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Tres eran tres, y ninguna era buena

Guillem Bota
12.10.2020
5 min

En cualquier otro lugar del mundo, que tres presidentes consecutivos fueran condenados o imputados por la justicia, sería para ocultarlo bajo la alfombra, como se hace con toda la porquería. Lo mínimo que procede ante un caso así es disimular, porque tres presidentes de gobierno delinquiendo, uno detrás de otro, habla muy mal de estos personajes, pero habla todavía peor de los votantes, que o bien son tontos o bien son cómplices de los delincuentes. En cambio, en Cataluña, tener a tres tipos que han sido evacuados de la poltrona por la justicia, parece ser cosa de la que enorgullecerse, y los reunimos en Perpiñán, les damos atriles oficiales de la Generalitat, les mandamos una unidad móvil de TV3 y los mostramos al mundo tal cual, con sus vergüenzas a aire.

Porque claro, por más que desde su nada improvisado escenario clamen contra la justicia, por más que lo hagan en tres idiomas distintos para dárselas de cosmopolitas, y por más que su televisión particular los retrate como ciudadanos decentes, la verdad sigue ahí, desnuda y a la vista de todo el mundo: los tres tipos, Mas, Torra y Puigdemont, no han sido imputados ni condenados por nada que no sean delitos comunes, de los que llevan en el código penal toda la vida.

Más que de los tres tenores, se trataba de las hijas de Elena, que tres eran tres y ninguna era buena. Sedición, malversación de caudales públicos, desobediencia a la justicia…ahí estaban personificados la mayoría de delitos que puede cometer un gobernante. No faltaba más que Jordi Pujol con sus millones en el extranjero, y si no estaba, era sólo porque tuvo la mala fortuna de que lo suyo se supo una vez había abandonado el cargo.

-Lo siento, Don, este acto está restringido a los que hemos sido pillados con las manos en la masa mientras ejercíamos de máximos representantes de los catalanes.

Una lástima, porque los cuatro presidentes convergentes sobre la tarima, llorando porque la pérfida justicia española no les permite hacer lo que les dé la gana, habrían ofrecido una imagen más que elocuente de lo que es Cataluña, un cortijo al servicio de unos cuantos. Además, siendo cuatro, el paralelismo con otros de su calaña vendría servido y en lugar de a las tres hijas de Elena nos encontraríamos frente a una rueda de prensa de los mismísimos hermanos Dalton, que sin duda habrían sido dignos presidentes de la Cataluña actual.

Días después de la representación teatral, no parece que Europa se haya dado por enterada de las quejas y lamentos de los tres expresidentes, que pueden resumirse en el inefable “yo soy inocente, la justicia me tiene manía” que desde que el mundo es mundo, sale de boca de todos los delincuentes condenados. Hasta el último quinqui del último centro penitenciario español, tiene un discurso un poco más original que esos señores que un día presidieron un gobierno. Y mucha más dignidad, por supuesto.

¿Qué les queda? Poca cosa. Si Puigdemont no fuera un prófugo de la justicia, la compañía teatral formada por los expresidentes podría recorrer la geografía catalana, y amenizar la fiesta mayor de las principales poblaciones. El fracaso internacional no significa que su peculiar sentido del humor no tenga todavía cierto gancho entre solteronas y jubilados. No pueden esperar un caché muy elevado --hay que reconocer que el argumento lo tenemos bastante visto-- pero a buen seguro que podrían sacarse una invitación a cenar, como se hacía antes con las orquestas de baile que recalaban en las villas. Sin Puigdemont, la gira se torna imposible. Torra y Mas, por si solos, son incapaces de mantener la tensión en el escenario. Quizás si pudieran convencer a Pujol para que sustituyera a la vedette...

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.