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Toda TV3 es un documental del 'judici'

Guillem Bota
17.05.2021
5 min

No sé a quien le puede extrañar que la serie de documentales sobre El judici --así se llama, como si no hubiera ningún otro-- que Roures coló a buen precio en TV3, pinchen en audiencia. La culpa no es de Roures, que con el material de que dispone, hace lo que puede. Lo que sucede es que desde hace unos años TV3 es una cadena temática, una especie de National Geographic pero sin apareamientos en pantalla (no cuentan como tales las entrevistas a los líderes del procés), dedicado en exclusiva al mismo tema. Y claro, los espectadores se aburren.

¿Cómo vamos a engancharnos a la serie de Roures, si hace cuatro años que día tras día, a todas horas, estamos viendo lo mismo? Uno pone el Telenotícies y le hablan del procés y de sus presos, pone el FAQS y le hablan del procés y de sus presos, pone el Més 3/24 y le hablan del procés y de sus presos, pone el Sense Ficció y le hablan del procés y de sus presos, pone un programa de libros y se trata de libros del procés y de sus presos, uno pone concursos, pone programación infantil, pone deportes, pone la Santa Misa, pone la carta de ajuste --si la hubiere-- y le hablan del procés y de sus presos.

¿Qué esperaba Roures? ¿Que volviéramos a ver lo que nos sabemos de memoria? Bueno, supongo que lo único que esperaba Roures eran 440.000 euros de TV3, o sea de todos los catalanes, y eso ya lo ha tenido. Quien sí debía de esperar que los televidentes cayéramos en las redes del repetitivo documental, serían los responsables de TV3, a saber en base a que intrincadas teorías, supongo que a la habitual: los catalanes somos tontos y nos lo tragamos todo. Razón no les falta, pero todo tiene un límite

Incluso los catalanes nos hartamos de que nos den cada día gato por liebre. Comer gato un día, entendiendo por tal que nos insistan con que los que purgan penas son presos políticos, pues mira, por probar algo distinto y exótico se puede intentar. Pero la repetición no solo aburre, sino que incita a desconfiar. Yo, a la tercera vez que desde TV3 me hablaron de "presos políticos" y de "exiliados", me convencí de que de eso, nada, puesto que si fuera cierto no haría faltar reiterarlo a todas horas. Si a la tercera vez ya supe que no había preso político alguno, a la 300 ya empecé a sospechar que, encima, deben de vivir en la cárcel como reyes, o no nos repetirían tan a menudo desde la tele sus penurias en prisión. Cuando los medios de comunicación hablaban de Mandela, no hacía falta añadir el latiguillo de "preso político", porque todo el mundo sabía que lo era, y por supuesto el hombre no se dedicaba a salir en televisión acusando al estado sudafricano de totalitario: precisamente por ser un estado totalitario, no permitía a Mandela salir de la cárcel para lucir palmito en programas televisivos, como sí permite el pérfido estado español.

Tampoco consta que en los estados donde sí existen presos políticos se paguen fortunas a productores televisivos por documentales que acusen a dichos estados de tener presos políticos. Parecerá una perogrullada, pero la prueba irrefutable que demuestra que un estado no es totalitario ni encarcela a ciudadanos por sus ideas, es precisamente que alguien pueda acusar a dicho estado de ser totalitario y de encarcelar a la gente por sus ideas.

Dicho esto, el documental de Roures tiene una utilidad innegable: va a conseguir que los últimos catalanes que todavía sentían cierta simpatía por los presos, terminen recogiendo firmas para que vean duplicada su pena. Ni su familia los va a querer de vuelta. Así de pelmazos son.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.