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Los trabajadores no hablan catalán

Guillem Bota
01.06.2020
5 min

Si hace unas semanas se lamentaban los oyentes de Catalunya Ràdio de que todas las trabajadoras de las residencias geriátricas entrevistadas hablaban en castellano, ahora ha sucedido lo propio con los obreros --pronto ex obreros-- de Nissan. En una y otra ocasión, las redes sociales se han llenado de catalanes de bien, que se ofendían porque la totalidad de personas entrevistadas se expresaban en castellano, lo cual constituye un atentado a la lengua catalana, a la misma Cataluña y quien sabe si a todos nuestros ancestros. Han descubierto horrorizados que las mujeres de la limpieza y los obreros de cadena de montaje hablan en castellano, aunque en realidad, la cosa va mucho más allá. Lo que acabarán descubriendo con el tiempo es algo que yo tengo muy sabido: en Cataluña sólo trabajan los castellanoparlantes. Los catalanes de pura cepa no dan un palo al agua.

Se entiende el enfado de los oyentes. Ha de ser duro constatar una y otra vez que los trabajadores hablan castellano. Que quien habla catalán se dedica a la política o a vivir de ella en cualquiera de sus vertientes, como mucho es funcionario. Tanto denostar a los andaluces con el tópico de que se pasan el día en la taberna, para al final resultar que la tan cacareada laboriosidad de los catalanes era una patraña, y que aquí los únicos que producen hablan castellano.

Va a ser que el solo hecho de hablar catalán inhabilita alguna enzima que tiene que ver con doblar la espalda. Yo mismo, que me expreso normalmente en catalán, a la hora de escribir artículos lo hago en castellano. Si no, no hay manera, oiga. Intento escribir en catalán y al segundo párrafo ya me entran ganas de tumbarme en el sofá, salir a tomar una cerveza o ir al cine. Ya sé que existen escritores en catalán, pero eso es porque están subvencionados, y cuando hay dinero fácil de por medio, no hay enzima que le inhabilite nada a un catalán. El mismo Aznar reconocía que hablaba catalán en la intimidad, es decir, en cuanto llegaba a casa después de su jornada laboral, para aparcar cualquier tentación de llevarse trabajo al hogar.

A nadie puede extrañar que los obreros y trabajadores que salen por la tele, hablen castellano. Qué van a hablar, si no, por algo son trabajadores. Lo raro sería que apareciera en pantalla un trabajador hablando catalán, eso sí sería noticia, aunque yo me malfiaría: los más probable es que fuera un actor, puesto ahí por la Generalitat para dar la impresión de que también hay trabajadores catalanes.

¿Por qué no trabajan los catalanes? Ya se ha dicho que hay una razón biológica, pero aún así, podrían pasarse al castellano para laburar, igual que --insisto para que quede clara mi buena voluntad-- hago yo al escribir. Creo que es por falta de ganas. Para qué va a ensuciarse las manos un catalán apretando tuercas, para qué se va a tapar a nariz para cambiarle el pañal a un viejo, para qué, en fin se va a levantar a las seis de la mañana, va a coger el metro, y se va a pasar ocho horas en el tajo, si desde hace tiempo le están diciendo que forma parte de una raza superior. Cómo no se le van a ir las ganas, creyéndose como se cree por encima de los demás.

El problema de la inmersión lingüística no es sólo que ampute derechos a no pocos ciudadanos, sino que está consiguiendo que, poco a poco, cada vez haya más gente que habla catalán. O sea, más gente que no trabaja. No es extraño que la antaño laboriosa Cataluña esté cayendo en picado en todos los índices de actividad industrial. Faltan trabajadores, falta gente que crea en el esfuerzo para labrarse un futuro. Faltan más castellanoparlantes o esto se hunde.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.