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En la Europa de mediados del siglo XVII hasta el primer tercio del siglo XIX, los jóvenes aristócratas ingleses eran enviados por sus familias al Grand Tour, un recorrido por las principales ciudades europeas a fin de adquirir experiencias y completar su formación y que podía durar entre tres y cinco años.

París, Bruselas, Berlín, Ginebra, Turín, Milán, Venecia, Florencia, Roma, Nápoles, y muchas otras, eran ciudades a las que llegaban esos primeros turistas. Esta costumbre, que se extendería a las clases pudientes de otras nacionalidades, fue prohibida en España por Felipe II, lo que dificultó la llegada de corrientes filosóficas y científicas del norte y del centro de Europa (a título de ejemplo, los postulados de Isaac Newton fueron prácticamente desconocidos en España hasta el siglo XVIII). Estos viajes formativos tuvieron su reflejo en la literatura. Muchos autores relatarán estas vivencias y les servirán de marco para sus novelas, tal y como hicieron Mary y Percy Shelley en su Historia de una excursión de seis semanas sobre sus viajes por Francia, Suiza, Alemania, y los Países Bajos, publicada en 1817.

Dos siglos después, tiene gracia que la ONU haya proclamado que el año 2017 es el año internacional del Turismo Sostenible para el Desarrollo, y ello porque veo que a pesar de dicha “proclamación” pasa como con la mayoría de resoluciones de esta organización, que no tienen efectos prácticos. Ciudades como Venecia, a la que anualmente acuden unos veinte millones de turistas, se están quedando sin residentes; de aquí a poco, sus únicos habitantes serán los trabajadores de hoteles, tiendas y lugares turísticos y se convertirá en un precioso escenario sin vida real.

Algunas ciudades han ideado estrategias para intentar controlar este incremento de visitantes: precios más altos, desviar a los turistas a ciudades vecinas, limitar el número de noches de pernocta, tasas, denegar aperturas de nuevos hoteles, control de los apartamentos ilegales

Tal y como señala la ONU, hay que buscar soluciones que permitan disfrutar al viajero pero además garantizar que ello sea sostenible para el medio ambiente y para sus habitantes, y hacerlo de verdad. Ciudades como Ámsterdam, Praga, Londres o París han ideado estrategias para intentar controlar este incremento de visitantes: precios más altos, desviar a los turistas a ciudades vecinas, limitar el número de noches de pernocta, tasas, denegar aperturas de nuevos hoteles, control de los apartamentos ilegales. Las estadísticas de 2016 son contundentes: 1.235 millones de turistas en todo el mundo y los expertos dicen que en 2050 esta cifra se triplicará. Ahí es nada.

Los barceloneses hemos dejado de acudir a determinadas zonas de la ciudad. En 2016, se contabilizaron 34 millones de turistas a repartir entre 1,6 millones de habitantes censados. Hace tiempo que se acabó el paseo dominguero por las Ramblas, por el Parc Güell, ir a ver cómo van las obras de la Sagrada Familia, entrar en la catedral y disfrutarla, pasear sin rumbo por El Raval, ir a las fuentes de Montjuïc. En algunas fachadas han aparecido pintadas que rezan: All tourist are bastards (todos los turistas son unos bastardos) o Tourist go home (turistas volver a casa) y hay vecinos que sufren un calvario.

Todos, cuando salimos de nuestra ciudad o pueblo, somos turistas. Todos hemos viajado y viajamos, en mayor o menor medida. No debería ser tan difícil cuidar el impacto de nuestra presencia allí donde vamos. El problema es que el Grand Tour ya no está reservado a unos pocos, sino que somos legión y nuestras ciudades necesitan un respiro.

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Graziella Moreno

Licenciada en Derecho por la UB con un postgrado en Derecho Civil Catalán. Funcionaria de la Administración de Justicia, primero como agente judicial (1991-1993) y después como oficial (1993-2002). Ingresó en la carrera judicial en 2002, ocupando plaza en los juzgados de Gavà, Amposta y Martorell y, desde 2010, en el Juzgado de lo Penal número 6 de Barcelona. Es formadora de la academia de oposiciones Eureka y del Centre d'Estudis Jurídics. Es autora del dossier 'El Codi Penal, part general' y de dos novelas: 'Juegos de maldad' (2015) y 'El bosque de los inocentes' (2016), ambas editadas por Grijalbo.