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Un corazón

Graziella Moreno

por Graziella Moreno

06.04.2016
4 min

María está viviendo una historia de amor y no quiere que se acabe. Mientras la enfermera la prepara para bajar al quirófano entreteniéndola con su charla, piensa que no ha mirado el móvil, a ver si hay un último mensaje. Casi mejor apagarlo ya, no sabe las horas que tardará en volver y puede ser que se le acabe la batería. Si vuelve, le susurra su mente.

Entra el anestesista, campechano y simpático, que le dice que es una campeona, una veterana, esto va a ser coser y cantar. Ríe de su propio comentario y María le mira, agradecida; le viene bien que las personas en cuyas manos va a estar las siguientes horas lo tengan todo tan claro. Le pide que le acerque el móvil y el hombre, bromeando acerca de lo dependientes que somos de los aparatos, se lo tiende y ella, con delicadeza, desliza los dedos para formar el patrón que tiene puesto por seguridad. No sea que alguien pueda acceder a sus mensajes, especialmente sus hijas.

Mientras la enfermera la prepara para bajar al quirófano entreteniéndola con su charla, piensa que no ha mirado el móvil, a ver si hay un último mensaje

María tiene setenta y cinco años, dos hijas, tres nietos, está jubilada y cobra una pensión de quinientos euros. Suerte que su marido, antes de morir de un cáncer al poco de nacer la segunda hija, compró el piso en el que vive, de sesenta metros cuadrados, pero está pagado y a ella le parece un palacio. Se ha pasado la vida trabajando en una panadería, levantándose a las cinco de la mañana y llegando derrotada a su casa. Si no llega a ser por las vecinas y las amigas, cuando sus hijas eran pequeñas, no sabe cómo lo hubiera hecho. Las dos tienen una carrera, se ganan bien la vida, la ayudan y le han dado unos nietos que son lo mejor, lleva sus fotos en el monedero y las enseña, orgullosa, a la menor oportunidad. Todos los que la atienden en el hospital las han visto.

Cuando se jubiló, el médico le dijo que una de las válvulas del corazón empezaba a fallarle, así que, no hubo más remedio que sustituirla. Todo fue bien y en poco tiempo, la cicatriz fue el único recuerdo de esa época. Ya recuperada, en casa de una de sus amigas, celebrando un cumpleaños, le conoció. Un hombre sencillo, amable, que le hablaba de libros, de música, de países que ella ni siquiera había oído nombrar. Quince años más joven, todavía en activo, pero que al cabo de un mes de verse, le dijo que la quería.

Llevan dos años de amor y lo mantiene en secreto. A sus hijas les dice que tiene muchos amigos y por eso sale tanto. Con él se siente una mujer nueva, disfruta de su compañía, del sexo, de la vida. Hace un mes, el médico le dio una mala noticia, otra válvula está en mal estado y no hay más remedio que operar. Cuando reunió fuerzas para decírselo, lloraron juntos, y ella, le susurró entre lágrimas que no pensaba dejarle escapar ahora que le había encontrado.

María contempla en la pantalla del móvil el emoticono de un corazón, grande, que palpita. Sonríe, agradecida, y apaga el aparato, con la seguridad, ahora sí, de que en unas horas volverá a encenderlo.

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