Trabalenguas

Josep Burgaya
7 min

En Cataluña, a nivel ciudadano, no existen problemas con la lengua. El catalán y el castellano coexisten con absoluta normalidad y buenas dosis de armonía. Sin embargo, de vez en cuando, los intentos polarizadores de una cierta manera de entender la política pretende utilizar la lengua como campo de batalla, intentando generar confrontación y conflicto perfilando campos opuestos. Con la Transición política de finales de los setenta, en Cataluña predominó el sentido de la responsabilidad con el tema del idioma y se optó de forma muy mayoritaria por asegurar que toda la ciudadanía dispusiera de competencias plenas de dominio tanto del catalán como del castellano. Una sociedad diversa y compleja en la composición cultural y lingüística --también en la pulsión identitaria--, optaba por ser una y dotarse de mecanismos de cohesión e integración. Catalunya, un sol poble fue un eslogan que representaba esta voluntad de no segregar y establecer sentidos de pertenencia plurales y compartidos.

El franquismo había perseguido, menospreciado y subordinado a la lengua y la cultura catalana. Se tenía no sólo de superar esa triste fase, sino establecer políticas compensatorias del debilitamiento que el catalán había sufrido. Se requería una normalización y un apoyo por parte de las instituciones educativas y gubernamentales en el nuevo país que se iba estructurando. Y esto se hizo con plena conciencia y apoyo de casi todos. Los castellanohablantes de una forma muy explícita y significativa. Justamente, es de destacar que los más reacios a la mecánica de inmersión lingüística fundamentada en un sistema educativo único que garantizara el dominio de ambos idiomas, era el nacionalismo pujolista, el cual era partidario de una doble línea educativa en función de la lengua materna. Un planteamiento que, de haber salido adelante, habría segregado la sociedad no sólo por orígenes culturales, sino también de procedencia social, por clases. Afortunadamente, se impuso la Cataluña políticamente progresista en esta cuestión tan basal, que entonces era mayoritaria y que representaban sobre todo CCOO, PSUC y PSC.

El sistema de inmersión se ha mantenido en lo fundamental durante cuarenta años. Que globalmente haya sido un instrumento de éxito en la recuperación del conocimiento del catalán no quita disfunciones, anquilosamientos y los cambios de la realidad producidos durante un período tan largo. Habría que poder hablar de ello y no debería resultar un tema tabú. Si estamos de acuerdo en que el objetivo es el dominio de las dos lenguas cooficiales y que la inmersión es sólo el método que debe hacerlo posible, ajustar las herramientas a las mutaciones que se han producido no debería ser sólo posible, sino obligado. La última sentencia del Supremo exigiendo un suelo mínimo de formación en castellano, no cuestiona el hecho fundamental de que es necesaria la sobreponderación de una lengua con mayor riesgo y menor potencial detrás como es el catalán. Que intervengan los tribunales en este tema es poco recomendable, pero quizás también sea evidencia de la incapacidad de la política para construir acuerdos sólidos, honestos y sin sospechas de intenciones ocultas en pro de una aspiración monolingüe. Exabruptos de algún dirigente político sobre que "el castellano ya se aprende en la calle" sobran. La sintaxis se adquiere en las aulas. En el tema idiomático, necesitamos más reflexiones y aportaciones de lingüistas y sociolingüistas, que no de políticos especialmente cuando su especialidad es la de prender fuegos y provocar confrontaciones. Es un debate en el que no todo el mundo es honesto. Tanto en la defensa del sistema de inmersión como en su negación hay mucha pretensión no verbalizada de negar una de las dos lenguas y llevar al país hacia la utopía de una sola lengua.

Los datos actuales nos dicen que las competencias adquiridas en el dominio del catalán y el castellano son bastante satisfactorias. Casi todo el mundo dispone de un conocimiento aceptable de ambos idiomas, que es lo que se puede pedir y exigir al sistema educativo. Es una evidencia y resulta preocupante, sin embargo, el retroceso del uso social del catalán. La culpa de esto no es del castellano y la respuesta adecuada no es pretender marginar éste del sistema educativo. La ignorancia nunca resulta una solución para nada. Hay dinámicas globales que tienden a concentrar a la ciudadanía en torno a unas pocas grandes lenguas francas. Tiene que ver con la conformación de grandes culturas de masas de carácter universal. Se pueden y se deben tomar medidas atemperadoras, de protección, como establecer cuotas lingüísticas en las grandes plataformas de entretenimiento sabedores, sin embargo, que ésta es una batalla perdida, o casi. Lo que sí se podría hacer, mientras tanto, es no vincular al catalán a opciones políticamente partidistas, hecho que lo perjudica. Beneficiaría mucho su consideración y prestigio y evitaríamos que, para algunos colectivos, pueda acabar resultando antipático. No porque lo sea la lengua, sino porque se comportan como tales muchos de los que se llaman defensores. Las lenguas requieren de practicantes, pero les hacen un flaco favor los inquisidores.

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¿Quién es... Josep Burgaya?
Josep Burgaya

Profesor universitario y ensayista. Doctor en Historia Contemporánea ejerzo como profesor en Periodismo y Comunicación Audiovisual en la Uvic-UCC. He publicado El Estado de bienestar y sus detractores (Octaedro, 2013), La Economía del Absurdo (Deusto, 2015), galardonado este con el Premio Joan Fuster de Ensayo, y Adiós a la soberanía política (Ediciones Invisibles, 2017). Soy un izquierdista perplejo al que le rompen el corazón y la razón tanto la vieja como la nueva izquierda. Estoy en este blog: https://jburgaya.es/