solemne claustro, dar el máximo de facilidades a los estudiantes para que puedan ir a manifestarse, léase cortar carreteras y apedrear agentes. Es natural que así sea. Nadie se lanza a hacer la revolución si corre el riesgo de suspender Análisis Agroalimentario o Introducción a la Contabilidad. Los chavales tienen toda la razón, si a los funcionarios les permiten hacer pellas cada vez que se les antoja, siempre y cuando sea algo relacionado con el procés, ellos también tienen derecho a jugar a la revolución con las espaldas cubiertas. Una cosa es querer una república catalana en un mundo más justo e igualitario y etcétera, y otra que eso conlleve tener que estudiar durante el verano, con lo bien que se está en el chalé que los papis tienen en la Costa Brava o pasando quince días en Ibiza.

Parece ser que el método por el que se facilitará a los jóvenes cachorros su asistencia a manifestaciones y demás actos oficiales ---en Cataluña los actos vandálicos revisten prácticamente carácter oficial, así de modernos somos en esta parte del mundo-- sin perjuicio de sus estudios, será el de ahorrarles los incómodos exámenes parciales, que en nada ayudan a la libertad del país. En su lugar, deberán superar solamente un examen a final de curso, un todo o nada, un jugárselo todo a una carta. Mas no se asusten los corazones sensibles, no serán tan crueles los mandamases universitarios --no pueden ser crueles, la mayoría lucen lazo amarillo en la solapa, signo de bondad infinita-- de suspender a sus cachorros, eso sería delito de leso patriotismo, cosa que en Cataluña está muy fea. Tan seguro como que la tierra gira alrededor del sol, que los exámenes finales a los que se enfrentaran los CDR universitarios serán dignos de una escuela de primaria, y admito apuestas al respecto. Aunque no descarto --uno les ve y escucha estos días por las televisiones-- que aun así, les parezcan demasiado difíciles. Da igual. Si es así, protestaran hasta que se reúna de nuevo el claustro y ordene repetir los exámenes --ahora más sencillos-- o, por qué no facilitar las cosas de una vez, dicte un aprobado general, y hasta el año que viene si Dios quiere. Nuestros jóvenes están tan acostumbrados a conseguirlo todo a base de protestar, que negarles ahora un aprobado ganado a base de destrozar las calles, les parecería una injusticia flagrante. 

A fin y al cabo, ya hace años que las universidades regalan créditos a los estudiantes por el mero hecho de que acudan a calentar la silla en una conferencia, así sea para dormir un rato, o por tocar la bandurria en la tuna si es que existen todavía tales cosas, las bandurrias y las tunas. Lógico, pues, es que en la Cataluña de hoy se concedan créditos por cortar carreteras, quemar contenedores o lanzar bolsas de basura a instituciones oficiales. Es de esperar que antes de cada jornada de protesta, acuda un profesor al lugar de autos para pasar lista, que otra cosa no, pero nuestras universidades son muy formales. 

A ver quien será el guapo que se acoja al sistema tradicional de exámenes parciales, hincando codos cada semestre, sabiendo que tiene la posibilidad de un aprobado fácil a final de curso, sin abrir un solo libro. Si yo fuera estudiante, preferiría salir a incendiar calles haciéndome selfis con cara de malote --y lo que se debe ligar en estas situaciones-- que quedarme en casa empollando, y más sabiendo que el mejor método para aprobar es el otro. Lo único que conseguirán con esta medida es sacar a los estudiantes de clase y echarlos a las calles. Y seguramente ese es el plan.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.