Las últimas palabras las carga el diablo

Josep Burgaya
6 min

Que todo derecho pueda ser ejercido no significa que sea bueno hacerlo. El ejercicio del derecho a la última palabra que tienen todos los acusados en un juicio oral, no hay ningún abogado que recomiende a sus defendidos usarlo. En general, resulta un mero formalismo para que el acusado se remita a lo que ha dicho su defensor en las conclusiones del juicio. Buena o mala, toda defensa dispone de una estrategia encaminada a obtener la absolución del representado o, al menos, una condena lo más leve posible. Una sala judicial no es un ring de boxeo y mucho menos un altavoz para actuar dirigiéndose al gran público. Un ámbito de acusaciones, de pruebas de refutaciones y descargos donde los aspectos técnicos y de pericia jurídica vayan por delante suele ser mucho más rentable que el reto y el exhibicionismo. Tampoco es un lugar donde blandir aquello de "lo volvería a hacer".

Dicen que el legislador, cuando introdujo el derecho judicial a la última palabra, le estaba proporcionando al acusado la posibilidad de colgarse a sí mismo, de poder despejar cualquier duda sobre el carácter condenatorio que debería tener la sentencia. Por eso los buenos abogados penalistas imploran a los acusados que confíen en ellos y que a última hora no terminen por confirmar todo lo que la defensa se ha esforzado en negar o debilitar durante el proceso. Afirman que la intervención final de los acusados sólo tiene sentido cuando las pruebas en contra son muy evidentes y no hay nada que les permita salvarse, cuando ya no se tiene nada que perder y, como mínimo, se busca el refugio de unas manifestaciones que permitan descargar la tensión y quedarse a gusto. He leído y oído muchas veces en relación con el juicio del 1-O que acaba de concluir que era un "juicio-farsa". Lógicamente se ha dicho esto intentando negarle cualquier posibilidad de que fuera justo. De hecho, ningún acusado de nada cree que la carga o el proceso judicial sean justos. Sorprende, pero, que quienes hayan terminado por hacer parodia judicial sean los propios acusados, prisioneros me temo de una dialéctica política que premia el sufrimiento y la heroicidad.

El juicio del 1-O se ha planteado desde el principio por parte de los encausados como un juicio político. Se tiene todo el derecho a hacerlo, pero no parece que sea la mejor manera de salir bien parado, como no lo es negar cualquier legitimidad a los jueces que ejercen como tales. La retransmisión televisiva y en directo del evento ha facilitado que se planteara, desde el independentismo, como una gran plataforma propagandística y movilizadora de su electorado, animado este a meterse dentro de la trama de la vista oral como si fuera una serie de moda en Netflix, siguiendo el público un curso acelerado de derecho penal por capítulos. Evidentemente, los medios afines han hecho su trabajo ejerciendo de comentaristas y animadores de parte, destacando la rudeza cuando no imbecilidad de la otra parte contratante y ensalzando las virtudes e inteligencia de los propios. Los abogados de la defensa convertidos en mitos y héroes que cuando no estaban en la vista estaban en los platós televisivos, mientras que a fiscales y jueces se les presentaba como represores franquistas nadando en un mar de caspa. Todo ha llevado a que se acabara por hacer una defensa muy teatral y política --con alguna notoria excepción--, pero que no podía terminar si no en dejar en mal lugar procesal a los acusados: aceptación del delito de desobediencia y argumentar que todo lo demás, proclamación de la República incluida, había sido, justamente, una farsa.

Pero este juicio, como representación política, no se podía aceptar que quedara así, que se esperara un desenlace meramente jurídico al cabo de unos meses. El público estaba ansioso de un final más épico y con una mayor tensión dramática. Y se le dio. Se había creado la escenificación adecuada, con pantallas gigantes en las plazas, para que los héroes hicieran un último acto de servicio y se autoinmolaran contradiciendo abiertamente lo que habían argumentado sus abogados de cara a que salieran, de todo ello, lo mejor parados posible. Por lo visto, cuesta mucho resistirse a decir unas palabras para la historia. Mientras tanto, la salida de todo lo que este juicio simboliza está cada vez más alejada.

Artículos anteriores
¿Quién es... Josep Burgaya?
Josep Burgaya

Profesor universitario y ensayista. Doctor en Historia Contemporánea ejerzo como profesor en Periodismo y Comunicación Audiovisual en la Uvic-UCC. He publicado El Estado de bienestar y sus detractores (Octaedro, 2013), La Economía del Absurdo (Deusto, 2015), galardonado este con el Premio Joan Fuster de Ensayo, y Adiós a la soberanía política (Ediciones Invisibles, 2017). Soy un izquierdista perplejo al que le rompen el corazón y la razón tanto la vieja como la nueva izquierda. Estoy en este blog: https://jburgaya.es/

 

¿Quiere hacer un comentario?
Esta web utiliza 'cookies' propias y de terceros para ofrecerte una mejor experiencia y servicio. Más información