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El reconocimiento pendiente de los otros catalanes

Jordi Garcia-Petit
7 min

Mal nos va como comunidad cuando hay que recordar con demasiada frecuencia que existen otros catalanes, además de los que se erigen como tales. Tuvo que hacerlo Paco Candel en 1964 con un libro, Los otros catalanes, que fue testimonio de un tiempo, un país y una aportación humana sin la cual no se puede entender la Cataluña contemporánea. Otros volvieron a hacerlo, por ejemplo, unos espontáneos que, hartos del procés,  publicaron en 2015 un inspirado e irónico manifiesto con aquel mismo título.

Llevamos años con una división (inducida) entre catalanes que empezó sutilmente hasta hacerse palmaria y grosera. Nadie ha negado a los que comenzaron como soberanistas, continuaron como independentistas y en el otoño de 2017 acabaron en el secesionismo, su condición de catalanes, por muy equivocados que nos parezcan a muchos. En ese periplo no todo ha sido limpio, ni mucho menos, pero bastantes de los viajeros (engañados) han sido honestos.

En cambio, tenemos una presidencia y un gobierno de la Generalitat que, con plena consciencia, sólo actúan política y sectariamente en representación de la minoría independentista, ignorando al mayoritario resto de los otros catalanes.

Nunca se gobierna realmente para todos, por eso el sistema democrático posibilita la alternancia, pero en general se guardan las formas y se reparten, más o menos bien, los beneficios políticos del gobierno. En nuestra enervante circunstancia actual ni formas ni reparto alguno. La mal avenida coalición que gobierna la Generalitat coincide, junto con todos los partidos y entidades secesionistas, en el desprecio a los catalanes no independentistas, como si no existieran, llegando incluso a poner en duda su condición de catalanes.

Los coaligados se arrogan la representación de todos los catalanes, sin siquiera haber alcanzado el 50% del voto popular. Su mayoría en escaños, que les permite detentar el gobierno, es el resultado de una ley electoral que prima el voto rural y pequeño urbano, que  en parte destila “carlismo”.

Se llenan la boca continuamente de pueblo catalán, sin ver el pueblo real en su composición diversa y compleja. En momentos de una parecida apropiación lingüística Bertolt Brecht proponía hablar de población en lugar de pueblo.

Su proyecto se basa en la división permanente de los catalanes en torno a la cuestión abstracta de una independencia innecesaria, que ya ni como remota posibilidad resulta creíble en un mundo cada vez más acuciado por enormes desafíos globales. Han dañado por mucho tiempo la cohesión cívica y social de los catalanes y su identificación con las instituciones estatutarias, las mejores que ha tenido nunca Cataluña.

Cuando hablan de “ampliar la base social” (a favor de la independencia, claro) sólo pretenden engullir  para sus fines vía electoral a sectores de los  otros catalanes, ni por asomo tratan de  acercarse a sus inquietudes y respetar su diferencia.

La retórica y la actuación política de Torra es el epifenómeno de esa situación. Su  desbocado desprecio a los españoles, en general, y a los otros catalanes, en particular, es notorio y está ampliamente  documentado (¿cómo tuvo la osadía ese personaje de aceptar la designación como presidente con semejante bagaje moral?); y, no obstante, por un respeto democrático y un reconocimiento que él niega a los catalanes no independentistas, el presidente Torra se sentará en una mesa de diálogo con el presidente del gobierno español.

El analista Josep Ramoneda desde su conocida “equidistancia flexible”, en un artículo reciente publicado en El País, celebra que la reunión de Sánchez y Torra en el Palau de la Generalitat haya significado “el reconocimiento del gobierno catalán  y del independentismo como interlocutores”. Ramoneda se olvida del reconocimiento, sangrantemente  pendiente,  de los otros catalanes por el gobierno catalán y el independentismo.

Mientras la facción puigdemontista del secesionismo pide sentar también en la mesa de diálogo a Puigdemont, a los políticos secesionistas condenados y encarcelados así como a un mediador internacional --con el evidente propósito de boicotear el diálogo--, el presidente Pedro Sánchez ha dicho que “sentará” en la mesa a 47 millones de españoles en lugar de un mediador (la mejor transparencia posible) y a todos los catalanes (los independentistas y los otros), a través de su propuesta de 44 puntos para el “reencuentro”, plasmados en esos papeles que Torra remoloneó coger en la entrevista con Sánchez.

Ni el diálogo de ahora ni cualquier otro diálogo futuro no serán democráticos ni justos sin el reconocimiento pleno y la participación de los otros catalanes, sin ellos sólo se dialoga con los independentistas y se deja tirados a los pies de los caballos a más de la mitad de los catalanes.

El Gobierno de España no debe olvidarlo y los independentistas que decidan salir del conflicto deberán compartir ese reconocimiento; algo que les costará, porque intuyen que significaría el principio del fin de su aventura secesionista unilateral.

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¿Quién es... Jordi Garcia-Petit?
Jordi Garcia-Petit

Doctor en derecho.